Relatos Cortos presentados a “Cunchillos en Breve” II (8)

El CORRAL DEL DESPOBLADO DE SAMANES

Revoltosas, distribuyendo sus heces sin ton ni son como hacen todas, lanzan su última mirada “al cuidador”, pequeña figura alejándose hacía Cunchillos. Le habían derrotado. Por fin solas en la planicie, en el despoblado de Samanes dueñas ya de todo, dan vueltas agitadas y picotean nerviosas las piedras, bajo la torre del siglo XIV de dos plantas. La gente del lugar la llama “La Ermita”. Allí se mudaron en los años ochenta cuando “el cuidador” la compró y lo usó como vivienda. Su casa adosada a los sillares desgastados era siempre visitada. ¿Qué raro decían? Son azules. Una raza con cresta azul de sangre inmortal que ha visto el paso de muchas civilizaciones a lo largo de los siglos por esas tierras: celtiberos, árabes, romanos incluso a Alfonso II cuando le dio el Castillo al señor López, y éste lo dejo perder en una tómbola taurina., tirándose a la bebida para consolar su desgracia.

Le habían derrotado. Compartir el mismo espacio era algo imposible. Era un día especial y lo mostraba su indumentaria, unas túnicas holgadas y sandalias amarradas a las patas con sogas simbolizan su fiereza guerrera. Y sus carúnculas agitadas por el viento silban que otros que están muy lejos vendrán, y que también querrán quedarse.

Belén Herguedas

 

EL MEJOR DETECTOR

En Cunchillos residían los propietarios de viñedo y afamada bodega. La mujer comentó a su capataz que llevaba años dudando de su marido, creía que tantos viajes no eran solamente para ofrecer sus caldos fuera de Cunchillos, que tenía una amante. Le dijo que iba a ponerle un detective, pero el empleado le contestó:

-“Señora, no hace falta aquí tenemos al mejor detective”- señalando hacia las cubas de vino.

Ella repuso:

-“¿Cómo?”

El empleado prosigue:

-“Un Rioja puede despejar esas dudas. Organice una fiesta y que su marido se emborrache.”

Así lo hicieron y cuando el hombre estuvo embriagado descubrió que iba mucho por Asturias porque estaba enamorado de la sidra; pues para vinos bastaba con su Rioja.

La mujer celebró la noticia del mejor detector, un Rioja.

Las mujeres de Cunchillos tienen en ese vino a su más fiel protector.

José Reinaldo Pol García

 

LA CIUDAD

La ciudad de Cunchillos despertó, lentamente, con legañas en las ventanas. Sus habitantes tardaron un poco más en bajar de la cama y lo hicieron con la típica crisis de cerebro matutina. Todo parecía correctamente cotidiano y habría sido un día más, sin pena ni gloria, de no ser por la voz que me contuvo. Es la voz que soy yo mismo, en uno de estos años descargados, de una profunda melancolía.

Deje que la palabra pasara al horizonte, que vistiera su piel de espuma y agua y su falda de música y relente matinal que ascendió hasta el origen de los tiempos donde el sol acaricia con sus besos rubios el resto de la nieve de las montañas.

Dejé que escalara, pura, la cumbre del silencio, que se destrenzara en música y canciones; que fuera del latido mineral del destino, al aliento del río estremecido.

Dejé que fuera relámpago de la noche, solitario en el desierto de los pechos, o caricia infinita de ternura. Con un galope de corceles grises, cruzó la vida de todos mis sueños, y me dejó la fiebre en las pupilas, la lenta procesión de las imágenes, la sombra y el dolor clavados en el barro.

Me queda la paciencia de sorprenderme de la vida, despacio, como esqueleto arropado fuera a desnudar su cuerpo en la memoria de las gentes. Aprendo incertidumbres que apenas sí recordaré, mañana, cuando el sol acalore, el color que les arrancan de la vida.

Josep Manuel Segarra Bellés

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Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (7)

EL ABUELO QUE OLÍA A RANCHO

Yo nunca estuve en Cunchillos y, sin embargo, vengo de allí.

Por la noche, Paco me cuenta anécdotas de su tierra. Nació en Tarazona, pero cuando era niño jugaba con los amigos en Cunchillos. Le huele el aliento a carne de conejo. Al principio me daba un poco de reparo pero, con el tiempo, me he acostumbrado. Además, de vez en cuando viene a visitarme con Raquel. Escuchar cómo canta La violetera hace que se me olviden todos los males. Es una muchacha como las de antes, sin pelos en la lengua. De baja estatura y curvas marcadas, un torbellino hecho mujer. No me extraña que Paco haya perdido el norte por ella. Cuando se mete en mis sueños siempre es verano. No precisamente pleno mes de julio, pero aún hace buen tiempo, el cielo muestra un azul intenso y los niños aún corretean por el exterior de San Miguel Arcángel en pantalones cortos. A veces, cuando Paco me está contando sus encontronazos con Pedro Lazaga y sus amores con la Meller, veo de refilón, en el sueño, muchas vacas, hogueras y comidas populares. Hay mucha gente alrededor de la plaza de la Virgen del Pilar y huele a rancho. Un cartel enorme señala una fecha, 29 de septiembre, y una señora de edad indefinida vestida con una falda negra pronuncia un discurso en medio de la plaza mayor.

