Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (50)

UNO MÁS DEL BARRIO

Las estrellas llevan apenas un rato colgadas del cielo cuando enfilo la última curva, de una estrecha carretera, serpenteante entre tierras de labranza. El camino ha resultado largo pero, al fin, reconozco la vaporosa luminiscencia que al pequeño barrio, le aporta el tendido eléctrico. Por un momento, los potentes halógenos con los que cuenta mi veterano utilitario iluminan una particular señal de tráfico anclada durante años al mismo lugar. En ella se lee claramente un nombre mayúsculo en letras negras, expuesto sobre un fondo de color blanco. Para nada se trata de una señal corriente. Esta resulta especial, ya que lleva grabado el nombre de mí adorado barrio. Cunchillos.

Distingo luz en lo que parece ser un bar. Con un simple giro de muñeca, retiro la llave de su dentada unión al vehículo, el motor emite un leve suspiro y todavía caliente, duerme.

Al posar los zapatos desgastados sobre el asfalto, sentado sobre el asiento y con la brisa del Moncayo azotando mis mejillas, pienso en lo diferente que es todo en este lugar. Y me gusta.

Viajo desde Zaragoza. En donde las personas tropiezan entre sí insensibles, atentas a su inseparable teléfono móvil de última generación en lugar de al entorno que les rodea. Transitan estresadas y malhumoradas. Existe tal indiferencia, que apenas disponen de un maldito segundo, para nada que no sea pensar en ellos mismos. Sin embargo, en el barrio la vida tiende a circular a una velocidad bastante pausada y risueña. Con el paso de los años he llegado a comprender que el transcurrir de la vida perdura plagado de pequeños detalles, recuerdos, sensaciones… Añoro, por ejemplo, el poder ascender un suave y cercano cerro y una vez arriba, sentarme en un erosionado tocón de piedra, colocado allí porque el primero que subió, pensó que desde aquella posición se alcanzaba una preciosa panorámica del pequeño barrio junto al cercano y majestuoso Moncayo. Y desde allí, anhelar porque no, momentos pasados, flipar con los distintos colores de la tierra mientras pasan nubes con desiguales formas o apreciar, sin prisas, el sereno piar de los pájaros. Divagando conmigo mismo, cierro suavemente la puerta del coche intentando no molestar a los cientos de escandalosos grillos. Verdaderos dueños de la noche.

La gravilla crepita al paso de mis pies, como niños jugueteando alegres con un maleable trozo de plástico de burbujas. La puerta entreabierta me invita a pasar y una jota aragonesa me precipita hacia una barra de encarnado ladrillo. Como si me conociera de toda la vida el posadero, toma una blanca taza y en un momento prepara un apetecible café. Como a mi me gusta. Con leche fría y nada de azúcar. Lo sirve con manos temblorosas. Se diría que acaba de recibir la visita de un fantasma. Casi con rubor en su arrugado rostro y afanado en limpiar la cafetera, me cuestiona de un modo apenas perceptible.

– ¿Trae con usted todo lo necesario?

Visualizo en un abrir y cerrar de ojos el contenido del maletero y del impoluto interior de mi utilitario. Ha sido un viaje relámpago, en el cual y casi sin querer me he encontrado enfilando la última curva de una estrecha carretera, serpenteante entre tierras de labranza. Resulta extraño, porque nadie tenía conocimiento de mis intenciones. Claro que visualizaba este anhelado desplazamiento. Sin embargo, siempre he pensado que en un sueño aparentemente tan lejano, los gusanos ya se habrían ocupado de mi enclenque cuerpo. Así que una vez terminada mi última clase en el colegio de Zaragoza, no he podido resistirme y he decidido acercarme hasta mi querido barrio.

– Desconozco a que se refiere- le susurro a un posadero totalmente estático detrás de la barra.

Los ojos atentos y orejas chiquitinas, el trapo colgándole de la cintura, camisa de franela, esa postura de quien nunca ha roto un plato. Lo reconocería aunque no lo hubiese visto durante toda una vida.

Se refugia en la trastienda y cuando sale, haciendo sonar un toldo grasiento de tiras de plástico, como un atrapa sueños delirante, lleva en las manos un librillo. Lo posa delicadamente, como si de una reliquia se tratase, sobre una humilde mesa cuadrada e indica que me acerque.

