Relatos Cortos presentados a “Cunchillos en Breve” II (13)

-ME QUEDÉ CON UN TROCITO DE CUNCHILLOS-

Por mi fecha de nacimiento, soy de los jóvenes españoles, a los que no nos tocó hacer la mili, pero como si la hubiera hecho ¡¡¡Os lo prometo!!! Pues mi padre Andrés, hizo la mili en Huesca, exactamente en el cuartel Sancho Ramírez de Huesca, en la 3º del 97 y no hay un día que pase, que no nos cuente alguna de sus batallitas y lo bien que lo pasó durante ese mágico periodo de tiempo. Cuenta, que en el patio del cuartel, aguantaban como auténticos hombres, una gran nevada y temperaturas bajo cero mientras hacían la instrucción y eso, más el aire puro que respiraban, les hacía ser súper hombres. Para colmo, él estuvo en esquiadores escaladores y siempre está con la cosa, que nos tiene llevar a Huesca y enseñarnos a esquiar. Nosotros somos de Badajoz, imaginaros la nieve que vemos al cabo del año, ja, ja, ja, ja. Cuenta mi padre, que como allí comió, en ningún sitio… el tomate rosa, las borrajas, el cardo, el bróquil pellado y como colofón, nos habla, que el pollo al chilindrón como en Huesca, en ningún sitio. Gracias a Dios, que mi madre sabe preparar todos estos platos a la perfección, pues como dice mi padre, bendito el día que se trajo un cachito de esas venditas tierras. Se refiere a mi madre, pues se conocieron mientras hacía el servicio militar y es Cunchillera por los cuatro costados y estamos muy orgullosos de ello. La ilusión que tenemos la familia, es poder algún día comprarnos una casita en el precioso pueblo de Cunchillos, para pasar allí veranos frescos y olvidarnos de los calores de Badajoz.

Luis Mª Criado Barra

 

PACO

Una mañana de invierno, precisamente el 26 de febrero de 1982 llegó mi muerte, lo que aconteció después se correspondió con el sentido de mi vida y de mi obra: un dulce y simpático esperpento. Tras el óbito, inicié la subida a los Cielos, emocionado y sorprendido con todo lo que experimentaba. Quería fijarme en todo y finalmente me perdí. Un Querubín me ayudó y me llevó ante el Altísimo–“¡LLegas muy tarde! Voy a cerrar, te devuelvo por un tiempo como espíritu a la tierra, aquí tienes plaza reservada, no te preocupes” dijo Dios.

Desde entonces voy de casa en casa, despistado, por las casas de Cunchillos, paseo por los alrededores del río Queiles y de Malón o visito emocionado el museo dedicado a mí en la vecina Tarazona. No soy un espíritu burlón, sólo les observo y cuido. Soy Paco Martínez Soria, servidor de ustedes.

Guillermo Ruiz Marcos

 

¿QUÉ HORA ES?

Esta es la historia de un relojero que vivía en Cunchillos al ritmo de un reloj. El sonido de las agujas marcó su camino desde que su madre lo acunaba de adelante hacia atrás. Tic, tac, tic, tac. Trabajaba mucho para ahorrar y poder comprar relojes. A los pies del Moncayo, extendía una manta en el suelo y uno por uno, los miraba, los estudiaba, los apoyaba contra su oreja y los escuchaba. Se balanceaba somnoliento y soñaba que volaba acunado por el ritmo de su tic tac. Logró su sueño al abrir una relojería. Allí se rodeó del sonido que toda su vida lo había acompañado en su interior. Esta es la historia de un relojero al que encontraron muerto en medio de una gran algarabía de cucos que daban la hora al mismo tiempo, mientras el resto de los relojes enmudecía y se paraba. Las agujas quietas, el tiempo, detenido.

Aurora Rapún Mombiela

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (12)

LECCIÓN DE VIDA

Encontré a mi tío Miguel por casualidad, cerca del bar de Manolo, mientras iba de camino a tomar algo después de terminar la labor. Por aquellos días yo andaba algo desconcertado, salía de amigotes, dormía poco y me había dado por pensar que mi novia no me gustaba; la clásica tontería de la mocedad, cuando no ves valor en nada.

Soy de Cunchillos, un pueblecito de Zaragoza; un lugar de campo como tantos de España, pero especial porque tenemos Torre, Castillo y nuestro patrono es un Arcángel. El bar de Manolo es uno de los sitios donde, al tiempo que se toma la consumición, se juega a las cartas, mientras otros se limitan a mirar y comentar las novedades del pueblo.

Pues vamos al caso de mi tío y yo.

Ya era de noche y escuché unos gemidos venir de entre lo negro. Adiviné que era Miguel y que, por más raro que me pareciera, estaba llorando. Hasta entonces aparentaba ser un tipo imperturbable, al que solo se le notaban los nervios cuando encajaba la mandíbula y se echaba el pelo hacia atrás, como queriendo quitarse ideas de la cabeza. Me dijo en voz baja que, de aquello, ni una palabra y me ofreció una convidada.

El local estaba abarrotado de gente, casi toda echando su partida diaria, las cartas luchando sobre el tapete según el lance de cada momento. Nos sentamos en una mesa, algo retirada, y pedimos unos vinos que nos sirvió Manolo en unas copas impolutas; al lado, un platillo de aceitunas.

Mi tío alargó la mano derecha para probar el aperitivo y vi que tenía los nudillos machacados.

— ¿Qué fue lo que pasó, Miguel?

Él negó con la cabeza, cogió la copa con la otra mano y se tomó un sorbo.

—Oye, chaval, no seas metomentodo.

Estuvimos callados un buen rato, mirando a la gente jugar. Observé con el rabillo del ojo a Miguel: se atusaba el pelo y le asomaban las fibras de músculo en la quijada como si fueran las cuerdas de una guitarra.

—De acuerdo, te lo voy a decir; pero de esto, ni una palabra.

Me contó que, siendo joven, antes de emigrar a Alemania, tuvo una novia en Tarazona, y que la abandonó por una ventolera juvenil. A su regreso, supo que ella había fallecido porque, a causa del disgusto, había dejado de comer.

—Me di cuenta de lo que la quería, chaval. Lo malo es que no soy capaz de olvidarla. Todo fue por mi culpa —sus ojos vidriosos reflejaban tristeza y rabia a la vez.

