Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (18)

VISIGODOS EN CUNCHILLOS

Otro BMW aparcaba a la entrada Cunchillos y varias autoridades de la cultura de Zaragoza, se bajaron del coche para ver el renombrado yacimiento datado en la época visigoda. No hacía mucho, pocos hablaban de Cunchillos o no conocían su existencia, pero ahora era actualidad y el epicentro. Los medios de comunicación se hacían eco de la noticia del nuevo descubrimiento del siglo XXI, así como de las posibles respuestas a las preguntas ya formuladas, por los historiadores o arqueólogos. De la noche a la mañana, aquello parecía la gran vía de Madrid en hora punta y los vecinos no daban crédito al revuelo que se había montado. Hasta los parientes más lejanos habían decidido visitar a sus familiares, siendo estos últimos los que tenían que adecentar las habitaciones vacías de sus casas o pedir la inestimable ayuda a sus vecinos, para dejarles pernotar durante un par de días. Las labores en los campos de alrededor del asentamiento, estaban paralizadas y los dueños se quejaban de no poder avanzar para arar sus campos ni plantar la cosecha. Un equipo de conocidos arqueólogos se estableció en la casa más cercana, pagando un asequible alquiler por ella. Y todo aquel alboroto había logrado llenar las calles y casas vacías, así como los locales vacíos con comercios de ropa, de comestibles o de tatuaje. Además, se habla de crear un museo e incluso de incluirlo como patrimonio de la Unesco.

Los experimentados arqueólogos trabajaban en busca de más indicios, encontrando huesos de animales, utensilios de la agricultura y la ganadería, y un sinfín de adornos de orfebrería. Aun así, se preguntaban por la repentina desaparición de estos, los cuales pasaron sin dejar constancia en la historia de Cunchillos. Todos estaban de acuerdo que algo sucedió, pero ¿de qué se trataba? Esa preguntaba era la clave y para lograr respuestas, primero acondicionaron toda la zona y pusieron mucha seguridad, logrando protegerla de los saqueadores o de cualquier persona con ganas de expoliar. Luego, utilizaron la tecnología más avanzada, la LiDar donde un láser penetraba subterráneamente en busca de más asentamientos y les aparecía en la pantalla, en forma de 3D indicando cualquier tipo de construcción, de esa manera jugaban con ventaja a la hora de excavar. Encontraron muchos más asentamientos en varias tierras de cultivo, dejando a los demás agricultores explotar sus parcelas para cosechar y llegando a un acuerdo, con los propietarios donde se encontraban dichos asentamientos.

Todo parecía fluir en armonía hasta la llegada de un nuevo dato, en el cual una especie de bacteria fue hallada en un cuenco roto. Los científicos la analizaron con sumo cuidado, porque todavía se apreciaban microorganismos vivos que habían sobrevivido, gracias a la temperatura de la tierra y a los nutrientes de está. Al parecer, esa bacteria pudo ser la causante de la súbita volatilización y muchos historiadores apuntaban que pudo ser una epidemia que devasto a aquella civilización. En cambio, otros hacían hincapié en una avanzadilla nómada y por ese motivo, no habían dejado ningún testimonio. Llegados a ese punto y todavía, sin excavar ni una porción de los yacimientos en una cosa estaban completamente de acuerdo, que les llevaría bastante tiempo, posiblemente décadas para esclarecerlo.

Lo que todos ignoraban es que, en el cementerio de Cunchillos una tumba desconocida y bien camuflada, guardaba los misteriosos pergaminos del paso de los visigodos por aquel lugar. El inexorable paso del tiempo, las constantes guerras y los continuados cambios de señores feudales, habían hecho olvidar tan gran tesoro, cayendo en el olvido.

Agurtzane Iturri Mendieta

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Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (17)

UN TROCITO DE PATRIA

“Tranquilo Miguel” escuche susurrar, levemente, a Ramón “el molinero”. Apenas había pasado allí un día, pero esta soledad, a oscuras, se me antojaba una eternidad. Y no es para menos; parecía que la carrera de anteanoche había sucedido mucho tiempo atrás….¡pero no!

Por suerte mi casa, en Tarazona, da a dos calles. Eso me salvó, porque cuando me asomé por la rendija de la ventana, al escuchar el alboroto y ver a aquellos salvajes de camisas azules sacar a los vecinos a empujones, tirándoles del pelo, gritando por España – como si España sólo fuera de ellos -, patearlos en el suelo como a animales, salí por la puerta que da a los corrales y corrí por la calle Cañuelos, saltando huertos y bancales hasta la carretera de Cunchillos.

Jadeando, medio asfixiado, escondido tras una pared de piedra medio derruida, pude ver como un grupo de paisanos caminaba, rodeados de paisanos también: los primeros, con las manos entrelazadas sobre la cabeza; los segundos altivos con sus armas entre las manos. Allí, junto al río, se separaron: los primeros de pie, junto a la tapia; los segundos frente a ellos, con sus armas apoyadas en el hombro.

Sonó un gran estruendo y con él un grito sordo surgió en mi cabeza a la vez que arranqué a correr.

Sin rumbo iba, pero no era momento de pararme a pensar; sólo quería llegar lejos, lo más lejos posible, porque, de pillarme, sabía que también yo acabaría empujado, maltratado y fusilado por aquellos salvadores de la patria.

Así, con las alpargatas que enseñaban el dedo gordo por la punta, los calzones remendados por el culo y una camisa – la que llevaba puesta al escuchar el griterío en la calle, con más de un zurcido y casi sin botones -, busqué refugio donde sabía tenía un amigo, no sin antes rodear la casa asegurándome de que no hubiera peligro. ¿Quién me decía que esos malnacidos no habían llegado antes que yo y estaban apaleándolo a él? Parecía que tuvieran un mandato divino y no cejaban en el empeño de acabar con todos los que, según ellos, no éramos de ley.

Fue el sueño lo que me permitió pasar aquellas angustiosas horas hasta que, por fin, acompañando a la voz de Ramón, aún lejana, llegó un hilo de luz entre los sacos. Allí me escondió cuando llegué, en un agujero a ras de suelo, cubierto con unas tablas y sacos de grano encima para disimular el olor por si traían perros en busca de indefensos labriegos como yo.

El carro, colocado de culo, estaba a la entrada del granero aún vacío.

– Túmbate ahí – dijo Ramón, señalándome la caja del carro, a la vez que me empujaba por el hombro.