Un libro infantil envuelto en film transparente basta para alborotarme la memoria, para evocarla a sus inicios, cuando contaba con juventud y rebeldía, cuando me comía el mundo por los pies. Cuando una maleta cargada de ilusión me precipitó a las puertas del barrio de Cunchillos, y allí, tener la inmensa suerte de ser recibido con innumerables brazos abiertos, de poder encontrarme niños, niñas y mayores, curiosos y ansiosos por aprender. Al principio, como es lógico, me invadieron las dudas. Por aquel entonces, los lugareños emigraban en busca de oportunidades, de los bellos pero invisibles pueblos a las grandes ciudades. En mi persona se personificaba el caso contrario. Afortunadamente, esas pequeñas indecisiones pasaron y a los pocos días se habían disipado como el precipitado descenso de una brillante y pequeña estrella fugaz. Los vecinos me hicieron inmediatamente suyo y desde entonces formulé un anhelado deseo. Volver algún día junto a ellos.

Entendí entonces a que se refería el viejo posadero con “todo lo necesario”. No eran los libros del colegio de Zaragoza que portaba en el maletero. No. Se refería a mi presencia en ese lugar, a mi modo placentero para enseñar, y como consecuencia para aprender, en definitiva a una manera de entender nuestra vida y en algunas ocasiones su desconcierto.

Mientras giro la cucharilla de metal dentro de una taza manchada y vacía, el tabernero saca del bolsillo de su camisa una pesada llave de hierro.

– Su esposa llamó. Dijo conocerle muy bien y sabía al dedillo que, nada más iniciar los primeros minutos de su jubilación, anticiparía su viaje ¬ una picara sonrisilla me ilumino el rostro como la pantalla resplandeciente de una máquina tragaperras. Definitivamente me habían pillado.

– ¿Reconoce la vetusta llave?

– Como no iba a hacerlo. Es de la casa en la que me alojé en el año cincuenta y ocho. Aunque… toma… es toda tuya ¬ el anfitrión realiza una mueca algo extrañado ¬ Como bien es sabido, en el barrio de Cunchillos sobran las llaves y cerraduras, porque tanto las mentes de nuestros vecinos como las puertas de sus casas permanecerán siempre abiertas.

Tras unos segundos de silencio observo el pulcro tablero en donde el hombre de ojos llorosos escribe el menú del día y como un chispazo viene a mi mente una simple pero vieja amiga.

– ¿Perdurará, al menos, mi vieja pizarra?

– ¡No faltaba más!- brinca el tabernero aventando sus grandes manos- En la casa la tiene Don Juan José. Exactamente en las mismas condiciones como usted la dejo el último día.

Después de un par de cafés y de no se cuantos amistosos abrazos de la muchedumbre que iba llegando, me despedí realizando una interesante sugerencia al que un día fue mi alumno, ahora convertido en tabernero.

– Hazme el favor y tutéame. Aquí solamente soy Juanjo. Uno más del barrio.

José Oscar Rodríguez Zarraluqui

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (49)

UN DÍA INOLVIDABLE

Los pequeños cunchilleros juegan a ser toreros, picadores o banderilleros. Imitan a sus adultos, para quienes la tauromaquia es un sentimiento.

Manuel ya sabe que “abanicar” es la manera de correr a los toros a dos manos, flameando ante ellos el capote. Abrochado, acarnerado, acometida, acular, afarolado, ahondar, arrimarse, verónicas, careo, encierro o chicuelina son algunas de las voces o términos que maneja a la perfección el aprendiz que juega a ser maestro.

Se hace el silencio entre los presentes, con los corredores evitando ser corneados, jugándose la vida en lo que sería nuestro San Fermín. El acecho de los curiosos nos lleva a la inmensidad, al susto, a la incertidumbre y finalmente al sosiego.

Ya en la plaza, cartel de lujo un año más para nuestro festival. Río de pasiones se dan cita en sus asientos, con pañuelos blancos preparados como brindis a una extraordinaria faena.

Lucha de gladiadores en nuestro circo romano, un cuerpo a cuerpo. En un lado el morlaco y en el otro un valiente que pretende llevar el deleite a las gradas. Firmeza, con los pies bien asentados en la arena, defendiendo la memoria y el buen nombre de quienes presumen orgullosos de practicar un arte: el toreo.

Aplauso del respetable, petición unánime para que el primero de los valientes allí citados reciba su recompensa. Sol que ilumina un brillante espectáculo, lugareños que sienten una tradición sin que nadie les coloque cadenas ni grilletes.