Miguel, desde que volvió de la emigración, vivía con nosotros en la casa familiar de labranza y era un hombre con un pasado exótico. Además de haber trabajado en un país de habla tan rara, el tío había sido combatiente en una guerra en las antípodas, y por eso yo le tenía un respeto rayano en la reverencia.

Seguimos tomando la bebida, algo ensimismados, escuchando el murmullo de la gente; yo no me atreví a preguntar más. Después de un rato, dijo que el hermano de ella, antiguo compañero de colegio, le seguía echando la culpa de aquella muerte.

—Hasta que hoy nos encontramos por casualidad y nos cruzamos unos golpes. Fui un imbécil, sobrino, un ignorante.

Yo le di una palmada en la espalda y él hundió la cabeza entre los hombros, como vencido por un enemigo aún más fuerte que el hermano ofendido. Manolo se acercó a la mesa a preguntar si queríamos algo más, mi tío alzó la cara.

—Nada más, Manolo —respondió, sin dejar adivinar emoción alguna, y lanzó unas monedas sobre la mesa—. El vino, riquísimo.

El dueño volvió a su sitio detrás de la barra y se quedó mirando hacia nosotros, como quien intenta descifrar un enigma.

—Tengo que olvidar y ¡no soy capaz, sobrino! —dijo, la vista perdida entre sus pensamientos.

—Tú hiciste la guerra, Miguel, no hay nada que tú no puedas lograr.

Él me miró, sorprendido, directo a los ojos.

—La guerra más difícil es la que se libra dentro de uno mismo, oye.

Sonaba en la televisión del bar una canción triste de amor que clamaba: ¡te quiero tanto!; parecía a propósito para nosotros.

—Te lo digo para que no cometas tú la misma equivocación —sentenció, y se puso a observar una partida en silencio.

Levanté la vista hacia la calle y vi a mi novia pasear con sus amigas, sus ojos apagados y la cara triste, sin vida. ¡Dios mío, la estaba perdiendo! Me vino un respingo por todo el cuerpo como una corriente eléctrica, y me puse de pie de un salto.

—Gracias, tío, te debo una.

Y salí del bar con las ideas más claras que nunca.

FIN

Emilia García Castro

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (11)

LA LIBRERÍA MÁGICA

Cunchillos era una localidad verdaderamente pequeña, mucho, quizás demasiado. Ese grado de relajación que había entre sus gentes nunca fue del completo agrado de nuestro protagonista. Siempre que volvía a aquella aldea, a visitar a los abuelos, ritual que venía haciéndose en la familia como cada verano desde que su padre lo llevase por primera vez a conocer a su abuelo, el cuál daba por fallecido, pero que en realidad era aún propietario de la librería Meléndez, en Tarazona, un pueblo próximo a Cunchillos.

Era el tercer año consecutivo en el que Samuel viajaba allí. La primera vez que subió con su padre, Sebastián, iba acompañado de multitud de dudas en forma de preguntas con semilla de respuesta. Aunque, en aquella primera vez, viajaron en autobús y la fecha cuando hicieron el viaje era para vísperas de Semana Santa. Eso es lo que había cambiado, diferencialmente, de las veces anteriores a esta. Samuel comprendía que ya que él y su padre hacían ese viaje, era cuestión de amortizarlo en base al tiempo, es por tal motivo por el que cambiaron la programación de los viajes y pasaron a hacerse en verano. Con respecto a la diferencia del transporte, en ese último año Samuel había conseguido obtener el permiso de conducción, y su padre, ante la necesidad de ambos de un vehículo propio, se dispuso a comprar meses antes un pequeño utilitario.

Samuel prefería trasladarse a Tarazona, y de ahí, y según qué plan tratase, escoger entre su coche particular o el autobús de línea para desplazarse a Tudela, ciudad en la que la juventud solía encontrar actividades más acordes con su edad, y, como no, gente de edad más similar. La tarde resultaba tediosa, las manillas del reloj colgado de la pared no avanzaban, al menos no al ritmo que a Samuel le gustaría, incluso, en ocasiones, debido a una calor impropia del mes en el que se encontraba, daba la sensación de que las manillas retrocedían, y no era otra cosa que una percepción visual errónea. Samuel deseaba que llegasen las siete de la tarde, aún a esa hora sería temprano para desplazarse al pueblo de la comarca, pero no podía esperar más allí. Los días transcurrían especialmente aburridos, su madre, que trabajaba en otra ciudad y con un puesto de trabajo muy diferente al de su padre, aún no había podido disfrutar de su período de vacaciones, y por ende, sus hermanastras no se encontraban en el pueblo. Mientras hacía hora, intentó echarse una siesta, pero las aletargadoras horas de aquel verano más que anticipado, le impedían conciliar el sueño, por poco que se le antojase dormir. Sn embargo, logró recordar aquella primera aventura y experiencia de dos años atrás, de cómo en el autobús de línea, venidos desde la provincia de Jaén tuvieron que sobrepasar Soria, haciendo previamente escala y trasbordo en Madrid. Para llegar a Logroño, descansar durante un día o dos y finalmente, en dos autobuses más, llegar a Tarazona.

Recordaba gratamente el ver por primera vez a su abuelo, Pere, el cuál por circunstancias de la vida, nunca anteriormente en diecinueve años había conocido. Allí lo tenía, con su barba perfectamente alineada, tenía un libro en la mano, mientras se balanceaba en aquella vieja mecedora, hacia delante y hacia detrás, acompañado fielmente por su perro, Miki, el cuál no se separaba de su amo ni un instante.

Volvió la vista una vez más para tratar de visualizar el reloj, y cada vez faltaba menos para que dieran las siete de la tarde. Cuarenta minutos. Ni uno menos y si se descuidaba alguno más. No resistió por un segundo añadido el estar encerrado allí solo con su abuelo, el cual disimulaba con un libro en la mano, pero dormía con un sueño relativamente profundo. Tras mucha dilación, salió a la calle y lo primero que recibió fue una bocanada áspera de aire caliente, un bochorno anómalo venía azotando la península de manera contundente, y la comarca de Tarazona no estaba exenta de tal característica. Bajó por la Carrera del Malón hasta que alcanzó el coche en el lugar en el que lo tenía estacionado, y antes de montarse en este, su abuelo, que lo había seguido, le recomendó que fuese a la librería Meléndez y que hablase con la nueva propietaria del local.