Una vez estirado en aquel cajón – que más parecía un ataúd -, colocó un segundo fondo a lo largo de unas disimuladas guías que pasaba a dos dedos de mí nariz, dejándome otra vez a oscuras, más aún al colmar el carro con la harina que allí tenía.

Sería medio día de aquella calurosa jornada de finales de Julio cuando las mulas, mansos animales, tiraron del carro al azuzarlas con las riendas camino de Malón.

Ramón silbaba a la vez que hablaba con las mulas; yo acomodaba la cabeza sobre la gorra doblada, para evitar que el traqueteo del carro hiciera lo mismo con mi cabeza sobre el fondo de madera.

– ¡Ey! ¿Qué llevas ahí molinero? – escuché por entre las rendijas de los tablones, cuando salíamos de Cunchillos, a la altura del cruce del camino de La Herradura.

– ¿Pues qué voy a llevar? ¡Harina! – contestó, a la vez que un par de aquellos mal encarados se subían al carro.

– ¡No tan deprisa! ¡Para! – gritaron, afanándose en echar sacos al camino, hasta dejar el carro casi vacío.

– Está bien, puedes seguir – dijo uno de ellos, a la vez que saltaban a tierra.

– ¿Puedo seguir? Y esto….¿Quién lo va a cargar?

– Tú….si quieres; si no, déjalo ahí que alguien lo recogerá.

– ¡Me cago en…..! – protestó Ramón y con razón.

Media hora tardó en volver a cargar y yo…..allí, escondido, sin poder ayudarle.

Pasamos Malón y llegamos a Barillas, donde el primer tramo de la huida terminaba dentro del granero de Pascual; otro hombre de confianza. Allí, después de vaciar por segunda vez el carro, deslizaron el tablón de cierre y pude respirar aire fresco. De estar allí cerrado, con el calor, la ropa parecía recién lavada….por lo húmeda que estaba, no por la fragancia, que más bien no era fragancia, sino hedor.

Aquella noche, después de cenar, Pascual me hizo compañía hasta la hora de partir. Aún quedaba por delante un pequeño paseo a oscuras, hasta la carretera de Ribaforada, en las afueras de Ablitas. Allí, cuando la noche era cerrada y sólo se escuchaba el sonido del viento entre las ramas de los árboles unas luces aparecieron vibrando a lo lejos, aunque cada vez más cerca hasta que, junto al árbol detrás del que estábamos escondidos, paró el camión que las portaba. El chofer asomó la cabeza por la ventanilla y silbó.

– Son amigos – dijo Pascual, tirándome del brazo para que saliera del escondrijo.

– Sube atrás – dijo el chofer, después de habernos presentados. Levanté por un lado la lona de la caja del camión para subir y – que sorpresa la mía – una docena más de hombres, huidos con cara de asustados, como yo, ocupaban los alargados asientos de madera que allí había.

Todos cargábamos la misma ignorancia y los mismos temores ¿Y si nos descubren? ¿Y si nos entregan? ¿A dónde nos llevan? ¿Cuándo llegaremos? Sólo sabíamos que, por la velocidad que llevaba el camión, por los golpes de los amortiguadores al coger los profundos hoyos del camino, por las curvas que nos sacudían de un lado a otro, circulábamos por medio de la sierra, rumbo a los Pirineos y de ahí a Francia, según nos habían dicho.

A oscuras bajo aquella lona, con el sonido del motor por compañía, todos teníamos la esperanza de poder apearnos en algún lugar donde no fuéramos perseguidos – no sabíamos bien porqué – por otros que se consideraban con más derecho que nosotros a sentirse españoles. En ese momento, sin embargo, este camión, cargado de atemorizados hombres, era un trocito de patria, aunque el destino fuera el exilio.

Miguel Ángel Clavijo Espino

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (16)

TORRE SAMANES, REFUGIO DE DOS AMORES

En aquel silente atardecer un viajero paseaba por las inmediaciones de “La Ermita”, paraje perteneciente a Cunchillos. Observó que, bajo unas piedras sobresalía un objeto metálico, un bote que contenía un deteriorado pergamino que tenía impresa la siguiente misiva:

“Naturales y foráneos de Cunchillos, es justo que sepáis por qué no quedó piedra sobre piedra en el castillo de este estratégico lugar, vuestro noble pueblo.

Mirad, en esa fortaleza, vivía un invasor tirano machista que además de su egoísmo caciquil, era un padre terrible. Tenía encerrada en una de las dependencias a una hija por descubrir que era lesbiana. La joven se había enamorado de otra que vivía en Torre Samanes. Las chicas se conocieron un día que se encontraron en un paseo por la zona y quedaron prendadas sentimentalmente. Desde entonces se veían ocultamente pero, una jornada un bufón de ese déspota delató sus amores y ni la Virgen del Pilar pudo evitar que el machista padre la encarcelara en la que era su aposento.

Infeliz muchacha, de aquella boca no pudieron salir las palomas de palabras de amor pues, cautiva quedó bajo la custodia de fieros guardias en una lóbrega torre de esa fortaleza. La joven se comunicaba con su amada con una zurita mensajera pero un cruel ballestero un día la abatió.

Con la complicidad de las nubes, que taparon la delatora cara de la Luna, una noche, la joven, que había confeccionado una luenga y resistente liana con sábanas, escapó ayudada de su doncella que prefería que corriera el riesgo de precipitarse al vacío antes que verla morir por la ausencia de su amor. Por aquella casi aspillera de ventana descendió por la cuerda textil. Bajo el amparo de las sombras de la noche marchó; no lejos con un par de monturas le esperaba la otra chica que la amaba, la señora de Samanes. Al descubrir el padre que su hija huyó a los brazos de su amor mandó ahogar, por cómplice, a la criada con un cordel de aquella sábana. Antes de morir la sirvienta mirando a los ojos de su verdugo dijo:

– “Me quitáis la vida, pero muero feliz al ver que dos corazones lo son en el amor”

Hasta en el mismo cielo quisieron castigar tanta tiranía y, San Miguel con una legión de ángeles descendió para que aquel castillo nunca más fuera cárcel de ningún corazón. En combate sin igual al monstruo humano aquel eliminó, para que nunca fuera obstáculo en la felicidad de su hija. No quedó piedra sobre piedra de aquel castillo de tiranía.