La vega del Queiles nos obsequia con unas maravillosas acelgas, alcachofas, espárragos, berenjenas, calabacines, tomates y coliflores. Cómprenme cardo y borraja, no sean rancios. Lo tengo todo a buen precio, por 10 pesetas llévese dos kilos, que la huerta del 73 es la mejor desde hace décadas.

Yo no soy muy de verduras, siempre he comido muy mal y mi madre se enfadaba mucho conmigo porque estaba todo el día picoteando entre horas y poniéndome tibio a gusanitos. De todos modos, desde hace unos meses me obligan a comer brócoli y zanahorias al vapor. Desde que tuve el accidente no puedo hablar. Sé que es brócoli lo que ingiero porque me lo dice Angelina, una de las enfermeras que me cuida.

Me lo dan en papilla y está muy malo.

Angelina es de Cunchillos. No es que sea pitoniso. Es que una tarde, cuando estábamos ella y yo solos, contestó una llamada del móvil y mencionó el nombre del pueblo varias veces. En realidad no lo hizo una sola tarde, es algo habitual. Como no hablo ni tengo los ojos abiertos, piensan que no me entero de nada, pero lo escucho todo.

Además, me hace mucha gracia porque es ahora cuando tengo los sentidos a flor de piel. Creo que tenía la capacidad de sentir bloqueada en mi interior tras años de tener mi existencia en barbecho. En este momento, inmovilizado en una cama, sin ver y sin poder hablar, me siento más vivo que nunca. Al saber que te vas a morir se pierde el miedo a todo, se vive en una situación in extremis en la que haces lo que te da la gana y, hasta cierto punto, es cuando la vida empieza a sonreírte de verdad. Puede parecer absurdo que asegure hacer lo que me da la gana cuando no puedo ni rascarme la cabeza, pero mi mente está desbocada, más libre que nunca, sin prejuicios. Es como si lo único que nos impidiese disfrutar de la vida fuera la propia vida. Me gustaría debatir este tema con Angelina, aunque me temo que tendré que conformarme con Paco.

Angelina se lleva muy bien con su madre, pero fatal con su padre, aunque yo creo que en el fondo le quiere. Ella es un espíritu indómito y su padre le ha cercenado las alas, por eso abandonó el pueblo, aunque parte de su impronta permanece allí, en la calle Posadas esquina con la calle Pajares.

Su madre vende verduras en una tienda de ultramarinos, cardo, borraja y alcachofas en especial. Precios muy baratos por la crisis. Compra el género en Tarazona. Angelina tampoco come verduras y no le gusta la fruta. Dicen que quien no come fruta corre el riesgo de sufrir el escorbuto, aunque no pienso yo que en Cunchillos haya casos de escorbuto. Se me va un poco la cabeza, debe de ser la postración y la luz de ese túnel que no dejo de ver desde hace unos días, pero recuerdo que estudié eso cuando era adolescente, los viajes de ultramar entre España y el Nuevo Mundo, donde los marineros enfermaban por la carencia de vitamina C en la dieta.

Me gustaría mucho ir a Cunchillos y saludar a la madre de Angelina. Seguro que será una señora de edad indefinida vestida con una falda negra.

Angelina no trabaja mucho. Supongo que la Seguridad Social es lo que tiene, cobrará un sueldo paupérrimo y encima tendrá que dar las gracias y ser ninguneada por sus compañeros. No se lo echo en cara, aunque dedica más de la mitad de la hora que debería pasar conmigo todos los días en llamar a su madre. El resto del tiempo canturrea La violetera.

Cuando se va, desde el control me ponen la televisión por cable del hospital. Siempre dan lo mismo, El abuelo tiene un plan o ¡Se armó el Belén!…

Por Eduardo Viladés

FIN

Relatos Cortos presentados a “Cunchillos en Breve” II (6)

CUENTO DE CUNCHILLOS

Por casualidad y por suerte me entero de este concurso y me animo a participar porque así ayudo a que Cunchillos pueblo (entonces) y barrio (hoy) se mantenga vivo.

El niño (entonces) mayor (hoy) que escribe este cuento nació en Cunchillos. Por sus calles correteó. En su iglesia parroquial de S. Miguel Arcángel fue bautizado, comulgó por primera vez, acudía a la misa cada domingo y fiestas de guardar e, incluso, fue monaguillo.

En nada se distinguía de sus amiguitos de Cunchillos, los mismos que a partir de los 6 años se juntaba para ir a la escuela. Este niño recuerda una historia que encauzaría su vida.

En la escuela con D. Ricardo todo era una rutina. El himno nacional con la bandera desplegada y el mástil apoyado en un madero del techo, leer en el único libro que teníamos para todo, escribir con plumier y tinta china.

Un día ocurrió algo especial.