Samuel, mezcla de sorpresa, por no percatarse de que su abuelo había salido de casa a la par de él, y que iba todo el camino por detrás; mezcla de estupefacción, decidió tomar el consejo de su abuelo. Cada año, y según que había acontecido a lo largo de ese año, más la suma de que al ser cada vez mayor y más responsable, iba conformando su personalidad, tenía expectación por saber con qué nuevo autor novelístico, poeta o personaje de una saga literaria podría ser relacionado, partiendo de la base que los nuevos dueños tuviesen la misma capacidad que el dueño anterior. Había sido relacionado hasta la fecha con El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, y con Manolito Gafotas de Elvira Lindo. Personaje que, la verdad, cada día que pasaba, encontraba menos semejanza pero que por alguna extraña razón, era acorde con él.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, llegó a la librería, había conseguido llegar a aparcar en una explanada cercana al río Queiles. Una vez allí caminó unos metros y vio a Marta y Paula en la puerta de la librería, con aspecto serio, como preocupadas u ofendidas, tal fue así que ni se cercioraron de la presencia de Samuel, que entró en la librería sin dudarlo, tratando de ser lo más breve posible, para posteriormente no perder la pista a sus amigas, aún en la puerta, respaldadas del fuerte sol que parecía que nunca se iba a retirar a sus aposentos, a su alcoba, y dejar lugar a su hermana mayor, la luna, que se encargaría de iluminar con una blanca y resplandeciente luz reflejada en el río, dejando una de las imágenes más bellas del pueblo.

Disimuló. Ya que no sabía de quién se trataba la persona ahora encargada de aquella clásica librería, el negocio, según le había comentado su abuelo, quedo traspasado a una familia, y que del comercio se encargaba la hija. Si cierto es que el andaluz, de manera vacacional y temporal, habitando en Aragón, logró poder visualizar hasta un total de cuatro mujeres jóvenes, no supo distinguir quién podría ser la dependienta y quienes clientes. No le dudaría mucho la duda, puesto que a su espalda sintió un ligero toque que le tiraba de la manga izquierda de la camisa. Al girarse vio a una chica, quizás de su edad, posiblemente algo mayor que él, bajita, con tez muy blanca y dos trenzas a los lados de largo cabello negro, vestía una camiseta de alegres colores mezclados y una falda vaquera de aspecto viejo, con un tono púrpura similar al de una prenda descolorida por el número elevado de lavados en máquina. Tenía un libro en la mano, no muy grande, más bien pequeño, y de extensión media. Sin enunciar palabra alguna, estiró los brazos y ofreció lo que en principio se podía interpretar como un presente.

Samuel, sin dejar de mantenerle la mirada, sin decir ni una palabra ni haber escuchado ninguna tampoco, aceptó el libro, lo giró y le dio la vuelta, con recelo y sin querer desviarse del campo de visión de su interceptora, leyó el título del ejemplar: “Arséne Lupin contra Herlock Sholmes”, de Maurice Leblanc.

Agradeció la obra, y tras dejar de crear de manera inconsciente aquella tensa situación sonrió y dijo: “Este pueblo, y concretamente esta librería nunca dejará de sorprenderme. Primeramente mi abuelo me relaciona con un curioso príncipe que cuestiona los aspectos más banales de la vida. Al año siguiente, mi padre, que me ha criado durante toda mi infancia me asemeja a un niño algo travieso y que no para de hacer trastadas. Hoy, mi futura novia me cede un libro sobre un ladrón que desafía al mejor de los detectives para comprobar cuál de los dos tiene el ingenio más agudizado y quién consigue atrapar a quién y zafarse recíprocamente al mismo tiempo. ¿Es una indirecta?”

– Mi nombre es Susana – se limitó a argumentar.

Y así es como comenzó la relación entre Susana y Samuel.

José Gabriel Ortega Rodríguez. 24/03/2018

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (10)

GUILLERMO CAZADOR DE LEONES

«Venid a nuestro invernadero y os enseñaré. Pelirrojo puede hacer que soy yo, y gruñir y yo haré lo que hacía el señor Falkner. Vamos.

Recogieron las bolsas y se fueron, contentos, con su caudillo».

Guillermo cierra el desencuadernado libro de tapas desgastadas, en las que aún se puede leer “Guillermo el Conquistador, Richmal Crompton”; en éxtasis, con la mirada centelleante perdida a través de la ventana y una sonrisa de Duchenne que no hacía presagiar nada bueno a Miguel, Juan y Manuel; habían estado escuchando embelesados la lectura del episodio “El cazador de leopardos” y conocían bien esa expresión en la cara de su amigo.

Corren los años 60, agosto, y están de vacaciones. Los Proscritos —así se han apodado en honor a sus ídolos, aunque no saben lo que significa esa palabra y han llegado a deducir que debe ser algo así como “incomprendidos”—, están sentados alrededor de la cama de Guillermo, en su casa de Cunchillos, bien abajo de la calle Posadas. A sus 10 años han pasado de devorar tebeos a leer y despedazar todos los libros de Guillermo que caen en sus manos.

— ¿Os acordáis ahora? ¿Veis cómo puede haber un animal feroz en cualquier parte? Uno de esos leones puede estar ahora por ahí, paseándose tranquilamente —plantea Guillermo categórico.

El día anterior había sido el más excitante en la vida del pueblo y de toda la comarca. Tres leones se habían escapado del circo instalado en un descampado de Tarazona. Aunque habían sido reducidos por sus domadores al cabo de unas horas, esa parte de la noticia no parecía haber influido en el ánimo de aventuras de los Proscritos.

— ¿O es que creéis que los tienen contados? Tienen montones. Seguro que ha quedado alguno por ahí. Tenemos que atraparlo y devolvérselo al circo —afirma Guillermo con plena seguridad.

Miguel, que es el que más se resiste a ser mangoneado por su amigo Guillermo, protesta: —Espera, espera. ¿Por qué tienes que hacer tú otra vez de jefe? Ya me toca a mí.

—Haberte llamado Guillermo —corta éste tajante saltando de la cama y rebuscando en su armario. Cuando ya había desparramado por la habitación medio contenido, sacó triunfal el cazamariposas. —Id a vuestras casas y coged un arma. Quedamos en el solar de abajo.

—Yo no tengo armas —protesta Juan.

—Ah, ¿no? Y el revólver de fulminantes que te regaló tu tío en tu cumpleaños qué es? ¿un peine? —cuestiona irónico Manuel.

— ¡Pero si no funciona! ¡Os la cargasteis ese mismo día y aún no me habéis…! —protesta Juan.