Desde Torre Samanes al ver que una gran humareda hacia desaparecer la pétrea edificación, las dos jóvenes enamoradas gritaron besándose:

– “Cariño, ya nadie amordaza nuestras bocas, ya no hay Torquemada de amor. Dejamos de ocultar lo que nadie debe privar, el amarse. Esta torre, donde vamos a casarnos será La Ermita donde viviremos, cual santeras, las dos muy felices.

El castillo de Cunchillos no desapareció por ataques de conquistadores, fue porque el mismo defensor de la Iglesia vino a esta tierra para decirle a un padre que ser señor de horca y cuchillo nunca supone privar de la libertad de amar.

Si los amantes de Teruel son famosos, pocos saben que las amantes de Cunchillos vivieron hasta su muerte la dicha de ser pioneras en romper las fortalezas tiránicas de la discriminación de la mujer y hasta el mismo San Miguel fue, de tal alianza sentimental testigo. Casaron un 29 de Septiembre en La Ermita y en el lugar del castillo del tirano hubo una reunión de nobles gentes que en esa asamblea decidieron que nunca levantarían allí fortaleza, pues el mejor baluarte está en el respeto de las libertades. Allí se establecieron por eso, en recuerdo de aquel concilium, toma nombre de Cunchillos.”

Aquel emocionado viajero iba a guardar en su mochila aquella misiva pero… el viento se lo arrancó de las manos diciendo:

-“Perdón, esto no es de propiedad particular, es como una carta puebla que debe estar en mi custodia. Cada vez que tú u otros me sientan iracundo es que estoy rompiendo las barreras que aún quedan en algunos lugares discriminando los sentimientos del amor “

El viajero era ni más ni menos que, Labordeta, aquel aragonés que siguió haciendo la serie “Un País en la Mochila”. Luchador desde la tribuna de oradores por la defensa de los valores mientras su mejor aliado eran los aires que hacen ondear la bandera de la libertad.

FIN

Como el mejor

Relatos Cortos presentados a “Cunchillos en Breve II” (15)

SOLITARIO

Comprobó su revólver. Con paso firme entró en el salón. Una rápida mirada le bastó para observar que a la izquierda estaba la barra, a la derecha había una mesa con cuatro jugadores, otra con dos personas estaban apurando un botella de güisqui, al fondo, refirmado en las escaleras que subían al piso superior, un hombre bien vestido, por lo cual dedujo que sería el dueño del local.

Se situó al fondo de la barra y pidió un güisqui, era el mejor lugar para afrontar la tensa espera.

Entonces una ráfaga de viento apagó la vela; la estancia quedó iluminada por el fuego del hogar. Se levantó y cerró la ventana, el cierzo soplaba con fuerza. Ya continuaré leyendo, pensó. Había anochecido.

Llevaba unos días que no se encontraba bien. Acercó una sartén al fuego, vertió aceite y se dispuso a hacerse unos huevos fritos con tocino. Era su cena preferida, no le importaban los consejos del doctor, a fin de cuentas tenia setenta y ocho años. Estaba en una edad en la cual conocía a más gente muerta que viva.

Mientras cenaba comenzó a recordar cuando los domingos bajaba a Cunchillos a misa, los partidos de pelota en el juego, las partidas de guiñote en la taberna y las fiestas, de esto ya hacía muchos años .Ahora bajaba a por el pan y a comprar algunos artículos a la tienda. Se sentía uno más de Cunchillos aunque vivía en una “torre”, qué es como se denomina en esta zona a una casa en el campo.

Vivía solo, y más de una vez había pensado en comprarse una casa e irse a vivir a Cunchillos, pero, como decía su padre, ellos eran como el caracol: “que donde nace, pace”.

Terminó de cenar y se sentó al lado del hogar. Se tomó su café “de puchero”. Se sentía algo incómodo y decidió no irse tan pronto a la cama, cogió la novela y se dispuso a seguir leyendo.

Observó como entraban dos vaqueros y se colocaban en la parte opuesta a él. Seguidamente entraron otros dos y se situaron en la barra. Aquello le pareció sospechoso, acarició con su mano el revólver y vio como entraba otro por la puerta del salón.

Notó un pinchazo en el corazón como si una bala le hubiera dado de lleno, un intenso ardor le oprimió el pecho. La vista se le nublo y la novela cayo de sus manos.

Pedro Antonio Sánchez Marco

 

UN RECORRIDO POR CUNCHILLOS

Hoy es un bello día para recorrer, con calma, las hermosas calles de la pequeña y alegre localidad de Cunchillos, y también logro apreciar, con mis propios ojos claros, sus casas de ladrillo y de tejados de barro cocido, que me hacen recordar al agradable y pacifico pueblito donde yo nací y pase la mayor parte de mi infancia con mi familia y con la mayoría de mis amigos, pero este también tiene su magnificencia, ya que me transporta a otra época por su arquitectura medieval, y no olvidar la Iglesia de San Miguel Arcángel, que es parecida a cualquier otra que yo había visto en mis excursiones anteriores, pero es una de las que sobrevive gracias a la fuerza de su gente que no se rinden ante nada. Quisiera no irme nunca de este maravilloso lugar.

Sebastián Villa Medina

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (14)

PALABRAS DE AMOR

– Ya padre. Llegamos. Tenemos que bajar.

El hombre pareció no haber escuchado. Giró por un instante su rostro como para que ella sintiera que sí lo había hecho y luego continuó contemplando el paisaje que la ventanilla del tren le permitía observar. Tras unos minutos, se puso de pie y caminó siguiendo a la joven a través del pasillo.

Un par de hombres de poco sentadores ternos salieron a su encuentro en cuanto descendieron en la vacía estación.

– Ayudándole a sentir, don Pedro – dijo al momento de saludar, casi con reverencia, el mayor y más robusto de ellos. Lo mismo hizo el otro sin dejar de luchar en ningún instante, por sostener lo formal de su tenida.

Caminaron en silencio por el costado del deshabitado recinto hasta llegar junto un antiguo automóvil estacionado en el lugar. Don Pedro, pareció examinarlo con la vista antes de subir. Tras la breve inspección una sonrisa silenciosa se le dibujó levemente en el rostro.

– Y este, ¿no falla?… – consultó instantes después, cuando el vehículo se internaba por aquellos caminos de tierra que los iban alejando del pueblo.

– Es que es americano antiguo, pues don Pedro, estos ´tan hechos pa´estos caminos – comentó el robusto conductor, como agradecido de que el visitante hubiese roto su silencio.

Don Pedro parecía querer absorber con la vista aquellos paisajes que había atesorado en tantos años de ausencia.

