Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” II (14)

PALABRAS DE AMOR

– Ya padre. Llegamos. Tenemos que bajar.

El hombre pareció no haber escuchado. Giró por un instante su rostro como para que ella sintiera que sí lo había hecho y luego continuó contemplando el paisaje que la ventanilla del tren le permitía observar. Tras unos minutos, se puso de pie y caminó siguiendo a la joven a través del pasillo.

Un par de hombres de poco sentadores ternos salieron a su encuentro en cuanto descendieron en la vacía estación.

– Ayudándole a sentir, don Pedro – dijo al momento de saludar, casi con reverencia, el mayor y más robusto de ellos. Lo mismo hizo el otro sin dejar de luchar en ningún instante, por sostener lo formal de su tenida.

Caminaron en silencio por el costado del deshabitado recinto hasta llegar junto un antiguo automóvil estacionado en el lugar. Don Pedro, pareció examinarlo con la vista antes de subir. Tras la breve inspección una sonrisa silenciosa se le dibujó levemente en el rostro.

– Y este, ¿no falla?… – consultó instantes después, cuando el vehículo se internaba por aquellos caminos de tierra que los iban alejando del pueblo.

– Es que es americano antiguo, pues don Pedro, estos ´tan hechos pa´estos caminos – comentó el robusto conductor, como agradecido de que el visitante hubiese roto su silencio.

Don Pedro parecía querer absorber con la vista aquellos paisajes que había atesorado en tantos años de ausencia.

– ¿Mucha gente? – preguntó tras un rato.

– Muchísima – dijo el hombre – anoche casi no dábamos abasto para atender. Es que todo el mundo tenía que hacer con el patrón.

Luego de algunos minutos de viaje, el automóvil se detuvo en un costado del cementerio. En la entrada del recinto un basto grupo de personas acogieron a los recién llegados con manifiesta y verdadera emoción. Al cabo de algunos minutos el largo séquito que se formó tras la angarilla con el ataúd, enfiló hacia la pequeña colina en cuyo costado se ubicaba el sobrio mausoleo familiar.

Tras la ceremonia fúnebre, la joven le pidió a su padre que la acompañara para recorrer el pequeño camposanto. Caminaron lentamente a través de la calle central enmarcada en dos corridas de añosos cipreses. Para la joven el lugar poseía el singular encanto del orden, el espacio y la limpieza de un cementerio pueblerino. La lectura de los nombres, las imágenes religiosas y la simple e ingenua emotividad de los mensajes póstumos, la mantuvieron ocupada durante los minutos siguiente. Finalmente se detuvo en una modesta tumba que a ras de suelo llamaba la atención por la enorme cantidad de cartas y mensajes que cubrían casi por completo la pequeña reja que marcaba su contorno.

– ¿Quién es? – preguntó la joven, intrigada.

El hombre pareció sorprenderle el inusitado interés que en su hija había despertado aquella tumba tan particular.

– Ah, esa es la tumba de Lino, el antiguo cartero de Cunchillos. Esas son cartas que la gente le viene a dejar.

– ¿Cómo?, eso parece ser una burla. ¿Cómo a un cartero la gente le cubre su tumba con cartas?

– Son cartas de amor, Luisa. La gente confía o cree que trayéndolas hasta aquí logrará que Lino opere el milagro de conseguir el amor de quien ellos desean.

La joven se acercó y comenzó a leer.

– No entiendo nada.

El hombre la cogió del brazo y caminaron juntos alrededor del lugar.

– Hija, Lino, hace muchos años atrás dicen que era uno de los pocos de Cunchillos que sabía leer y escribir. Cuentan que siendo un hombre hosco y sombrío, se refugió en la lectura primero y luego en la escritura. Tras los años sus escasas habilidades para acercarse y mantener una relación normal con las personas, debido principalmente a su poco agraciado aspecto físico, lo fueron convirtiendo en un verdadero ermitaño.

La joven se quedó observando por un instante la pequeña tumba, quizás buscando alguna clave que le permitiera saber algo más sobre aquel personaje que pareció intuir como particular, intrigante, distinto.

– Entonces, poco a poco todo el pueblo comenzó a encargarle que escribiera sus cartas. Lino tenía la singular capacidad de expresar por escrito lo que la gente quería decir. Especialmente aquello que las personas decían sentir. Es así como, y casi sin proponérselo, el hombre se convirtió en el intermediario de los amantes del pueblo. Sus cartas plenas de imágenes románticas se hicieron famosas en toda la región. Si bien las personas sabían muy bien que era él y no el ser amado quien las escribía tenían muy claro que Lino era certero y preciso en representar los exactos sentimientos de quienes las remitían.

– Entonces fue el Cyrano de la localidad. Un cupido ilustrado que unió a todos los enamorados…

– Creo que sí, una gran cantidad de personas supieron del amor gracias a sus servicios de escribiente. Creo que muchos amores se fraguaron a la luz de sus cartas, que de una u otra forma demostraron el fondo del alma de quienes estaban enamorados.

– Un ser maravilloso, ¿no encuentras tú? – dijo la joven con emoción sin poder levantar la mirada del conjunto de objetos, flores y cartas que cubrían casi todo el breve espacio de la tumba.

– Esa debería ser la verdadera función de los poetas. Sin embargo, creo que él nunca se dio cuenta que su talento significó la felicidad de muchos de sus coterráneos.

La joven exhaló un largo suspiro y volvió junto a su padre para cogerlo nuevamente del brazo.

– ¿No quieres saber lo que pasó finalmente con Lino?

La joven le fijó la mirada con manifiesta interrogante.

– Lino, se suicidó…

– ¡No!, no lo puedo creer. Padre, júrame que no es verdad lo que dices…

– Por despecho, por desamor…

La joven pareció que alguien la hubiera tomado y estremecido con violencia. Sintió como que la suave brisa de la tarde traspasaba todo su cuerpo.

– Es cierto. Se mató cuando recibió la respuesta de una de sus cartas. Resulta que él estaba profundamente enamorado de Blanca María, una jovencita del pueblo que un día cualquiera, entró a servir en el convento de las Monjas en Zaragoza. Él viajaba semanalmente hasta el lugar para entregarle una carta plena de sentimientos y emociones que hablaban de un amor, sublime, intenso, profundo… Lo que él nunca supo fue que ella no era quien abría sus cartas. Era otra monja quien leía aquellas frases llenas de ternura y sinceridad. Era ella también quien contestaba. Aquel intercambio duró mucho tiempo. A veces, creo que aquella monja pudo haber disfrutado del encanto y la belleza que Lino era capaz de trasmitir. Dicen que eran cartas finas, delicadas, sensibles. Plenas de imágenes románticas y de auténticos sentimientos de amor.

– Entonces, ¿qué pudo haber pasado?

– Ocurrió que Lino, en su última carta le pidió a la joven que dejara definitivamente los hábitos y que se viniera a vivir con él.

Luisa se volvió hacia el vacío. Parecía no querer escuchar lo que su padre iba a decir.

– Entonces, la historia dice que las monjas se reunieron aquella noche y entre todas prepararon la respuesta.

La joven cruzó los brazos sobre su estómago y se dobló en dos. El padre la acogió entre sus brazos y lentamente se comenzaron a alejar del lugar. En la entrada del cementerio el grupo de familiares y demás concurrentes ya los estaban aguardando.

Armando Aravena Arellano

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