—Ya, pero el león no tiene porqué saberlo —interrumpe Guillermo con su aplastante lógica y sin mucho interés en entrar en el asunto del colt, que, casualmente, había dejado de funcionar en sus manos.

— ¡Vamos!

* * *

Manuel es el último en llegar apesadumbrado al descampado, con las manos vacías.

—Hola. Había cogido el arco y las flechas, pero cuando iba a salir, me los ha quitado mi madre, que todavía se acuerda de cuando se nos “escapó” una flecha y “por accidente” le dimos al tarro de las bolas de anís de la pipera.

—No importa. Nos hace falta llevar una mascota, como Jumble. Como ninguno tenemos perro, lleva tu ese gato —ordena Guillermo, señalando a uno vagabundo que deambula en ese momento por el solar.

— ¡Si, hombre! La última vez que cogimos uno, me arañó la nariz. Casi me saca un ojo. Cógelo tú si quieres —se rebela Manuel.

Finalmente, tras un rifirrafe con el gato, en el que no se libra de sus zarpas ninguno, la expedición sale de caza. Guillermo con el cazamariposas al hombro, Miguel con una cuerda enrollada alrededor del cuello —para reducir al león y conducirlo al circo—, Juan con el colt roto enfundado en su cartuchera al cinto — complementado además con un sombrero vaquero— y Manuel renegando con el gato en brazos, que no cesa de revolverse.

Tras merodear por los alrededores, enfilaron por la carrera de Cunchillos arriba, mientras comenzaba a pesar el desánimo y el hambre. El gato había saltado de los brazos de Manuel nada más comenzar la cacería, perdiéndose tras una carrera que les dejó exhaustos. No se veía rastro del león por ninguna parte. Cualquier excremento canino era rápidamente interpretado como felino, reavivando el interés de la expedición. En varias ocasiones incluso creyeron ver huellas de león por las cunetas de la carretera.

Cuando llegaron a Tarazona y estaban a punto de volverse para casa, se oyó: — ¡Prrrr! ¡Viva la FAI! ¡Prrrr! ¡Dictadura!

Un loro de color gris estaba posado sobre la valla de una vivienda. Los Proscritos se miraron entre sí, incrédulos. Sin mediar más palabra que un « ¡Troncho! » de Miguel, vieron la ocasión de reponer la mascota del safari por una más digna. ¡Y además hablaba!

Guillermo se abalanzó sobre el loro con el cazamariposas, cogiéndole desprevenido.

— ¡Prrrr! ¡Fascistas! ¡Prrrr! ¡Fascistas! —parlaba el loro.

Estaban llenos de júbilo saltando y brincando alrededor del loro, cuando vieron venir corriendo a un hombre grueso y sudoroso, con una gran jaula: — ¡Chicos! ¡Chicos!

Al llegar extenuado a su lado, se detuvo jadeante. — ¡Santiago! ¡Camarada! ¡Trua! ¡Trua! ¡Camarada! ¡Prrr! ¡Camarada! —parloteó aliviado el yaco.

Con habilidad lo metió en la jaula y les dijo: —Muchas gracias muchachos. Es Santiago, mi yaco. Se me ha escapado. No sabría qué hacer sin él.

Rebuscando en su cartera, sacó un billete de 100 PTA y se lo mostró en alto a los chicos —si prometéis olvidar lo que habéis oído, esto es vuestro.

Guillermo se adelantó rápido, con extrañeza: — ¿Qué cosas? ¿Eso que ha dicho el loro de Viva Hawai, dentadura, futbolistas y cosas así?

—Justo eso. El señor le tendió el billete a Guillermo, con un guiño de ojo, y se volvió feliz, con Santiago, por donde había venido.

Entraron en el pueblo arremolinados en torno a Guillermo y al billete. La primera parada fue en la panadería pastelería, en la que cayeron una docena de merengues, discutiendo, como siempre, de si estaban mejores los de café o los de fresa. Ya repuestos, fueron al kiosco de prensa de Ati, donde se hicieron con tebeos hasta exprimir el saldo. Al fin y al cabo, no había resultado tan mal la cacería del león.

Recogieron los tebeos y se fueron, contentos, con su caudillo.

Manuel Peris Junco

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (9)

ELLA ES ASÍ

Conmueve la tristeza en su mirada, desmiente sus palabras cuando dice a todo el mundo de Cunchillos que es feliz porque hace lo que quiere sin tener que dar explicaciones a nadie, pero sus gestos, su forma de actuar pueden demostrar algo muy distinto, tal vez porque sus palabras sean el reflejo de su subconsciente, las trampas que este hace para eludir la verdad.

Porque Elisa no es feliz, y si pudiera pensar fríamente, si fuese capaz de acercar su mente a las palabras, lo confirmaría…-Pero es que no puedo centrarme…-repite incansable- a quien quiere escucharle, pero lo hace en silencio, sin que la palabra rompa el murmullo del bar en el que se pasa la mayor parte del tiempo, acodada en la barra ante una taza de café que tiembla cuando comienza a reírse abiertamente sin motivo aparente…¿De qué te ríes?… Le podría preguntar alguien si es de la televisión estás loca, y si es de los que estamos en el bar te puedes llevar una buena bofetada.

-No es eso…-dice casi siempre- mirando a la gente con desprecio, como hace desde siempre que recuerda. No tenía que haberme enamorado…Y sin embargo lo hizo, de su primo, del chaval unos años mayor que ella, que le besó un atardecer a la luz de las estrellas, de su primer amor que no le hizo caso, al que vio como saltaba de una a otra, fanático de la presa fácil a las que arrinconaba para saborear sus labios, para poder recorrer sus cuerpos con manos ávidas, como su sexo, de sensaciones nuevas, como las que ella sintió la primera vez, la última vea que recuerda haber soportado a alguien con placer, saboreando lo que hacía.

-Yo le amé y él me dejó…-le diría a cualquiera que le preguntase, solo que nadie lo va a hacer, ninguna persona va a interesarse por la mujer que escribe tonterías en la servilleta aunque la palabras que ella desgrana en las mismas sean un poema, unos versos de amor, del hombre que no puede olvidar a pesar de los años, aunque haya pasado por varias camas, por demasiados asientos traseros de todo tipo de coches, aunque se haya entregado a cualquiera en cualquier lugar.

-Y por ese amor, hago lo que hago…vendiendo sus valores al mejor postor, al oficinista deseoso de conocer nuevas experiencias, al pastor con olor a ganado, al anciano que quiere ver lo que se siente al estar con una mujer pegada a una pastilla de chocolate, porque eso es prácticamente lo único que come.