A media mañana entró en la escuela un señor vestido de negro y con faldas, era un fraile Todos nos levantamos, por educación. Luego el fraile nos habló y nos prometió una vida feliz, incluso nos hizo juegos de magia, pero a lo que venía era a reclutar niños para su convento.

A la salida de la escuela el tal fraile (Simón se llamaba), se encontró con la madre del niño que escribe este cuento, La madre estaba fregando de rodillas detrás del pilar, en la orilla del río que por entonces estaba sin cubrir, y todas las madres salían allí a fregar y lavar ya que no había agua en las casas.

El padre Simón se dirigió a la madre y le preguntó ¿quiere que su hijo se haga obispo o cardenal algún día? Si no le pega una patada en la espinilla, le contestó la madre, no sé cómo se va a hacer cardenal.

El niño recuerda que un 14 de septiembre, fiesta del Cristo en Cunchillos, no estaba en la procesión del pueblo. Estaba con sus padres camino del convento.

Allí se quedó jugando con sus nuevos compañeros mientras sus padres, con profundo dolor y lágrimas en los ojos pero sabiendo que lo hacían por el buen futuro de su hijo, se volvieron a Cunchillos a seguir con sus vidas normales pero acostumbrándose a vivir con la ausencia de su niño.

Juan José Sánchez Lasheras

 

DÍA A DÍA

Son las siete de la mañana. María y Antonio despiertan sin darse los buenos días, no lo creen a veces necesario. Se bañan en apenas 15 minutos para después preparar el desayuno, como siempre él toma café y ella jugo de manzana. Apenas se miran y hablan entre las mordidas y los sorbos que dan. Cada frase que dicen la puede adivinar perfectamente el otro, parece que han aprendido un guion lleno de monosílabos. Se aproxima la hora en que entran a trabajar y el beso de despedida no sabe a nada, pasó a ser un simple protocolo.

Siete horas pasan en sus trabajos sin nada relevante a excepción del pensamiento sobre rutina en la que se encuentran como pareja y la idea de que es mejor ya no estar juntos. Eso los acompaña hasta la salida y ha estado mucho tiempo en su cabeza, pero ninguno de los dos ha dicho las palabras para llevarlo a cabo. Se preguntan si es porque aun sienten amor o solo es una simple consideración por los años juntos, pero hoy lo van a saber.

Antonio le manda un mensaje para quedar en algún lugar y puedan hablar de lo que ya parece ser inevitable. Saben que si van a casa será lo mismo de cada día, así que se ven en el cruce de la calle Portillo y calle Ombo. Esta lloviznando, pero siguen caminando sin decir una sola palabra hasta salir de Cunchillos, solo se miran de vez en cuando y se concentran en ver las áreas verdes.

Finalmente ella detiene el camino sujetando la mano de Antonio. Su labio inferior tiembla, está a punto de hablar cuando la lluvia empieza a hacerse más fuerte. Por puro instinto correr para para lograr encontrar refugio. No se dan cuenta de que siguen tomados de las manos y han olvidado la tensión que tenían. Apenas están entrando de nuevo a Cunchillos cuando él resbala y cae encima de María. Se quedan mirando unos segundos no pudiendo evitar reír al verse todos mojados y sucios. Cierran los ojos y se besan como la hacían cuando recién comenzaron a salir, ya tienen la respuesta a su pregunta.

Bryan Gaytán

Relatos Cortos presentados a “Cunchillos en Breve” II (5)

COMO BUENOS VECINOS

Con el paso de los años, los muros y tabiques de la casa abandonada, en las cercanías de Cunchillos, habían aprendido a llevarse bien. Incluso a apreciarse. Atrás quedaron los tiempos en que las paredes del salón miraban a las demás por encima del televisor, o las de los dormitorios compartían a escondidas historias con un toque morboso. Hasta a la cocina se le habían subido un poco los humos. Las escaleras del trastero, por el contrario, eran evitadas por todos y los azulejos del cuarto de baño rechazados como apestados. Ahora la situación era muy diferente. Sabían que para seguir existiendo debían permanecer juntos, apoyándose unos en otros. Sentían un respeto especial por el techo, que les daba cobijo a todos, aunque él, siempre tan humilde, consideraba que el mérito era del tejado, capaz de soportar los rigores del tiempo y de su paso.

La casa se encontraba en lo alto de una loma, atalaya desde donde disfrutaban de los cambios que sucesivamente se producían en la comarca con el paso de las estaciones. Así, cada septiembre volvían a emocionarse al distinguir, junto a la Iglesia de San Miguel, las llamas de la hoguera de las Vísperas. Imaginaban a los vecinos charlando alrededor del fuego, animados por el moscatel, como tantas veces hicieron quienes en otros tiempos habitaron la casa.

Después de los años les costó reconocer el ruido de los motores y el sonido de las voces humanas. Las sensaciones que les provocaron fueron contradictorias: desde la ilusión de una segunda oportunidad, al fastidio de someterse otra vez a voluntades ajenas.

Con la primera explosión supieron que había llegado el fin, pero en ese último momento, cada parte de aquella casa sintió que su existencia había tenido un significado.