Los otros dos nombres anunciados cumplen a la perfección (como lo hizo el primero) con lo esperado. Se pone así fin a un año más de diversión, de fiesta en Cunchillos, de risas de distintas generaciones, con las clásicas cigarreras entre quienes asisten y su clásico humo que se adentra en los pulmones de los enemigos de la nicotina.

No puede faltar la frase del día: “Cerveza bien fresquita acompañada de unas buenas migas”.

Acto seguido, otro contraataca: “Ternasco sabroso que debe ser probado”.

Inmersos en un mundo paralelo, en un universo mágico u Olimpo para los humanos, disfruto viendo como mi pequeño Manuel disfruta.

– Cariño, ¿te has divertido?

– Papá, el día que hoy he pasado contigo será el más bonito de mi vida.

– Me alegra escuchar eso. Vayamos a casa que mamá nos ha preparado un postre con ingredientes que te encantan: frutas, moras y arándanos.

Rafael Bailón Ruiz

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (48)

UNA Y OTRA VEZ

“Si hoy el Servicio Meteorológico acierta, va a llover en Cunchillos”… pensó ella, y no sin ansiedad miró por una de las ventanas; la que mejor ángulo de observación le ofrecía… Claro, si caía agua, aunque no más que algunas gotas pasajeras, seguramente él no saldría de su casa…

Bajó la vista y retrotrajo sus cavilaciones a su contendido y, a la vez, inmarcesible romance: “Muchas décadas quedaron atrás desde aquel idílico y lejano encuentro inicial…”. Mas enseguida volvió a ponerse de cara a la ventana. Así, llegó la hora convenida… Él, Manuel, aún no llegaba. Ella, Mercedes, reinició su detenido recuento mental de la azarosa relación de sempiterno noviazgo que, ora los amañó, y ora los puso a distancia, una y otra vez…

Nunca llegaron a casarse ni conocieron otra pareja. La ansiedad de ella por verlo siempre se mantuvo. Igualmente la de él por ella: siempre seguía viéndola bonita y sensual… sus ojos renegridos y su sonrisa no cesaban de cautivarlo. Muchas veces ella se alejó de él…, solo para que la echara en falta: y más que pronto… salía en su busca.

A simple vista, no parecía otra cosa que una relación rayana en lo patológico… Algo casi cercano a las desventuras shakesperianas: una sórdida simbiosis del genuino amor de Romeo y Julieta con los obsesivos celos de Otelo, el general moro al servicio de Venecia.

Sí, Mercedes y Manuel mantenían una añeja relación de amor autodestructiva; y aunque no se presagiaba un desenlace infausto, nada aseguraba que su resultado sería menos patético. La oportunidad de ser felices se les presentó una y otra vez, mas ellos siempre la alejaron. Cuando no era él quien destruía la convivencia, era ella… La realidad revelaba que los dos eran conscientes de su propia desventura, y de que los mutuos regañes, a poco andar, se convertían en auténticos y concluyentes olvidos.

Sin embargo, la magia del amor, a pesar del paso del tiempo y de las reyertas, nunca decayó. En cambio, la convivencia en pareja, siempre conoció el chasco: una y otra vez… Los motivos del tiempo perdido, en razón de solitarias y tardías reflexiones: ¡sí lo conocieron!… Ella, un manantial de intrigas para mantenerlo siempre pendiente de sus movimientos. Él, un mar de celos rayanos en la obsesión.

Así las cosas, cuando ya gruesas gotas de agua y el crepúsculo vespertino de aquella mustia tarde cubrían el paisaje urbano, sonó el teléfono. Con el corazón desbocado concurrió presta: “¡Hola!”, exclamó Mercedes con tono ansioso.

–Soy yo –aseveró él–; mi corazón, como siempre, iría para allá. El cuidado de mi salud, hoy me obliga a suspender la cita para el día en que la lluvia pare en Cunchillos.

–Bueno, cuídate… y no olvides que voy a seguir mirando por la ventana…

Luego, algo desencantada, y a gatas, volvió a la sala. Mientras aguardaba a que la señora que la asistía le sirviera la cena, a manera de consuelo y sin lograr retener las lágrimas, maduró:

– ¿Para qué atormentarme?, si ya no es tiempo de enderezar entuertos…

Juan José Retamar

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (47)

TODO SUCEDIÓ EN CUNCHILLOS

Arma de seducción con toques de madera y vainilla contenida en copa dispuesta para la ocasión. Cruzaba el vial de acceso por Malón, con su nuevo alumbrado, deseoso de encontrarnos en el bar donde nos conocimos.