– ¿Mucha gente? – preguntó tras un rato.

– Muchísima – dijo el hombre – anoche casi no dábamos abasto para atender. Es que todo el mundo tenía que hacer con el patrón.

Luego de algunos minutos de viaje, el automóvil se detuvo en un costado del cementerio. En la entrada del recinto un basto grupo de personas acogieron a los recién llegados con manifiesta y verdadera emoción. Al cabo de algunos minutos el largo séquito que se formó tras la angarilla con el ataúd, enfiló hacia la pequeña colina en cuyo costado se ubicaba el sobrio mausoleo familiar.

Tras la ceremonia fúnebre, la joven le pidió a su padre que la acompañara para recorrer el pequeño camposanto. Caminaron lentamente a través de la calle central enmarcada en dos corridas de añosos cipreses. Para la joven el lugar poseía el singular encanto del orden, el espacio y la limpieza de un cementerio pueblerino. La lectura de los nombres, las imágenes religiosas y la simple e ingenua emotividad de los mensajes póstumos, la mantuvieron ocupada durante los minutos siguiente. Finalmente se detuvo en una modesta tumba que a ras de suelo llamaba la atención por la enorme cantidad de cartas y mensajes que cubrían casi por completo la pequeña reja que marcaba su contorno.

– ¿Quién es? – preguntó la joven, intrigada.

El hombre pareció sorprenderle el inusitado interés que en su hija había despertado aquella tumba tan particular.

– Ah, esa es la tumba de Lino, el antiguo cartero de Cunchillos. Esas son cartas que la gente le viene a dejar.

– ¿Cómo?, eso parece ser una burla. ¿Cómo a un cartero la gente le cubre su tumba con cartas?

– Son cartas de amor, Luisa. La gente confía o cree que trayéndolas hasta aquí logrará que Lino opere el milagro de conseguir el amor de quien ellos desean.

La joven se acercó y comenzó a leer.

– No entiendo nada.

El hombre la cogió del brazo y caminaron juntos alrededor del lugar.

– Hija, Lino, hace muchos años atrás dicen que era uno de los pocos de Cunchillos que sabía leer y escribir. Cuentan que siendo un hombre hosco y sombrío, se refugió en la lectura primero y luego en la escritura. Tras los años sus escasas habilidades para acercarse y mantener una relación normal con las personas, debido principalmente a su poco agraciado aspecto físico, lo fueron convirtiendo en un verdadero ermitaño.

La joven se quedó observando por un instante la pequeña tumba, quizás buscando alguna clave que le permitiera saber algo más sobre aquel personaje que pareció intuir como particular, intrigante, distinto.

– Entonces, poco a poco todo el pueblo comenzó a encargarle que escribiera sus cartas. Lino tenía la singular capacidad de expresar por escrito lo que la gente quería decir. Especialmente aquello que las personas decían sentir. Es así como, y casi sin proponérselo, el hombre se convirtió en el intermediario de los amantes del pueblo. Sus cartas plenas de imágenes románticas se hicieron famosas en toda la región. Si bien las personas sabían muy bien que era él y no el ser amado quien las escribía tenían muy claro que Lino era certero y preciso en representar los exactos sentimientos de quienes las remitían.

– Entonces fue el Cyrano de la localidad. Un cupido ilustrado que unió a todos los enamorados…

– Creo que sí, una gran cantidad de personas supieron del amor gracias a sus servicios de escribiente. Creo que muchos amores se fraguaron a la luz de sus cartas, que de una u otra forma demostraron el fondo del alma de quienes estaban enamorados.

– Un ser maravilloso, ¿no encuentras tú? – dijo la joven con emoción sin poder levantar la mirada del conjunto de objetos, flores y cartas que cubrían casi todo el breve espacio de la tumba.

– Esa debería ser la verdadera función de los poetas. Sin embargo, creo que él nunca se dio cuenta que su talento significó la felicidad de muchos de sus coterráneos.

La joven exhaló un largo suspiro y volvió junto a su padre para cogerlo nuevamente del brazo.

– ¿No quieres saber lo que pasó finalmente con Lino?

La joven le fijó la mirada con manifiesta interrogante.

– Lino, se suicidó…

– ¡No!, no lo puedo creer. Padre, júrame que no es verdad lo que dices…

– Por despecho, por desamor…

La joven pareció que alguien la hubiera tomado y estremecido con violencia. Sintió como que la suave brisa de la tarde traspasaba todo su cuerpo.

– Es cierto. Se mató cuando recibió la respuesta de una de sus cartas. Resulta que él estaba profundamente enamorado de Blanca María, una jovencita del pueblo que un día cualquiera, entró a servir en el convento de las Monjas en Zaragoza. Él viajaba semanalmente hasta el lugar para entregarle una carta plena de sentimientos y emociones que hablaban de un amor, sublime, intenso, profundo… Lo que él nunca supo fue que ella no era quien abría sus cartas. Era otra monja quien leía aquellas frases llenas de ternura y sinceridad. Era ella también quien contestaba. Aquel intercambio duró mucho tiempo. A veces, creo que aquella monja pudo haber disfrutado del encanto y la belleza que Lino era capaz de trasmitir. Dicen que eran cartas finas, delicadas, sensibles. Plenas de imágenes románticas y de auténticos sentimientos de amor.

– Entonces, ¿qué pudo haber pasado?

– Ocurrió que Lino, en su última carta le pidió a la joven que dejara definitivamente los hábitos y que se viniera a vivir con él.

Luisa se volvió hacia el vacío. Parecía no querer escuchar lo que su padre iba a decir.

– Entonces, la historia dice que las monjas se reunieron aquella noche y entre todas prepararon la respuesta.

La joven cruzó los brazos sobre su estómago y se dobló en dos. El padre la acogió entre sus brazos y lentamente se comenzaron a alejar del lugar. En la entrada del cementerio el grupo de familiares y demás concurrentes ya los estaban aguardando.