Gregorio Vega Cuesta

 

DE LO DIVINO Y LO HUMANO

“Tubalcain me aedificavit”– Exclamó el forastero con la intención de captar la atención de los parroquianos que ocupaban ociosos las diferentes mesas del teleclub.

“Túbal Caín me fundó”. Así reza el escudo de la ciudad de Tarazona. – Continuó aquel hombre mientras colocaba una carta sobre otra en difícil equilibrio.

Y ustedes se preguntarán quién era ese de nombre tan extraño – Prosiguió – Pues según las Sagradas Escrituras, descendiente de Caín, hijo de Lamec y de Zillah y considerado el Padre de la Metalurgía.

La torre de cartas ya alcanzaba una altura considerable.

¿Y cuál es el nombre de esta localidad? – Preguntó para enseguida contestarse – Cunchillos. Topónimo que como es fácil de deducir procede del sustantivo “cuchillo”, esto es, instrumento para cortar formado por una hoja de metal.

Pero el párroco, allí presente, hombre acostumbrado a tener la última palabra, no dudó en corregirle al tiempo que retiraba una de las piezas de aquella endeble construcción:

Lamento decirle, querido amigo, que el nombre de este barrio viene del latín Concilium que significa “asamblea”, “reunión” como la ahora aquí constituída.

Y el castillo de naipes se derrumbó sobre el verde tapete.

A continuación, el mosén mostrando una sonrisa de satisfacción, tomó la baraja, la mezcló y ofreciéndosela al desconcertado forano, le expetó:

Déjese de historias y echemos un guiñote. Corte.

Raúl Garcés Redondo (Blog ¿Tiene un Minuto?)

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (4)

CADA TARDE A LAS CINCO

Volver después de veinte años a Cunchillos trajo a mi mente los recuerdos más bellos de mi infancia, los mismos que tuve la fortuna de describir en mi diario, el cual encontré en la pequeña casa que compartía con mis padres cuando vivía aquí.

Diario de Santiago Arias

06 septiembre 1998. Papá y mamá me dijeron que en este diario tengo que escribir todo lo que me pase en el día, así que ahí voy. Nos acabamos de mudar a Cunchillos, el médico le recomendó a mi papá que para preservar su salud necesita vivir por un tiempo en un lugar alejado de la ciudad, por lo que vinimos a esta pequeña localidad.

Ni bien llegamos mis padres me inscribieron a la Escuela Nacional Mixta; mañana es el primer día de clases, espero que todo vaya bien. Me iré a acostar.

07 septiembre 1998. Hoy fui a la escuela con mucha ilusión de entablar nuevas amistades, mejor dicho mis primeras amistades, pero no tuve suerte. La mayoría de niños ya se conocían entre sí y eran amigos desde hace mucho tiempo; no quise ni siquiera intentar integrarme, creo que tenía temor a que me rechacen. Las clases estuvieron entretenidas, los maestros son muy bueno y no me cuesta trabajo comprenderlos. Mañana será otro día, vamos a ver cómo me va.

09 septiembre 1998. Ayer no tuve ánimos de escribir nada, me sentía muy mal por lo que sucedió en la escuela. En la hora de deportes el maestro nos dio autorización para practicar nuestro deporte favorito, así que los muchachos decidimos jugar fútbol, mejor dicho decidieron. Jorge Gallegos y Ángel Martínez son los que mejor juegan al fútbol así que ellos fueron los encargados de formar los equipos; veía como uno a uno mis compañeros se iban a los diferentes equipos; sin embargo, a mí, nadie me elegía. Llegó el punto en que sólo yo estaba sin equipo.

– Yo también quiero jugar, suelo ser portero – le dije a Ángel.

– No, tú no juegas – me respondió mientras me sacaba del campo de juego.

No quise decir nada al maestro, no quería que piensen que soy un engreído, así que bastante triste me regresé al salón de clases.

Hoy la situación no cambió en nada, seguí aislado de mis demás compañeros y no porque yo así lo quiera, al parecer son ellos los que no me quieren en su grupo de amigos.

11 septiembre 1998. Después de días de haber estado sólo y sin amigos en la escuela, por fin pude entablar una amistad. Roco es un niño de diez años como yo aunque él parece de menos edad, se incorporó recién hoy a la escuela. Antes de empezar las clases la directora lo presentó y lo sentó a mi lado; me llamó mucho la atención sus grandes lentes y la forma en que me dijo “Hola me llamo Roco Guevara Pérez”, nos dimos la mano y le expliqué sobre los deberes que nos habían dejado los días anteriores.

En la hora del receso compartimos juntos el refresco que mamá me había enviado y él me invitó unos emparedados que su papá le preparó, nos reímos mucho hablando de las caricaturas que pasan por televisión a las seis de la tarde. Roco es muy divertido, me da mucho gusto que haya llegado a la escuela.

13 septiembre 1998. El fin de semana no pude escribir en mi diario, nos fuimos con mis padres a acampar al bosque, la pasamos muy bien. Hoy en la escuela, volví a pasarla genial con Roco, hicimos los deberes juntos y terminamos antes que todos los demás, la maestra nos felicitó y nos dio unos dulces como recompensa. Roco también es muy aficionado al fútbol así que quedamos en encontrarnos a las cinco de la tarde en la puerta de la Iglesia San Miguel Arcángel, debajo de las campanas, iríamos a jugar fútbol, yo sería el portero y el remataría unos penaltis; y así fue, nos divertimos mucho, debo reconocer que me ganó.