Era el fruto de largos meses de trabajo, con miradas furtivas entre ambos y la mirada puesta en su blusa teñida de rojo carmín, cuando juntos pisábamos la uva en el viejo lagar. Degustábamos aquel néctar llevando la copa a la nariz para disfrutar de una amalgama de sensaciones indescriptibles, equiparables a aquellos besos cómplices que ambos intercambiábamos, antes de deslizar los dedos por la geografía de María: deseo erótico alcanzado cuando crucé el umbral de su puerta.

Rafael Bailón Ruiz

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (46)

SONATA DE CIELO

La orquesta, en Cunchillos, silbaba notas en derroche de ritmo. La mujer que agitaba sus manos ardiendo de ruido, algo pesada sin apreciar la verdadera sensación del silencio en apreciación.

Yo, como siempre, atento a melodías sin tiempo para interpretar canciones de amor o para merodear entre lágrimas de belleza sin apreciar, pues la única mujer sin aplaudir y sintiendo la música de ese modo, andaba acechada por cuestiones que ni se enteraba.

Advertí que algo importante sucedía en tal desprecio por una mujer en silencio, no tuve ni un solo viernes donde no pudiera apreciar su misma conducta. Aplaudir en silencio a la orquesta y disfrutar del modo más sensible la música.

Tiene la capacidad de tocar melodías con el cuerpo, pensé. Y empecé a disparar miles de ideas alocadas, divertidas y con esa picara audiencia de todos los viernes de mediodía.

Un día, me acerque más a ella y me di cuenta que no podía más que sonreír y alejarse cual liebre en acecho de zorros viejos. Jamás, pude sentir la sensación de ver a una mujer tan especial en delicada atención al auditorio musical.

Su nombre es Miranda.

Ayer la vi tocando sueltas sonatas sin miradas más que a las cuerdas y no pude contener mi pasión por conocerla.

Loco mediodía en medio del tumulto con ruidos enloquecidos un pequeño violín repleto de bellas melodías que invitaban al silencio. No pude más que dirigir mis placidos sentidos a un romántico compositor de alegres sensaciones sin olvido.

Estoy con Miranda todos los días, salpicando silencio en medio de todo el ruido, y no puedo más que escucharla a ella. Inusitado comportamiento en quien puede abstraerse de tan complejo auditorio repleto de ruidosos vendedores, y fugaces escapes de motonetas.

El día que pude dialogar con Miranda, toda mi cuerda en chelo vestido de fiesta se estremeció cual flan fresco en gigante vaso fino.

No puedo más que amar su sincera honestidad por dar honor a compositores tan clásicos al modo que puede su idea de vivir.

Con ella aprendí el valor del silencio en medio del ruido inmenso.

Estoy tocando con Miranda sonatas de otoño en medio del ruido y sin embargo… se escucha el violín de una mujer que no puede vivir sin decir que la música es para quien sabe oír en medio de todo su ruido.

Porque aprendió a vivir…. y yo la sigo.

Silvia Alejandra Garro

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (45)

SOLO PIENSO EN TI

A orillas del río miro ensimismado cómo pasa el agua nueva, nunca igual. En la lejanía las montañas nevadas la dejan correr camino de la mar.

El rumor del río de aguas saltarinas y el canto del mirlo son todo mi tesoro, para qué quiero más, ¡bonita primavera!

El lecho está lleno de piedras multicolores redondeadas, cantos viajeros llegados desde las altas cumbres. Hace milenios por el valle se deslizaba el glaciar.

Veo una piedra grande y redonda tomando el sol, me siento en ella. Dejo vagar mis pensamientos observando los diminutos pececillos que van y vienen en el remanso.

Ahora, mis pensamientos vuelan a otras montañas hermanas de cordillera, a otros ríos de primavera. Solo pienso en ti, mi amado Cunchillos.

José Luis Gómez Ledesma

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (44)

SAN ANTÓN EN CUNCHILLOS

Emoción contenida por el qué dirán. Disfrutaba de la tradicional hoguera en honor a San Antón, festividad que cada año celebramos en Cunchillos. Si los valencianos disfrutan con sus “ninots” y la cremá, los cunchilleros saciamos el apetito con viandas elaboradas en casa que compartimos con nuestros amigos, familiares y vecinos.