Armando Aravena Arellano

Relatos Cortos presentados a “Cunchillos en Breve” II (13)

-ME QUEDÉ CON UN TROCITO DE CUNCHILLOS-

Por mi fecha de nacimiento, soy de los jóvenes españoles, a los que no nos tocó hacer la mili, pero como si la hubiera hecho ¡¡¡Os lo prometo!!! Pues mi padre Andrés, hizo la mili en Huesca, exactamente en el cuartel Sancho Ramírez de Huesca, en la 3º del 97 y no hay un día que pase, que no nos cuente alguna de sus batallitas y lo bien que lo pasó durante ese mágico periodo de tiempo. Cuenta, que en el patio del cuartel, aguantaban como auténticos hombres, una gran nevada y temperaturas bajo cero mientras hacían la instrucción y eso, más el aire puro que respiraban, les hacía ser súper hombres. Para colmo, él estuvo en esquiadores escaladores y siempre está con la cosa, que nos tiene llevar a Huesca y enseñarnos a esquiar. Nosotros somos de Badajoz, imaginaros la nieve que vemos al cabo del año, ja, ja, ja, ja. Cuenta mi padre, que como allí comió, en ningún sitio… el tomate rosa, las borrajas, el cardo, el bróquil pellado y como colofón, nos habla, que el pollo al chilindrón como en Huesca, en ningún sitio. Gracias a Dios, que mi madre sabe preparar todos estos platos a la perfección, pues como dice mi padre, bendito el día que se trajo un cachito de esas venditas tierras. Se refiere a mi madre, pues se conocieron mientras hacía el servicio militar y es Cunchillera por los cuatro costados y estamos muy orgullosos de ello. La ilusión que tenemos la familia, es poder algún día comprarnos una casita en el precioso pueblo de Cunchillos, para pasar allí veranos frescos y olvidarnos de los calores de Badajoz.

Luis Mª Criado Barra

 

PACO

Una mañana de invierno, precisamente el 26 de febrero de 1982 llegó mi muerte, lo que aconteció después se correspondió con el sentido de mi vida y de mi obra: un dulce y simpático esperpento. Tras el óbito, inicié la subida a los Cielos, emocionado y sorprendido con todo lo que experimentaba. Quería fijarme en todo y finalmente me perdí. Un Querubín me ayudó y me llevó ante el Altísimo–“¡LLegas muy tarde! Voy a cerrar, te devuelvo por un tiempo como espíritu a la tierra, aquí tienes plaza reservada, no te preocupes” dijo Dios.

Desde entonces voy de casa en casa, despistado, por las casas de Cunchillos, paseo por los alrededores del río Queiles y de Malón o visito emocionado el museo dedicado a mí en la vecina Tarazona. No soy un espíritu burlón, sólo les observo y cuido. Soy Paco Martínez Soria, servidor de ustedes.

Guillermo Ruiz Marcos

 

¿QUÉ HORA ES?

Esta es la historia de un relojero que vivía en Cunchillos al ritmo de un reloj. El sonido de las agujas marcó su camino desde que su madre lo acunaba de adelante hacia atrás. Tic, tac, tic, tac. Trabajaba mucho para ahorrar y poder comprar relojes. A los pies del Moncayo, extendía una manta en el suelo y uno por uno, los miraba, los estudiaba, los apoyaba contra su oreja y los escuchaba. Se balanceaba somnoliento y soñaba que volaba acunado por el ritmo de su tic tac. Logró su sueño al abrir una relojería. Allí se rodeó del sonido que toda su vida lo había acompañado en su interior. Esta es la historia de un relojero al que encontraron muerto en medio de una gran algarabía de cucos que daban la hora al mismo tiempo, mientras el resto de los relojes enmudecía y se paraba. Las agujas quietas, el tiempo, detenido.

Aurora Rapún Mombiela

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (12)

LECCIÓN DE VIDA

Encontré a mi tío Miguel por casualidad, cerca del bar de Manolo, mientras iba de camino a tomar algo después de terminar la labor. Por aquellos días yo andaba algo desconcertado, salía de amigotes, dormía poco y me había dado por pensar que mi novia no me gustaba; la clásica tontería de la mocedad, cuando no ves valor en nada.

Soy de Cunchillos, un pueblecito de Zaragoza; un lugar de campo como tantos de España, pero especial porque tenemos Torre, Castillo y nuestro patrono es un Arcángel. El bar de Manolo es uno de los sitios donde, al tiempo que se toma la consumición, se juega a las cartas, mientras otros se limitan a mirar y comentar las novedades del pueblo.

Pues vamos al caso de mi tío y yo.

Ya era de noche y escuché unos gemidos venir de entre lo negro. Adiviné que era Miguel y que, por más raro que me pareciera, estaba llorando. Hasta entonces aparentaba ser un tipo imperturbable, al que solo se le notaban los nervios cuando encajaba la mandíbula y se echaba el pelo hacia atrás, como queriendo quitarse ideas de la cabeza. Me dijo en voz baja que, de aquello, ni una palabra y me ofreció una convidada.

El local estaba abarrotado de gente, casi toda echando su partida diaria, las cartas luchando sobre el tapete según el lance de cada momento. Nos sentamos en una mesa, algo retirada, y pedimos unos vinos que nos sirvió Manolo en unas copas impolutas; al lado, un platillo de aceitunas.

Mi tío alargó la mano derecha para probar el aperitivo y vi que tenía los nudillos machacados.

— ¿Qué fue lo que pasó, Miguel?

Él negó con la cabeza, cogió la copa con la otra mano y se tomó un sorbo.

—Oye, chaval, no seas metomentodo.

Estuvimos callados un buen rato, mirando a la gente jugar. Observé con el rabillo del ojo a Miguel: se atusaba el pelo y le asomaban las fibras de músculo en la quijada como si fueran las cuerdas de una guitarra.

—De acuerdo, te lo voy a decir; pero de esto, ni una palabra.

Me contó que, siendo joven, antes de emigrar a Alemania, tuvo una novia en Tarazona, y que la abandonó por una ventolera juvenil. A su regreso, supo que ella había fallecido porque, a causa del disgusto, había dejado de comer.

—Me di cuenta de lo que la quería, chaval. Lo malo es que no soy capaz de olvidarla. Todo fue por mi culpa —sus ojos vidriosos reflejaban tristeza y rabia a la vez.

Miguel, desde que volvió de la emigración, vivía con nosotros en la casa familiar de labranza y era un hombre con un pasado exótico. Además de haber trabajado en un país de habla tan rara, el tío había sido combatiente en una guerra en las antípodas, y por eso yo le tenía un respeto rayano en la reverencia.

Seguimos tomando la bebida, algo ensimismados, escuchando el murmullo de la gente; yo no me atreví a preguntar más. Después de un rato, dijo que el hermano de ella, antiguo compañero de colegio, le seguía echando la culpa de aquella muerte.

—Hasta que hoy nos encontramos por casualidad y nos cruzamos unos golpes. Fui un imbécil, sobrino, un ignorante.