Quedó embarazada el día en que utilizó una gran cama en un hotel al que la llevó el hombre con el que hizo y se dejó hacer todo lo que pueden realizar hombre y mujer. Y ahora…Y tuvo un hijo que le adoraba, que adoró y que ahora se ha marchado con el desprecio alrededor de su mirada, con el odio que le empuja hacia el hueco de una ventana del sexto piso.

Francisco Bautista Gutierrez

Relatos Cortos presentados a “Cunchillos en Breve” II (8)

El CORRAL DEL DESPOBLADO DE SAMANES

Revoltosas, distribuyendo sus heces sin ton ni son como hacen todas, lanzan su última mirada “al cuidador”, pequeña figura alejándose hacía Cunchillos. Le habían derrotado. Por fin solas en la planicie, en el despoblado de Samanes dueñas ya de todo, dan vueltas agitadas y picotean nerviosas las piedras, bajo la torre del siglo XIV de dos plantas. La gente del lugar la llama “La Ermita”. Allí se mudaron en los años ochenta cuando “el cuidador” la compró y lo usó como vivienda. Su casa adosada a los sillares desgastados era siempre visitada. ¿Qué raro decían? Son azules. Una raza con cresta azul de sangre inmortal que ha visto el paso de muchas civilizaciones a lo largo de los siglos por esas tierras: celtiberos, árabes, romanos incluso a Alfonso II cuando le dio el Castillo al señor López, y éste lo dejo perder en una tómbola taurina., tirándose a la bebida para consolar su desgracia.

Le habían derrotado. Compartir el mismo espacio era algo imposible. Era un día especial y lo mostraba su indumentaria, unas túnicas holgadas y sandalias amarradas a las patas con sogas simbolizan su fiereza guerrera. Y sus carúnculas agitadas por el viento silban que otros que están muy lejos vendrán, y que también querrán quedarse.

Belén Herguedas

 

EL MEJOR DETECTOR

En Cunchillos residían los propietarios de viñedo y afamada bodega. La mujer comentó a su capataz que llevaba años dudando de su marido, creía que tantos viajes no eran solamente para ofrecer sus caldos fuera de Cunchillos, que tenía una amante. Le dijo que iba a ponerle un detective, pero el empleado le contestó:

-“Señora, no hace falta aquí tenemos al mejor detective”- señalando hacia las cubas de vino.

Ella repuso:

-“¿Cómo?”

El empleado prosigue:

-“Un Rioja puede despejar esas dudas. Organice una fiesta y que su marido se emborrache.”

Así lo hicieron y cuando el hombre estuvo embriagado descubrió que iba mucho por Asturias porque estaba enamorado de la sidra; pues para vinos bastaba con su Rioja.

La mujer celebró la noticia del mejor detector, un Rioja.

Las mujeres de Cunchillos tienen en ese vino a su más fiel protector.

José Reinaldo Pol García

 

LA CIUDAD

La ciudad de Cunchillos despertó, lentamente, con legañas en las ventanas. Sus habitantes tardaron un poco más en bajar de la cama y lo hicieron con la típica crisis de cerebro matutina. Todo parecía correctamente cotidiano y habría sido un día más, sin pena ni gloria, de no ser por la voz que me contuvo. Es la voz que soy yo mismo, en uno de estos años descargados, de una profunda melancolía.

Deje que la palabra pasara al horizonte, que vistiera su piel de espuma y agua y su falda de música y relente matinal que ascendió hasta el origen de los tiempos donde el sol acaricia con sus besos rubios el resto de la nieve de las montañas.

Dejé que escalara, pura, la cumbre del silencio, que se destrenzara en música y canciones; que fuera del latido mineral del destino, al aliento del río estremecido.

Dejé que fuera relámpago de la noche, solitario en el desierto de los pechos, o caricia infinita de ternura. Con un galope de corceles grises, cruzó la vida de todos mis sueños, y me dejó la fiebre en las pupilas, la lenta procesión de las imágenes, la sombra y el dolor clavados en el barro.

Me queda la paciencia de sorprenderme de la vida, despacio, como esqueleto arropado fuera a desnudar su cuerpo en la memoria de las gentes. Aprendo incertidumbres que apenas sí recordaré, mañana, cuando el sol acalore, el color que les arrancan de la vida.

Josep Manuel Segarra Bellés

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (7)

EL ABUELO QUE OLÍA A RANCHO

Yo nunca estuve en Cunchillos y, sin embargo, vengo de allí.

Por la noche, Paco me cuenta anécdotas de su tierra. Nació en Tarazona, pero cuando era niño jugaba con los amigos en Cunchillos. Le huele el aliento a carne de conejo. Al principio me daba un poco de reparo pero, con el tiempo, me he acostumbrado. Además, de vez en cuando viene a visitarme con Raquel. Escuchar cómo canta La violetera hace que se me olviden todos los males. Es una muchacha como las de antes, sin pelos en la lengua. De baja estatura y curvas marcadas, un torbellino hecho mujer. No me extraña que Paco haya perdido el norte por ella. Cuando se mete en mis sueños siempre es verano. No precisamente pleno mes de julio, pero aún hace buen tiempo, el cielo muestra un azul intenso y los niños aún corretean por el exterior de San Miguel Arcángel en pantalones cortos. A veces, cuando Paco me está contando sus encontronazos con Pedro Lazaga y sus amores con la Meller, veo de refilón, en el sueño, muchas vacas, hogueras y comidas populares. Hay mucha gente alrededor de la plaza de la Virgen del Pilar y huele a rancho. Un cartel enorme señala una fecha, 29 de septiembre, y una señora de edad indefinida vestida con una falda negra pronuncia un discurso en medio de la plaza mayor.

La vega del Queiles nos obsequia con unas maravillosas acelgas, alcachofas, espárragos, berenjenas, calabacines, tomates y coliflores. Cómprenme cardo y borraja, no sean rancios. Lo tengo todo a buen precio, por 10 pesetas llévese dos kilos, que la huerta del 73 es la mejor desde hace décadas.

Yo no soy muy de verduras, siempre he comido muy mal y mi madre se enfadaba mucho conmigo porque estaba todo el día picoteando entre horas y poniéndome tibio a gusanitos. De todos modos, desde hace unos meses me obligan a comer brócoli y zanahorias al vapor. Desde que tuve el accidente no puedo hablar. Sé que es brócoli lo que ingiero porque me lo dice Angelina, una de las enfermeras que me cuida.