Hacía frío, si bien un buen vaso de vino como preludio de la fiesta servía para combatir tan temido enemigo. Aunque la celebración de San Miguel es quizás la cita por excelencia, con comidas populares, vaquillas o los toros de ronda, para mí rendir un merecido homenaje al patrón de los animales era y es la fecha que cada año marco con una cruz en el calendario.

Mi jornada festiva terminó a las 4.00 de la mañana. Acto seguido, la llave se introduce en la cerradura de la puerta de entrada.

-Cariño, ¿qué tal lo has pasado? – mi madre me pregunta, acompañada por mi padre-.

-Si el año pasado disfruté como un “enano”, este 2016 ha sido memorable y no sé si insuperable.

Rafael Bailón Ruiz

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (43)

RIMA LXXVII

La rima iba firmada con tan solo una inicial, la B. Le acompañaba una fecha, Septiembre de 1868 y el nombre de una localidad, Cunchillos. Completaba aquella vieja cuartilla el retrato a mano de una hermosa joven. Había aparecido esta hoja traspapelada entre los documentos de un polvoriento cartapacio abandonado. Su descubridor no tardó en mostrar el hallazgo al maestro del lugar. Éste informó a un colega de la capital que a su vez se puso en contacto con un especialista en la materia. Y tras un estudio pormenorizado tanto del papel, la tinta y la grafía como de la forma, el estilo y la temática de la composición poética, convinieron en afirmar que aquella obra correspondía sin ningún género de dudas a Gustavo Adolfo Bécquer.

1868 fue un año desgraciado para el poeta sevillano. Se separó de su mujer, Casta, al conocer que el hijo que esperaban no era suyo. Y durante la Revolución conocida como La Gloriosa, fruto del saqueo del palacio de González Bravo, desapareció el manuscrito de las poesías que Gustavo entregó a su amigo para que las publicase.

Quizá para huir de tanta fatalidad, el escritor junto con su hermano recorrieron las tierras del Moncayo, enamorados de sus paisajes y gentes. No sería pues aventurado decir que la dama dibujada a la que va dedicado el poema fuera alguna muchacha cunchillera de extraordinaria belleza.

El alcalde de esta localidad vio en el fortuito descubrimiento la oportunidad de dar a conocer el barrio a nivel nacional e incluso internacional, a la manera en que la también población zaragozana de Borja había hecho años atrás gracias al famoso Ecce Homo nacido de la buena voluntad de una de sus vecinas.

Protegido por una vitrina, aquel valioso legajo era visitado diariamente por una multitud de turistas llegados de diferentes rincones de la geografía. Y no era para menos, se trataba de una rima hasta ahora desconocida manuscrita del propio poeta.

Poco después la aparición de unas cartas encontradas en la antigua vivienda madrileña de Bécquer ponían en duda la autoría de Gustavo, atribuyendo la rima a su hermano. Ya que en ellas, Valeriano expresaba al poeta la fascinación que sentía por una muchacha a la que vio saliendo de la iglesia de San Miguel, llegando a comparar tal visión con la aparición de un ángel venido del cielo. Éste le animó a convertir ese sentimiento en poesía, ofreciéndose a copiar a limpio el escrito pues era consciente de su pésima caligrafía. Con lo que obviamente la importancia del hallazgo se veía seriamente dañada.

Pero quiso la fatalidad o la fortuna, según se mire, que una nueva revuelta en la capital provocara la desaparición de toda esta correspondencia.

Calamardo

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (42)

PRESENTE IMPERFECTO

Para implorarle que vuelva a casa escribía cartas y las introducía en todos los buzones del vecindario. Inundaba cada habitación con su perfume más preciado y no se quitaba nunca el colorido colgante que su madre lucía en aquella foto en el último viaje de vacaciones en Cunchillos.

Mamá siempre estará con nosotros, repetía su padre intentando consolarla, mientras ella esperaba incansablemente que desde ese confuso lugar apareciese un día para recuperarlo todo.

Afortunadamente, hoy en el colegio, la profesora le mandó estudiar el pretérito perfecto de los verbos amar, temer y partir. Tal vez eso ayude.

Alejandro Vaghetti Jou