Yo le di una palmada en la espalda y él hundió la cabeza entre los hombros, como vencido por un enemigo aún más fuerte que el hermano ofendido. Manolo se acercó a la mesa a preguntar si queríamos algo más, mi tío alzó la cara.

—Nada más, Manolo —respondió, sin dejar adivinar emoción alguna, y lanzó unas monedas sobre la mesa—. El vino, riquísimo.

El dueño volvió a su sitio detrás de la barra y se quedó mirando hacia nosotros, como quien intenta descifrar un enigma.

—Tengo que olvidar y ¡no soy capaz, sobrino! —dijo, la vista perdida entre sus pensamientos.

—Tú hiciste la guerra, Miguel, no hay nada que tú no puedas lograr.

Él me miró, sorprendido, directo a los ojos.

—La guerra más difícil es la que se libra dentro de uno mismo, oye.

Sonaba en la televisión del bar una canción triste de amor que clamaba: ¡te quiero tanto!; parecía a propósito para nosotros.

—Te lo digo para que no cometas tú la misma equivocación —sentenció, y se puso a observar una partida en silencio.

Levanté la vista hacia la calle y vi a mi novia pasear con sus amigas, sus ojos apagados y la cara triste, sin vida. ¡Dios mío, la estaba perdiendo! Me vino un respingo por todo el cuerpo como una corriente eléctrica, y me puse de pie de un salto.

—Gracias, tío, te debo una.

Y salí del bar con las ideas más claras que nunca.

FIN

Emilia García Castro

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (11)

LA LIBRERÍA MÁGICA

Cunchillos era una localidad verdaderamente pequeña, mucho, quizás demasiado. Ese grado de relajación que había entre sus gentes nunca fue del completo agrado de nuestro protagonista. Siempre que volvía a aquella aldea, a visitar a los abuelos, ritual que venía haciéndose en la familia como cada verano desde que su padre lo llevase por primera vez a conocer a su abuelo, el cuál daba por fallecido, pero que en realidad era aún propietario de la librería Meléndez, en Tarazona, un pueblo próximo a Cunchillos.

Era el tercer año consecutivo en el que Samuel viajaba allí. La primera vez que subió con su padre, Sebastián, iba acompañado de multitud de dudas en forma de preguntas con semilla de respuesta. Aunque, en aquella primera vez, viajaron en autobús y la fecha cuando hicieron el viaje era para vísperas de Semana Santa. Eso es lo que había cambiado, diferencialmente, de las veces anteriores a esta. Samuel comprendía que ya que él y su padre hacían ese viaje, era cuestión de amortizarlo en base al tiempo, es por tal motivo por el que cambiaron la programación de los viajes y pasaron a hacerse en verano. Con respecto a la diferencia del transporte, en ese último año Samuel había conseguido obtener el permiso de conducción, y su padre, ante la necesidad de ambos de un vehículo propio, se dispuso a comprar meses antes un pequeño utilitario.

Samuel prefería trasladarse a Tarazona, y de ahí, y según qué plan tratase, escoger entre su coche particular o el autobús de línea para desplazarse a Tudela, ciudad en la que la juventud solía encontrar actividades más acordes con su edad, y, como no, gente de edad más similar. La tarde resultaba tediosa, las manillas del reloj colgado de la pared no avanzaban, al menos no al ritmo que a Samuel le gustaría, incluso, en ocasiones, debido a una calor impropia del mes en el que se encontraba, daba la sensación de que las manillas retrocedían, y no era otra cosa que una percepción visual errónea. Samuel deseaba que llegasen las siete de la tarde, aún a esa hora sería temprano para desplazarse al pueblo de la comarca, pero no podía esperar más allí. Los días transcurrían especialmente aburridos, su madre, que trabajaba en otra ciudad y con un puesto de trabajo muy diferente al de su padre, aún no había podido disfrutar de su período de vacaciones, y por ende, sus hermanastras no se encontraban en el pueblo. Mientras hacía hora, intentó echarse una siesta, pero las aletargadoras horas de aquel verano más que anticipado, le impedían conciliar el sueño, por poco que se le antojase dormir. Sn embargo, logró recordar aquella primera aventura y experiencia de dos años atrás, de cómo en el autobús de línea, venidos desde la provincia de Jaén tuvieron que sobrepasar Soria, haciendo previamente escala y trasbordo en Madrid. Para llegar a Logroño, descansar durante un día o dos y finalmente, en dos autobuses más, llegar a Tarazona.

Recordaba gratamente el ver por primera vez a su abuelo, Pere, el cuál por circunstancias de la vida, nunca anteriormente en diecinueve años había conocido. Allí lo tenía, con su barba perfectamente alineada, tenía un libro en la mano, mientras se balanceaba en aquella vieja mecedora, hacia delante y hacia detrás, acompañado fielmente por su perro, Miki, el cuál no se separaba de su amo ni un instante.

Volvió la vista una vez más para tratar de visualizar el reloj, y cada vez faltaba menos para que dieran las siete de la tarde. Cuarenta minutos. Ni uno menos y si se descuidaba alguno más. No resistió por un segundo añadido el estar encerrado allí solo con su abuelo, el cual disimulaba con un libro en la mano, pero dormía con un sueño relativamente profundo. Tras mucha dilación, salió a la calle y lo primero que recibió fue una bocanada áspera de aire caliente, un bochorno anómalo venía azotando la península de manera contundente, y la comarca de Tarazona no estaba exenta de tal característica. Bajó por la Carrera del Malón hasta que alcanzó el coche en el lugar en el que lo tenía estacionado, y antes de montarse en este, su abuelo, que lo había seguido, le recomendó que fuese a la librería Meléndez y que hablase con la nueva propietaria del local.