Me lo dan en papilla y está muy malo.

Angelina es de Cunchillos. No es que sea pitoniso. Es que una tarde, cuando estábamos ella y yo solos, contestó una llamada del móvil y mencionó el nombre del pueblo varias veces. En realidad no lo hizo una sola tarde, es algo habitual. Como no hablo ni tengo los ojos abiertos, piensan que no me entero de nada, pero lo escucho todo.

Además, me hace mucha gracia porque es ahora cuando tengo los sentidos a flor de piel. Creo que tenía la capacidad de sentir bloqueada en mi interior tras años de tener mi existencia en barbecho. En este momento, inmovilizado en una cama, sin ver y sin poder hablar, me siento más vivo que nunca. Al saber que te vas a morir se pierde el miedo a todo, se vive en una situación in extremis en la que haces lo que te da la gana y, hasta cierto punto, es cuando la vida empieza a sonreírte de verdad. Puede parecer absurdo que asegure hacer lo que me da la gana cuando no puedo ni rascarme la cabeza, pero mi mente está desbocada, más libre que nunca, sin prejuicios. Es como si lo único que nos impidiese disfrutar de la vida fuera la propia vida. Me gustaría debatir este tema con Angelina, aunque me temo que tendré que conformarme con Paco.

Angelina se lleva muy bien con su madre, pero fatal con su padre, aunque yo creo que en el fondo le quiere. Ella es un espíritu indómito y su padre le ha cercenado las alas, por eso abandonó el pueblo, aunque parte de su impronta permanece allí, en la calle Posadas esquina con la calle Pajares.

Su madre vende verduras en una tienda de ultramarinos, cardo, borraja y alcachofas en especial. Precios muy baratos por la crisis. Compra el género en Tarazona. Angelina tampoco come verduras y no le gusta la fruta. Dicen que quien no come fruta corre el riesgo de sufrir el escorbuto, aunque no pienso yo que en Cunchillos haya casos de escorbuto. Se me va un poco la cabeza, debe de ser la postración y la luz de ese túnel que no dejo de ver desde hace unos días, pero recuerdo que estudié eso cuando era adolescente, los viajes de ultramar entre España y el Nuevo Mundo, donde los marineros enfermaban por la carencia de vitamina C en la dieta.

Me gustaría mucho ir a Cunchillos y saludar a la madre de Angelina. Seguro que será una señora de edad indefinida vestida con una falda negra.

Angelina no trabaja mucho. Supongo que la Seguridad Social es lo que tiene, cobrará un sueldo paupérrimo y encima tendrá que dar las gracias y ser ninguneada por sus compañeros. No se lo echo en cara, aunque dedica más de la mitad de la hora que debería pasar conmigo todos los días en llamar a su madre. El resto del tiempo canturrea La violetera.

Cuando se va, desde el control me ponen la televisión por cable del hospital. Siempre dan lo mismo, El abuelo tiene un plan o ¡Se armó el Belén!…

Por Eduardo Viladés

FIN

Relatos Cortos presentados a “Cunchillos en Breve” II (6)

CUENTO DE CUNCHILLOS

Por casualidad y por suerte me entero de este concurso y me animo a participar porque así ayudo a que Cunchillos pueblo (entonces) y barrio (hoy) se mantenga vivo.

El niño (entonces) mayor (hoy) que escribe este cuento nació en Cunchillos. Por sus calles correteó. En su iglesia parroquial de S. Miguel Arcángel fue bautizado, comulgó por primera vez, acudía a la misa cada domingo y fiestas de guardar e, incluso, fue monaguillo.

En nada se distinguía de sus amiguitos de Cunchillos, los mismos que a partir de los 6 años se juntaba para ir a la escuela. Este niño recuerda una historia que encauzaría su vida.

En la escuela con D. Ricardo todo era una rutina. El himno nacional con la bandera desplegada y el mástil apoyado en un madero del techo, leer en el único libro que teníamos para todo, escribir con plumier y tinta china.

Un día ocurrió algo especial.

A media mañana entró en la escuela un señor vestido de negro y con faldas, era un fraile Todos nos levantamos, por educación. Luego el fraile nos habló y nos prometió una vida feliz, incluso nos hizo juegos de magia, pero a lo que venía era a reclutar niños para su convento.

A la salida de la escuela el tal fraile (Simón se llamaba), se encontró con la madre del niño que escribe este cuento, La madre estaba fregando de rodillas detrás del pilar, en la orilla del río que por entonces estaba sin cubrir, y todas las madres salían allí a fregar y lavar ya que no había agua en las casas.

El padre Simón se dirigió a la madre y le preguntó ¿quiere que su hijo se haga obispo o cardenal algún día? Si no le pega una patada en la espinilla, le contestó la madre, no sé cómo se va a hacer cardenal.

El niño recuerda que un 14 de septiembre, fiesta del Cristo en Cunchillos, no estaba en la procesión del pueblo. Estaba con sus padres camino del convento.

Allí se quedó jugando con sus nuevos compañeros mientras sus padres, con profundo dolor y lágrimas en los ojos pero sabiendo que lo hacían por el buen futuro de su hijo, se volvieron a Cunchillos a seguir con sus vidas normales pero acostumbrándose a vivir con la ausencia de su niño.

Juan José Sánchez Lasheras

 

DÍA A DÍA

Son las siete de la mañana. María y Antonio despiertan sin darse los buenos días, no lo creen a veces necesario. Se bañan en apenas 15 minutos para después preparar el desayuno, como siempre él toma café y ella jugo de manzana. Apenas se miran y hablan entre las mordidas y los sorbos que dan. Cada frase que dicen la puede adivinar perfectamente el otro, parece que han aprendido un guion lleno de monosílabos. Se aproxima la hora en que entran a trabajar y el beso de despedida no sabe a nada, pasó a ser un simple protocolo.

Siete horas pasan en sus trabajos sin nada relevante a excepción del pensamiento sobre rutina en la que se encuentran como pareja y la idea de que es mejor ya no estar juntos. Eso los acompaña hasta la salida y ha estado mucho tiempo en su cabeza, pero ninguno de los dos ha dicho las palabras para llevarlo a cabo. Se preguntan si es porque aun sienten amor o solo es una simple consideración por los años juntos, pero hoy lo van a saber.