16 septiembre 1998. Ya tengo más amigos en el salón de clases, pero sin lugar a dudas con quien mejor me llevo es con Roco, seguimos pasándola bien dentro y fuera de la escuela; hemos acordado en vernos siempre en la Iglesia San Miguel Arcángel, cada tarde a las cinco.

30 septiembre 1998. Hoy, como de costumbre, nos encontramos con Roco en el lugar de siempre; sin embargo él llego con sus padres y unas maletas, me sorprendió mucho. Me dijeron que tenían que viajar a Madrid por una semana y me preguntaron si Roco podía quedarse conmigo, le dije que no habría ningún problema pero que antes debíamos hablar con mamá y papá; nos dirigimos a casa y los papás de Roco hablaron con los míos quienes aceptaron sin ningún inconveniente. Roco y yo hemos dibujado toda la tarde, luego vimos las caricaturas para después cenar. Él ya se quedó dormido por lo que aproveché para escribir un poco. Esta será una semana genial.

08 octubre 1998. Los padres de Roco regresaron al pueblo el día de ayer y se llevaron a mi buen amigo a su casa. La semana que se quedó conmigo hicimos muchas actividades, jugamos fútbol hasta muy de noche, creamos nuestra propia historieta y el fin de semana fuimos a pescar con papá; lo malo fue que el día lunes Roco se puso un poco mal, amaneció con un dolor en el pecho por lo que no fue a la escuela, al día siguiente ya estaba mejor.

23 octubre 1998. Hoy es viernes y me quedaré el fin de semana en la casa de Roco.

19 noviembre 1998. Mañana es la fiesta de cumpleaños de Roco, mamá le está haciendo un pastel y yo le haré un dibujo de su caricatura preferida.

22 diciembre 1998. Pasaremos la Navidad en casa de mis abuelos por parte de mi mamá en Barcelona, así que hoy estamos partiendo para allá; antes de irme Roco me trajo un regalo y me pidió que no lo habrá hasta el 25 de diciembre, fue un bonito gesto de su parte, le estoy muy agradecido. ¡Feliz Navidad Roco!

20 enero 1999. En la clase de hoy nos contaron sobre la Torre de Samanes, así que con Roco nos encontramos como cada tarde a las cinco y nos dirigimos a las afueras del pueblo para llegar a la imponente Torre, la misma que en uno de sus lados tiene dos ventanas a las cuales miramos por varios minutos, la noche estaba cayendo y continuábamos echados en la yerba seca mirando tan misterioso patrimonio, cuando de pronto en una de las ventadas vimos a una mujer sin rostro asomarse, esta mujer emitió un sonido de ultratumba, despavoridos nos fuimos corriendo. Terminamos muy asustados y entre risas dijimos que tenemos una buena historia que contarles a nuestros nietos.

26 marzo 1999. Esta última semana Roco no ha estado yendo a clases, creo que ha estado enfermo, espero que se recupere.

01 abril 1999. Hoy Roco se ha reincorporado a clases, pero lo noto muy extraño, ha estado muy apagado y no ha querido jugar fútbol.

16 abril 1999. Estas dos últimas semanas Roco no ha ido a clases, fui a visitarlo a su casa y su mamá tan sólo me dijo que estaba enfermo pero que no podía pasar a verlo. Extraño a mi buen amigo.

23 abril 1999. Roco tampoco ha ido esta semana a clases. Que Dios bendiga a mi buen amigo y le dé pronta recuperación.

25 abril 1999. Hoy soñé con Roco, lo vi vestido de blanco jugando en un hermoso campo lleno de flores preciosas; yo no estaba en el campo pero estaba cerca de él, quise acercarme y Roco me dijo: “Aún no Santiago, yo te voy a esperar, pero aún no vengas”, tuve una sensación de tristeza, a tal punto que al despertarme tenía lágrimas en los ojos.

30 abril 1999. Esta tristeza que siento en mi corazón no se la deseo a nadie. Roco falleció el 24 de abril de una penosa enfermedad que padecía en el corazón; él nunca me dijo nada, según su mamá, no quería que lo trate diferente. Querido amigo, gracias por tu amistad, gracias por tu compañía, gracias por cada aventura compartida, guía mis pasos hermano. Estarás siempre en mi corazón. Roco se fue y con él la motivación de escribir en este diario.

Regresar a este lindo pueblo siempre me avocará a hermosos recuerdos, de los más bellos de mi vida; y entre ellos están los de mi querido amigo Roco quien en el cielo sigue rematando los mejores penaltis. Luego de esta visita me queda claro que mi infancia tiene un nombre y ese es Cunchillos.