Samuel, mezcla de sorpresa, por no percatarse de que su abuelo había salido de casa a la par de él, y que iba todo el camino por detrás; mezcla de estupefacción, decidió tomar el consejo de su abuelo. Cada año, y según que había acontecido a lo largo de ese año, más la suma de que al ser cada vez mayor y más responsable, iba conformando su personalidad, tenía expectación por saber con qué nuevo autor novelístico, poeta o personaje de una saga literaria podría ser relacionado, partiendo de la base que los nuevos dueños tuviesen la misma capacidad que el dueño anterior. Había sido relacionado hasta la fecha con El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, y con Manolito Gafotas de Elvira Lindo. Personaje que, la verdad, cada día que pasaba, encontraba menos semejanza pero que por alguna extraña razón, era acorde con él.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, llegó a la librería, había conseguido llegar a aparcar en una explanada cercana al río Queiles. Una vez allí caminó unos metros y vio a Marta y Paula en la puerta de la librería, con aspecto serio, como preocupadas u ofendidas, tal fue así que ni se cercioraron de la presencia de Samuel, que entró en la librería sin dudarlo, tratando de ser lo más breve posible, para posteriormente no perder la pista a sus amigas, aún en la puerta, respaldadas del fuerte sol que parecía que nunca se iba a retirar a sus aposentos, a su alcoba, y dejar lugar a su hermana mayor, la luna, que se encargaría de iluminar con una blanca y resplandeciente luz reflejada en el río, dejando una de las imágenes más bellas del pueblo.

Disimuló. Ya que no sabía de quién se trataba la persona ahora encargada de aquella clásica librería, el negocio, según le había comentado su abuelo, quedo traspasado a una familia, y que del comercio se encargaba la hija. Si cierto es que el andaluz, de manera vacacional y temporal, habitando en Aragón, logró poder visualizar hasta un total de cuatro mujeres jóvenes, no supo distinguir quién podría ser la dependienta y quienes clientes. No le dudaría mucho la duda, puesto que a su espalda sintió un ligero toque que le tiraba de la manga izquierda de la camisa. Al girarse vio a una chica, quizás de su edad, posiblemente algo mayor que él, bajita, con tez muy blanca y dos trenzas a los lados de largo cabello negro, vestía una camiseta de alegres colores mezclados y una falda vaquera de aspecto viejo, con un tono púrpura similar al de una prenda descolorida por el número elevado de lavados en máquina. Tenía un libro en la mano, no muy grande, más bien pequeño, y de extensión media. Sin enunciar palabra alguna, estiró los brazos y ofreció lo que en principio se podía interpretar como un presente.

Samuel, sin dejar de mantenerle la mirada, sin decir ni una palabra ni haber escuchado ninguna tampoco, aceptó el libro, lo giró y le dio la vuelta, con recelo y sin querer desviarse del campo de visión de su interceptora, leyó el título del ejemplar: “Arséne Lupin contra Herlock Sholmes”, de Maurice Leblanc.

Agradeció la obra, y tras dejar de crear de manera inconsciente aquella tensa situación sonrió y dijo: “Este pueblo, y concretamente esta librería nunca dejará de sorprenderme. Primeramente mi abuelo me relaciona con un curioso príncipe que cuestiona los aspectos más banales de la vida. Al año siguiente, mi padre, que me ha criado durante toda mi infancia me asemeja a un niño algo travieso y que no para de hacer trastadas. Hoy, mi futura novia me cede un libro sobre un ladrón que desafía al mejor de los detectives para comprobar cuál de los dos tiene el ingenio más agudizado y quién consigue atrapar a quién y zafarse recíprocamente al mismo tiempo. ¿Es una indirecta?”

– Mi nombre es Susana – se limitó a argumentar.

Y así es como comenzó la relación entre Susana y Samuel.

José Gabriel Ortega Rodríguez. 24/03/2018

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (10)

GUILLERMO CAZADOR DE LEONES

«Venid a nuestro invernadero y os enseñaré. Pelirrojo puede hacer que soy yo, y gruñir y yo haré lo que hacía el señor Falkner. Vamos.

Recogieron las bolsas y se fueron, contentos, con su caudillo».

Guillermo cierra el desencuadernado libro de tapas desgastadas, en las que aún se puede leer “Guillermo el Conquistador, Richmal Crompton”; en éxtasis, con la mirada centelleante perdida a través de la ventana y una sonrisa de Duchenne que no hacía presagiar nada bueno a Miguel, Juan y Manuel; habían estado escuchando embelesados la lectura del episodio “El cazador de leopardos” y conocían bien esa expresión en la cara de su amigo.

Corren los años 60, agosto, y están de vacaciones. Los Proscritos —así se han apodado en honor a sus ídolos, aunque no saben lo que significa esa palabra y han llegado a deducir que debe ser algo así como “incomprendidos”—, están sentados alrededor de la cama de Guillermo, en su casa de Cunchillos, bien abajo de la calle Posadas. A sus 10 años han pasado de devorar tebeos a leer y despedazar todos los libros de Guillermo que caen en sus manos.

— ¿Os acordáis ahora? ¿Veis cómo puede haber un animal feroz en cualquier parte? Uno de esos leones puede estar ahora por ahí, paseándose tranquilamente —plantea Guillermo categórico.

El día anterior había sido el más excitante en la vida del pueblo y de toda la comarca. Tres leones se habían escapado del circo instalado en un descampado de Tarazona. Aunque habían sido reducidos por sus domadores al cabo de unas horas, esa parte de la noticia no parecía haber influido en el ánimo de aventuras de los Proscritos.

— ¿O es que creéis que los tienen contados? Tienen montones. Seguro que ha quedado alguno por ahí. Tenemos que atraparlo y devolvérselo al circo —afirma Guillermo con plena seguridad.

Miguel, que es el que más se resiste a ser mangoneado por su amigo Guillermo, protesta: —Espera, espera. ¿Por qué tienes que hacer tú otra vez de jefe? Ya me toca a mí.

—Haberte llamado Guillermo —corta éste tajante saltando de la cama y rebuscando en su armario. Cuando ya había desparramado por la habitación medio contenido, sacó triunfal el cazamariposas. —Id a vuestras casas y coged un arma. Quedamos en el solar de abajo.

—Yo no tengo armas —protesta Juan.

—Ah, ¿no? Y el revólver de fulminantes que te regaló tu tío en tu cumpleaños qué es? ¿un peine? —cuestiona irónico Manuel.

— ¡Pero si no funciona! ¡Os la cargasteis ese mismo día y aún no me habéis…! —protesta Juan.

—Ya, pero el león no tiene porqué saberlo —interrumpe Guillermo con su aplastante lógica y sin mucho interés en entrar en el asunto del colt, que, casualmente, había dejado de funcionar en sus manos.

— ¡Vamos!

* * *

Manuel es el último en llegar apesadumbrado al descampado, con las manos vacías.

—Hola. Había cogido el arco y las flechas, pero cuando iba a salir, me los ha quitado mi madre, que todavía se acuerda de cuando se nos “escapó” una flecha y “por accidente” le dimos al tarro de las bolas de anís de la pipera.