Antonio le manda un mensaje para quedar en algún lugar y puedan hablar de lo que ya parece ser inevitable. Saben que si van a casa será lo mismo de cada día, así que se ven en el cruce de la calle Portillo y calle Ombo. Esta lloviznando, pero siguen caminando sin decir una sola palabra hasta salir de Cunchillos, solo se miran de vez en cuando y se concentran en ver las áreas verdes.

Finalmente ella detiene el camino sujetando la mano de Antonio. Su labio inferior tiembla, está a punto de hablar cuando la lluvia empieza a hacerse más fuerte. Por puro instinto correr para para lograr encontrar refugio. No se dan cuenta de que siguen tomados de las manos y han olvidado la tensión que tenían. Apenas están entrando de nuevo a Cunchillos cuando él resbala y cae encima de María. Se quedan mirando unos segundos no pudiendo evitar reír al verse todos mojados y sucios. Cierran los ojos y se besan como la hacían cuando recién comenzaron a salir, ya tienen la respuesta a su pregunta.

Bryan Gaytán

Relatos Cortos presentados a “Cunchillos en Breve” II (5)

COMO BUENOS VECINOS

Con el paso de los años, los muros y tabiques de la casa abandonada, en las cercanías de Cunchillos, habían aprendido a llevarse bien. Incluso a apreciarse. Atrás quedaron los tiempos en que las paredes del salón miraban a las demás por encima del televisor, o las de los dormitorios compartían a escondidas historias con un toque morboso. Hasta a la cocina se le habían subido un poco los humos. Las escaleras del trastero, por el contrario, eran evitadas por todos y los azulejos del cuarto de baño rechazados como apestados. Ahora la situación era muy diferente. Sabían que para seguir existiendo debían permanecer juntos, apoyándose unos en otros. Sentían un respeto especial por el techo, que les daba cobijo a todos, aunque él, siempre tan humilde, consideraba que el mérito era del tejado, capaz de soportar los rigores del tiempo y de su paso.

La casa se encontraba en lo alto de una loma, atalaya desde donde disfrutaban de los cambios que sucesivamente se producían en la comarca con el paso de las estaciones. Así, cada septiembre volvían a emocionarse al distinguir, junto a la Iglesia de San Miguel, las llamas de la hoguera de las Vísperas. Imaginaban a los vecinos charlando alrededor del fuego, animados por el moscatel, como tantas veces hicieron quienes en otros tiempos habitaron la casa.

Después de los años les costó reconocer el ruido de los motores y el sonido de las voces humanas. Las sensaciones que les provocaron fueron contradictorias: desde la ilusión de una segunda oportunidad, al fastidio de someterse otra vez a voluntades ajenas.

Con la primera explosión supieron que había llegado el fin, pero en ese último momento, cada parte de aquella casa sintió que su existencia había tenido un significado.

Gregorio Vega Cuesta

 

DE LO DIVINO Y LO HUMANO

“Tubalcain me aedificavit”– Exclamó el forastero con la intención de captar la atención de los parroquianos que ocupaban ociosos las diferentes mesas del teleclub.

“Túbal Caín me fundó”. Así reza el escudo de la ciudad de Tarazona. – Continuó aquel hombre mientras colocaba una carta sobre otra en difícil equilibrio.

Y ustedes se preguntarán quién era ese de nombre tan extraño – Prosiguió – Pues según las Sagradas Escrituras, descendiente de Caín, hijo de Lamec y de Zillah y considerado el Padre de la Metalurgía.

La torre de cartas ya alcanzaba una altura considerable.

¿Y cuál es el nombre de esta localidad? – Preguntó para enseguida contestarse – Cunchillos. Topónimo que como es fácil de deducir procede del sustantivo “cuchillo”, esto es, instrumento para cortar formado por una hoja de metal.

Pero el párroco, allí presente, hombre acostumbrado a tener la última palabra, no dudó en corregirle al tiempo que retiraba una de las piezas de aquella endeble construcción:

Lamento decirle, querido amigo, que el nombre de este barrio viene del latín Concilium que significa “asamblea”, “reunión” como la ahora aquí constituída.

Y el castillo de naipes se derrumbó sobre el verde tapete.

A continuación, el mosén mostrando una sonrisa de satisfacción, tomó la baraja, la mezcló y ofreciéndosela al desconcertado forano, le expetó:

Déjese de historias y echemos un guiñote. Corte.

Raúl Garcés Redondo (Blog ¿Tiene un Minuto?)

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (4)

CADA TARDE A LAS CINCO

Volver después de veinte años a Cunchillos trajo a mi mente los recuerdos más bellos de mi infancia, los mismos que tuve la fortuna de describir en mi diario, el cual encontré en la pequeña casa que compartía con mis padres cuando vivía aquí.

Diario de Santiago Arias

06 septiembre 1998. Papá y mamá me dijeron que en este diario tengo que escribir todo lo que me pase en el día, así que ahí voy. Nos acabamos de mudar a Cunchillos, el médico le recomendó a mi papá que para preservar su salud necesita vivir por un tiempo en un lugar alejado de la ciudad, por lo que vinimos a esta pequeña localidad.

Ni bien llegamos mis padres me inscribieron a la Escuela Nacional Mixta; mañana es el primer día de clases, espero que todo vaya bien. Me iré a acostar.

07 septiembre 1998. Hoy fui a la escuela con mucha ilusión de entablar nuevas amistades, mejor dicho mis primeras amistades, pero no tuve suerte. La mayoría de niños ya se conocían entre sí y eran amigos desde hace mucho tiempo; no quise ni siquiera intentar integrarme, creo que tenía temor a que me rechacen. Las clases estuvieron entretenidas, los maestros son muy bueno y no me cuesta trabajo comprenderlos. Mañana será otro día, vamos a ver cómo me va.

09 septiembre 1998. Ayer no tuve ánimos de escribir nada, me sentía muy mal por lo que sucedió en la escuela. En la hora de deportes el maestro nos dio autorización para practicar nuestro deporte favorito, así que los muchachos decidimos jugar fútbol, mejor dicho decidieron. Jorge Gallegos y Ángel Martínez son los que mejor juegan al fútbol así que ellos fueron los encargados de formar los equipos; veía como uno a uno mis compañeros se iban a los diferentes equipos; sin embargo, a mí, nadie me elegía. Llegó el punto en que sólo yo estaba sin equipo.

– Yo también quiero jugar, suelo ser portero – le dije a Ángel.