Jesús Ricardo Ruiz Gutierrez

Microrrelatos presentados a “microCunchillos” III (5)

SIETE DE LA MAÑANA

Siete de la mañana. Barrio de Cunchillos. Doce policías y un sargento. El funcionario lee un documento judicial. En la puerta de la casa, una niña asustada. Se acerca al sargento y le ofrece un osito de peluche.

-Oye, tengo que ir al cole y estaba durmiendo. Vosotros me habéis despertado.

El sargento le devuelve el osito y se dirige a sus hombres.

-Vámonos. Dejemos dormir a la niña.

Pepe Sanchis

 

SUCESOS

Hoy salimos en el periódico, cariño. He leído la noticia mientras tomaba un café en Cunchillos. Recuerdo cuando te conocí. Ibas rodeada por tus amigas. Ni siquiera me miraste. Altanera, altiva. Leo la noticia y lloro pensando en cuántas cosas te perdiste por no prestarme atención. Lloro y limpio mi puñal ensangrentado y mi conciencia.

Aurora Rapún Mombiela

 

TODA UNA VIDA

Cochiellas eras muy joven cuando un grito andalusí, le petit caporal y el caudillo, iban dejando tus entrañas vacías.

Tarazona te amamantó, has crecido y seguirás adelante con tu vida.

“Filove”

 

TORRE DE SAMANES

Hasta que llegué, con puertas, abiertas de par en par. Bienvenido soy. Entré a la torre de Samanes, donde las escaleras me llevaron a la cúspide.

Un interior oscuro, donde grité y a lo lejos, mi emoción se sintió. ¡Cunchillos, qué libre soy, ahora desde aquí miro y te rindes a mis pies!

No hay lugar para dos, mi ciudad. Somos tú y yo, como un emigrante más que vive en tierra natal.

Felipe Andrés Vergara Unda

 

UN DÍA EN CUNCHILLOS

En la provincia española de Zaragoza, se encuentra una pequeña localidad, que pertenece a al bello municipio de Tarazona, cuyo nombre es Cunchillos. Un pequeño pueblo donde puedo observar, con tranquilidad, su arquitectura medieval y sus hermosas casas con tejas de barro cocido, mientras me deleito comiendo uno de sus platos típicos, sin afán. Quisiera no irme nunca de este magnífico lugar.

Sebastián Villa Medina

 

UN PASADO REMOTO

En las afueras de Cunchillos, David observó que los tomillares crecían a duras penas en el terreno yermo. Con el rifle en la mano, sacó un encendedor del bolsillo de su pechera y encendió un cigarro. David soltó una bocanada de humo, después de escuchar el sonido límpido de un fusil, resonancia que lo distrajo sólo por un instante.

Gustavo Leyton Herrera

 

HUELLAS DE BRONCE

Llegué antes de que el sol derramase en la llanura, su tenue luz otoñal. Venía del Este, y me dirigía al mar que se halla después de Santiago. Aquél es un hermoso camino, y hay un lugar, de nombre Cunchillos, que contuvo mi aliento. Allí quedé hasta repicar las campanas de San Miguel Arcángel, cuando mis alas desplegué de nuevo, rumbo a Occidente. Volveré. El viento siempre vuelve a donde quiere.

Alfonso Sebastián L. Lorenzo

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (3)

ARCOÍRIS

Recibía los primeros rayos de sol por los ventanales. Bebía agua fría casi helada de un pequeño depósito. Extendía las alas una y otra vez. Se espulgaba entre sus bellas plumas de colores. Toda ella era como un arcoíris. En su definición un pavorreal. En cada ala un ojo. Una evidencia ocular. Era una hembra que llego del Congo. En su pequeño rostro se observaban vetas amarillas y blancas. Una cabecita con cresta de plumas marrones y azules. Un color azul inmenso como el mar y tan infinito como ese cielo al que nunca había visto y mucho menos había volado en la inmensidad. Estaba siempre encerrada escuchando a Mozart.

Esa tarde sonaba a todo volumen la sinfonía número 2. Justo ese día de año nuevo 2028 fue el día que escapo por aquella ventana sin cortinas. Julieta abrió los ventanales para poder fumar, cosa que hacía regularmente sin abrir las ventanas; pero ese día quería sentir el aire entrar en la habitación. A ella la tenían presa en un penthouse desde hace un año.

Era casi un milagro que su corazón no dejara de latir. Julieta la tenía reclusa por capricho. Por saber que tenía la belleza cerca de ella. La vida y un corazón latiendo. Esa otra vida antes de escapar picoteó a Julieta tres veces en la cara. Sus manos recorrieron su rostro aterrado y goteaba sangre. La paralizo el miedo y el colosal dolor. Y fue ahí donde el ave abrió las alas y emprendió el vuelo. La ropa de Julieta bañada en sangre sentía húmeda. De paso a pasito su cuerpo fue descendiendo hasta caer en la acera. Dio un mal paso y cayó desde lo alto. Herida, pero seguía con vida. Julieta ya no pudo abrir los ojos y ver el arcoíris nunca más.