—No importa. Nos hace falta llevar una mascota, como Jumble. Como ninguno tenemos perro, lleva tu ese gato —ordena Guillermo, señalando a uno vagabundo que deambula en ese momento por el solar.

— ¡Si, hombre! La última vez que cogimos uno, me arañó la nariz. Casi me saca un ojo. Cógelo tú si quieres —se rebela Manuel.

Finalmente, tras un rifirrafe con el gato, en el que no se libra de sus zarpas ninguno, la expedición sale de caza. Guillermo con el cazamariposas al hombro, Miguel con una cuerda enrollada alrededor del cuello —para reducir al león y conducirlo al circo—, Juan con el colt roto enfundado en su cartuchera al cinto — complementado además con un sombrero vaquero— y Manuel renegando con el gato en brazos, que no cesa de revolverse.

Tras merodear por los alrededores, enfilaron por la carrera de Cunchillos arriba, mientras comenzaba a pesar el desánimo y el hambre. El gato había saltado de los brazos de Manuel nada más comenzar la cacería, perdiéndose tras una carrera que les dejó exhaustos. No se veía rastro del león por ninguna parte. Cualquier excremento canino era rápidamente interpretado como felino, reavivando el interés de la expedición. En varias ocasiones incluso creyeron ver huellas de león por las cunetas de la carretera.

Cuando llegaron a Tarazona y estaban a punto de volverse para casa, se oyó: — ¡Prrrr! ¡Viva la FAI! ¡Prrrr! ¡Dictadura!

Un loro de color gris estaba posado sobre la valla de una vivienda. Los Proscritos se miraron entre sí, incrédulos. Sin mediar más palabra que un « ¡Troncho! » de Miguel, vieron la ocasión de reponer la mascota del safari por una más digna. ¡Y además hablaba!

Guillermo se abalanzó sobre el loro con el cazamariposas, cogiéndole desprevenido.

— ¡Prrrr! ¡Fascistas! ¡Prrrr! ¡Fascistas! —parlaba el loro.

Estaban llenos de júbilo saltando y brincando alrededor del loro, cuando vieron venir corriendo a un hombre grueso y sudoroso, con una gran jaula: — ¡Chicos! ¡Chicos!

Al llegar extenuado a su lado, se detuvo jadeante. — ¡Santiago! ¡Camarada! ¡Trua! ¡Trua! ¡Camarada! ¡Prrr! ¡Camarada! —parloteó aliviado el yaco.

Con habilidad lo metió en la jaula y les dijo: —Muchas gracias muchachos. Es Santiago, mi yaco. Se me ha escapado. No sabría qué hacer sin él.

Rebuscando en su cartera, sacó un billete de 100 PTA y se lo mostró en alto a los chicos —si prometéis olvidar lo que habéis oído, esto es vuestro.

Guillermo se adelantó rápido, con extrañeza: — ¿Qué cosas? ¿Eso que ha dicho el loro de Viva Hawai, dentadura, futbolistas y cosas así?

—Justo eso. El señor le tendió el billete a Guillermo, con un guiño de ojo, y se volvió feliz, con Santiago, por donde había venido.

Entraron en el pueblo arremolinados en torno a Guillermo y al billete. La primera parada fue en la panadería pastelería, en la que cayeron una docena de merengues, discutiendo, como siempre, de si estaban mejores los de café o los de fresa. Ya repuestos, fueron al kiosco de prensa de Ati, donde se hicieron con tebeos hasta exprimir el saldo. Al fin y al cabo, no había resultado tan mal la cacería del león.

Recogieron los tebeos y se fueron, contentos, con su caudillo.

Manuel Peris Junco

Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (9)

ELLA ES ASÍ

Conmueve la tristeza en su mirada, desmiente sus palabras cuando dice a todo el mundo de Cunchillos que es feliz porque hace lo que quiere sin tener que dar explicaciones a nadie, pero sus gestos, su forma de actuar pueden demostrar algo muy distinto, tal vez porque sus palabras sean el reflejo de su subconsciente, las trampas que este hace para eludir la verdad.

Porque Elisa no es feliz, y si pudiera pensar fríamente, si fuese capaz de acercar su mente a las palabras, lo confirmaría…-Pero es que no puedo centrarme…-repite incansable- a quien quiere escucharle, pero lo hace en silencio, sin que la palabra rompa el murmullo del bar en el que se pasa la mayor parte del tiempo, acodada en la barra ante una taza de café que tiembla cuando comienza a reírse abiertamente sin motivo aparente…¿De qué te ríes?… Le podría preguntar alguien si es de la televisión estás loca, y si es de los que estamos en el bar te puedes llevar una buena bofetada.

-No es eso…-dice casi siempre- mirando a la gente con desprecio, como hace desde siempre que recuerda. No tenía que haberme enamorado…Y sin embargo lo hizo, de su primo, del chaval unos años mayor que ella, que le besó un atardecer a la luz de las estrellas, de su primer amor que no le hizo caso, al que vio como saltaba de una a otra, fanático de la presa fácil a las que arrinconaba para saborear sus labios, para poder recorrer sus cuerpos con manos ávidas, como su sexo, de sensaciones nuevas, como las que ella sintió la primera vez, la última vea que recuerda haber soportado a alguien con placer, saboreando lo que hacía.

-Yo le amé y él me dejó…-le diría a cualquiera que le preguntase, solo que nadie lo va a hacer, ninguna persona va a interesarse por la mujer que escribe tonterías en la servilleta aunque la palabras que ella desgrana en las mismas sean un poema, unos versos de amor, del hombre que no puede olvidar a pesar de los años, aunque haya pasado por varias camas, por demasiados asientos traseros de todo tipo de coches, aunque se haya entregado a cualquiera en cualquier lugar.

-Y por ese amor, hago lo que hago…vendiendo sus valores al mejor postor, al oficinista deseoso de conocer nuevas experiencias, al pastor con olor a ganado, al anciano que quiere ver lo que se siente al estar con una mujer pegada a una pastilla de chocolate, porque eso es prácticamente lo único que come.

Quedó embarazada el día en que utilizó una gran cama en un hotel al que la llevó el hombre con el que hizo y se dejó hacer todo lo que pueden realizar hombre y mujer. Y ahora…Y tuvo un hijo que le adoraba, que adoró y que ahora se ha marchado con el desprecio alrededor de su mirada, con el odio que le empuja hacia el hueco de una ventana del sexto piso.

Francisco Bautista Gutierrez