– No, tú no juegas – me respondió mientras me sacaba del campo de juego.

No quise decir nada al maestro, no quería que piensen que soy un engreído, así que bastante triste me regresé al salón de clases.

Hoy la situación no cambió en nada, seguí aislado de mis demás compañeros y no porque yo así lo quiera, al parecer son ellos los que no me quieren en su grupo de amigos.

11 septiembre 1998. Después de días de haber estado sólo y sin amigos en la escuela, por fin pude entablar una amistad. Roco es un niño de diez años como yo aunque él parece de menos edad, se incorporó recién hoy a la escuela. Antes de empezar las clases la directora lo presentó y lo sentó a mi lado; me llamó mucho la atención sus grandes lentes y la forma en que me dijo “Hola me llamo Roco Guevara Pérez”, nos dimos la mano y le expliqué sobre los deberes que nos habían dejado los días anteriores.

En la hora del receso compartimos juntos el refresco que mamá me había enviado y él me invitó unos emparedados que su papá le preparó, nos reímos mucho hablando de las caricaturas que pasan por televisión a las seis de la tarde. Roco es muy divertido, me da mucho gusto que haya llegado a la escuela.

13 septiembre 1998. El fin de semana no pude escribir en mi diario, nos fuimos con mis padres a acampar al bosque, la pasamos muy bien. Hoy en la escuela, volví a pasarla genial con Roco, hicimos los deberes juntos y terminamos antes que todos los demás, la maestra nos felicitó y nos dio unos dulces como recompensa. Roco también es muy aficionado al fútbol así que quedamos en encontrarnos a las cinco de la tarde en la puerta de la Iglesia San Miguel Arcángel, debajo de las campanas, iríamos a jugar fútbol, yo sería el portero y el remataría unos penaltis; y así fue, nos divertimos mucho, debo reconocer que me ganó.

16 septiembre 1998. Ya tengo más amigos en el salón de clases, pero sin lugar a dudas con quien mejor me llevo es con Roco, seguimos pasándola bien dentro y fuera de la escuela; hemos acordado en vernos siempre en la Iglesia San Miguel Arcángel, cada tarde a las cinco.

30 septiembre 1998. Hoy, como de costumbre, nos encontramos con Roco en el lugar de siempre; sin embargo él llego con sus padres y unas maletas, me sorprendió mucho. Me dijeron que tenían que viajar a Madrid por una semana y me preguntaron si Roco podía quedarse conmigo, le dije que no habría ningún problema pero que antes debíamos hablar con mamá y papá; nos dirigimos a casa y los papás de Roco hablaron con los míos quienes aceptaron sin ningún inconveniente. Roco y yo hemos dibujado toda la tarde, luego vimos las caricaturas para después cenar. Él ya se quedó dormido por lo que aproveché para escribir un poco. Esta será una semana genial.

08 octubre 1998. Los padres de Roco regresaron al pueblo el día de ayer y se llevaron a mi buen amigo a su casa. La semana que se quedó conmigo hicimos muchas actividades, jugamos fútbol hasta muy de noche, creamos nuestra propia historieta y el fin de semana fuimos a pescar con papá; lo malo fue que el día lunes Roco se puso un poco mal, amaneció con un dolor en el pecho por lo que no fue a la escuela, al día siguiente ya estaba mejor.

23 octubre 1998. Hoy es viernes y me quedaré el fin de semana en la casa de Roco.

19 noviembre 1998. Mañana es la fiesta de cumpleaños de Roco, mamá le está haciendo un pastel y yo le haré un dibujo de su caricatura preferida.

22 diciembre 1998. Pasaremos la Navidad en casa de mis abuelos por parte de mi mamá en Barcelona, así que hoy estamos partiendo para allá; antes de irme Roco me trajo un regalo y me pidió que no lo habrá hasta el 25 de diciembre, fue un bonito gesto de su parte, le estoy muy agradecido. ¡Feliz Navidad Roco!

20 enero 1999. En la clase de hoy nos contaron sobre la Torre de Samanes, así que con Roco nos encontramos como cada tarde a las cinco y nos dirigimos a las afueras del pueblo para llegar a la imponente Torre, la misma que en uno de sus lados tiene dos ventanas a las cuales miramos por varios minutos, la noche estaba cayendo y continuábamos echados en la yerba seca mirando tan misterioso patrimonio, cuando de pronto en una de las ventadas vimos a una mujer sin rostro asomarse, esta mujer emitió un sonido de ultratumba, despavoridos nos fuimos corriendo. Terminamos muy asustados y entre risas dijimos que tenemos una buena historia que contarles a nuestros nietos.

26 marzo 1999. Esta última semana Roco no ha estado yendo a clases, creo que ha estado enfermo, espero que se recupere.

01 abril 1999. Hoy Roco se ha reincorporado a clases, pero lo noto muy extraño, ha estado muy apagado y no ha querido jugar fútbol.

16 abril 1999. Estas dos últimas semanas Roco no ha ido a clases, fui a visitarlo a su casa y su mamá tan sólo me dijo que estaba enfermo pero que no podía pasar a verlo. Extraño a mi buen amigo.

23 abril 1999. Roco tampoco ha ido esta semana a clases. Que Dios bendiga a mi buen amigo y le dé pronta recuperación.

25 abril 1999. Hoy soñé con Roco, lo vi vestido de blanco jugando en un hermoso campo lleno de flores preciosas; yo no estaba en el campo pero estaba cerca de él, quise acercarme y Roco me dijo: “Aún no Santiago, yo te voy a esperar, pero aún no vengas”, tuve una sensación de tristeza, a tal punto que al despertarme tenía lágrimas en los ojos.

30 abril 1999. Esta tristeza que siento en mi corazón no se la deseo a nadie. Roco falleció el 24 de abril de una penosa enfermedad que padecía en el corazón; él nunca me dijo nada, según su mamá, no quería que lo trate diferente. Querido amigo, gracias por tu amistad, gracias por tu compañía, gracias por cada aventura compartida, guía mis pasos hermano. Estarás siempre en mi corazón. Roco se fue y con él la motivación de escribir en este diario.

Regresar a este lindo pueblo siempre me avocará a hermosos recuerdos, de los más bellos de mi vida; y entre ellos están los de mi querido amigo Roco quien en el cielo sigue rematando los mejores penaltis. Luego de esta visita me queda claro que mi infancia tiene un nombre y ese es Cunchillos.

Jesús Ricardo Ruiz Gutierrez