– La primera vez que fui al barrio de Zaragoza me contaron esa historia, me pareció fabulosa y ahora viajo desde México para contarles esa misma historia a mis pequeños nietos que visitan el barrio de Cunchillos, ahí conocí a una muchacha llamada Julieta, como la de la historia, blanca y de ojos hermosos, pero egoísta y envidiosa. Tiempo después volví a mi país de origen para contarles a mis amigos que habías estado con una chavala llamada Julieta y que ella tenía una manía por las aves exóticas. Después de unos años me casé y nunca volví a España. Es hasta hoy que vuelvo a este barrio, ya con mis nietos a recorrer sus calles, oler, palpar y caminar por sus maravillosas calles. Ahora que hoy un gran arcoíris, recuerdo esta historia.

Gabriela Santamaría Santiago

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (2)

AMADO

Amado era el prototipo de solterón. Traumatizado desde la infancia por un padre borracho y una madre sin carácter que los abandonó cuando el niño tenía ocho años, Amado nunca había sentido la necesidad de compartir su vida con nadie. La soledad era su estado natural. Había trabajado desde los catorce años en la misma empresa. Cuando pudo conseguir una modesta jubilación se dedicó en cuerpo y alma a su verdadera pasión, la fotografía.

Hace poco encontró, en la revista de la asociación de fotógrafos amateurs a la que estaba suscrito, la convocatoria de un certamen cuyo tema era, precisamente, su especialidad: los atardeceres. Consultó las bases para participar y envió su mejor obra. Ya se había olvidado del tema cuando recibió un mensaje en el que le comunicaban que había resultado ganador del concurso. Le recordaban que, según establecían las bases, para recoger el premio era imprescindible acudir personalmente, y para ello la organización le facilitaba la cena, alojamiento y desayuno en un hostal del barrio de Cunchillos.

Amado, picado por la curiosidad de viajar a ese lugar y con la esperanza de pasar un fin de semana cuanto menos entretenido, tomó un par de trenes y un autobús para llegar el viernes a las 7 de la tarde a las puertas del hostal. Entonces apareció Berta. Era la propietaria, maestra jubilada y encargada de la Biblioteca Municipal que había convocado el Certamen de Fotografía. Una vez dejado sus pertenencias en su habitación, Amado cenó como nunca lo había hecho en su vida. Acompañado en la mesa por Berta, después de la excelente cena tomó tres copitas de un licor que ella misma preparaba con hierbas de los terrenos que circundaban el pueblo. Al terminar, una sensación de paz, un sentimiento de armonía llenó a Amado. Nunca se había sentido tan a gusto. La entrega del premio estaba señalada para las doce de la mañana del sábado. Amado se levantó temprano y después de un soberbio desayuno también preparado por Berta, salió a realizar un paseo. El pueblo tenía entre sus más preciados monumentos la Torre de Samanes. Desde allí realizó Amado unas fotografías del amanecer más esplendoroso que había contemplado nunca.

A las doce menos diez se dirigió al Ayuntamiento, en cuyo Salón de Actos se celebraba la ceremonia. Las sillas que habían preparado estaban todas ocupadas. La mesa presidencial, con el alcalde, el concejal de Cultura y Berta, la bibliotecaria, ya estaba preparada. En cuanto vieron entrar a Amado le hicieron señales para que ocupara una de las sillas de la primera fila. Tras unas palabras del alcalde, Berta le hizo entrega de un estuche de madera de caoba en cuyo interior, una placa certificaba el nombre del ganador. En el momento de recibir el estuche, los dos besos protocolarios se convirtieron en un momento de sumo placer para Amado. No cabía duda, se había enamorado terriblemente de aquella mujer.

Una vez terminado el acto, se dirigieron al comedor del hostal donde la corporación ofrecía un vino de honor. Un excelente vino de la comarca del que Amado se sirvió en abundancia. Berta lo atendió como nadie, con eficacia y sencillez. No podía estar en mejores manos.

Se quedó el sábado y el domingo, el lunes, el martes y el miércoles. El jueves hablaron largo y tendido de su pasado, de su presente y de su probable futuro. El viernes volvió a su ciudad y el sábado por la tarde ya estaba de nuevo llamando a la puerta del hostal, cargando esta vez con una voluminosa maleta y todos sus aparatos fotográficos.

Amado ha dejado de ser un especialista en atardeceres. Ahora, solo le valen los amaneceres.

Pepe Sanchis

Relatos Cortos presentados a “Cunchillos en Breve” II (1)

ACEITE DE MOTOR 10 w – 30

Se acercó para hacer una pregunta. Su acento español la delataba. ¿De qué parte eres? Le pregunté sin dejar de trabajar, pero distraído en su belleza. Orgullosamente del barrio de Cunchillos, contestó. Me descuidé y el aceite caliente del motor rodó por mi cuerpo quemándome la piel. Al limpiarla, noté su cambio de coloración para verde. Desde entonces, apetezco de moscas y manjares finos de lindas mariposas, mientras canto dando la bienvenida a la lluvia, con la esperanza que regrese, y con un beso, rompa el hechizo que dejó en mi vida, para ser de nuevo, un mecánico que sueña.

Paulino García

 

ÁRBOL MILENARIO

Cuando retiró aquella capa de cal descubrió grabadas toscamente en la piedra que cimentaba la iglesia diferentes inscripciones. Las había en castellano, también en latín, en caracteres arábigos y signario celtíberico para finalizar con el negativo de una mano pintada en tonos ocres. Y entonces comprendió que del mismo modo que con los anillos de la corteza de un árbol, a través de aquellas hendiduras podía leerse el pasado de Cunchillos.

De repente la voz del capataz le sacó con rudeza de su pensamiento:

¿A qué esperas para echar el cemento?

Pero antes de tomar la paleta, agarrando la maceta y el cortafríos con decisión, estampó su nombre y sonrió.

Raúl Garcés Redondo (Blog ¿Tiene un Minuto?)

 

ATARDECER

El cielo se tornó gris, las olas comenzaron a golpear la quilla del vapor, él viento empezaba a sentirse con fuerza sobre la cubierta, los pasajeros se fueron a resguardarse en sus camarotes. Desde el puente, el capitán, mando llamar al segundo de abordo, Ramírez, que era como se llamaba su ayudante, disponga que varios marineros bajen a reforzar la sala de calderas, los demás que bajen a la bodega y aseguren las mercancías, también diga a los pasajeros que se pongan los chalecos salvavidas y bajen a la bodega.

Por el tubo acústico se comunicó con el jefe de máquinas, cuando de la orden, quiero la máxima potencia le dijo.

Ordeno al timonel que corrigiera el rumbo y fuera derecho al centro de la tormenta, bajó a la bodega para tranquilizar a los pasajeros. Les explico que la mejor manera de salvar la tormenta era dirigirse contra ella, tener el centro de gravedad lo más bajo posible para que las olas no pudieran volcar el barco, ese era el motivo por el cual les había mandado bajar a la bodega.

Dejo el bolígrafo encima de la mesa, siempre se había sentido más cómodo para escribir, era de los de la vieja usanza, se levantó y fue directo a la ventana. Estaba atardeciendo y como todos los días salió a la calle para dirigirse al cementerio, era el mejor lugar de Cunchillos para contemplar la puesta de sol.

Había descubierto que no había dos iguales, y pensó, que cuando terminara de escribir la novela, trataría de describir el inimaginable atardecer que se observa desde Cunchillos.

Pedro Antonio Sánchez Marco

 

Microrrelatos presentados a “microCunchillos” III (4)

LAS FUENTES DE CUNCHILLOS

La nueva. La vieja.

La de la curva llegando al pueblo. La del pueblo.

La de segunda. La de primera.

La de volver con el balde sobre la cabeza. La de llevar el botijo en mano.

La desaparecida y enterrada. La fuente de vida para todo el que pasa, ahora seca, pero no olvidada.

Dime donde han ido tus aguas a parar,

Porque ahora no mana, el manantial…

STOP

 

LAS NOCHEVIEJAS QUE VENDRÁN

Recibió una cascada de hologramas: Las citaban en Tarazona tras las campanadas. Ya no se celebraban como antaño. Cada cual contaba con su manera: Anarel rendía fidelidad a la Torre de Samanes. Abrazada a su imperecedera pareja, eligieron las doce estrellas que las guiarían en el nuevo año. Zoraida era un alma morisca —hija de Cunchillos— que congeniaba como nadie con su especial sensibilidad.

Rubén Martín Camenforte

 

LA TIERRA DE CUNCHILLOS        

Observo ilusionado la tierra removida bajo mis pies, esta tierra mía, de todos y de nadie que alberga en su interior una semilla que sueña con contemplar Cunchillos desde lo alto, aquella mágica tierra que le prometía el viento, que le susurraba el agua y que anhelaban los días de sol. Y aunque mañana sea un brote y pasado un frágil tallo que desafía al invierno, algún día formará parte de él.

Paula Sumpf Sosa

 

LECCIÓN DE GEOGRAFÍA

Los senderistas la sentaron a la sombra y le dieron agua mientras le preguntaban por su nombre y su dirección. La anciana con una mirada perdida no contestaba.

Le leyeron en alto las localidades más cercanas. Al oír el nombre de su pueblo comenzó a recitar lo que había aprendido en la escuela hacía ya ochenta años: «Cunchillos, provincia de Zaragoza, obispado de Tarazona, región aragonesa».

Isabel Crespo

 

METAMORFOSIS

El niño tomó su sombrero de capitán pirata hecho de periódico y lo transformó en un pequeño barco dispuesto a surcar las aguas de la acequia de Cercé. El viento del Moncayo lo condujo a las manos del anciano que tras convertirlo en una simpática pajarita la liberó en el azul del cielo.

Raúl Garcés Redondo (Blog ¿Tiene un Minuto?)

 

RUIDO

Fue un ruido el que me despertó de la peor pesadilla de mi vida. Calles vacías, casas destrozadas y el pavimento hundido aparecían en ella.

Un ruido me despertó de un horrible sueño, de ver mi lugar, mi hogar abandonado. Cunchillos despoblado, sin vida, arrasado, en ruinas…

Me despertó un ruido, pero no era pesadilla. Todo era muy real.

Anónimo