Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (48)

UNA Y OTRA VEZ

“Si hoy el Servicio Meteorológico acierta, va a llover en Cunchillos”… pensó ella, y no sin ansiedad miró por una de las ventanas; la que mejor ángulo de observación le ofrecía… Claro, si caía agua, aunque no más que algunas gotas pasajeras, seguramente él no saldría de su casa…

Bajó la vista y retrotrajo sus cavilaciones a su contendido y, a la vez, inmarcesible romance: “Muchas décadas quedaron atrás desde aquel idílico y lejano encuentro inicial…”. Mas enseguida volvió a ponerse de cara a la ventana. Así, llegó la hora convenida… Él, Manuel, aún no llegaba. Ella, Mercedes, reinició su detenido recuento mental de la azarosa relación de sempiterno noviazgo que, ora los amañó, y ora los puso a distancia, una y otra vez…

Nunca llegaron a casarse ni conocieron otra pareja. La ansiedad de ella por verlo siempre se mantuvo. Igualmente la de él por ella: siempre seguía viéndola bonita y sensual… sus ojos renegridos y su sonrisa no cesaban de cautivarlo. Muchas veces ella se alejó de él…, solo para que la echara en falta: y más que pronto… salía en su busca.

A simple vista, no parecía otra cosa que una relación rayana en lo patológico… Algo casi cercano a las desventuras shakesperianas: una sórdida simbiosis del genuino amor de Romeo y Julieta con los obsesivos celos de Otelo, el general moro al servicio de Venecia.

Sí, Mercedes y Manuel mantenían una añeja relación de amor autodestructiva; y aunque no se presagiaba un desenlace infausto, nada aseguraba que su resultado sería menos patético. La oportunidad de ser felices se les presentó una y otra vez, mas ellos siempre la alejaron. Cuando no era él quien destruía la convivencia, era ella… La realidad revelaba que los dos eran conscientes de su propia desventura, y de que los mutuos regañes, a poco andar, se convertían en auténticos y concluyentes olvidos.

Sin embargo, la magia del amor, a pesar del paso del tiempo y de las reyertas, nunca decayó. En cambio, la convivencia en pareja, siempre conoció el chasco: una y otra vez… Los motivos del tiempo perdido, en razón de solitarias y tardías reflexiones: ¡sí lo conocieron!… Ella, un manantial de intrigas para mantenerlo siempre pendiente de sus movimientos. Él, un mar de celos rayanos en la obsesión.

Así las cosas, cuando ya gruesas gotas de agua y el crepúsculo vespertino de aquella mustia tarde cubrían el paisaje urbano, sonó el teléfono. Con el corazón desbocado concurrió presta: “¡Hola!”, exclamó Mercedes con tono ansioso.

–Soy yo –aseveró él–; mi corazón, como siempre, iría para allá. El cuidado de mi salud, hoy me obliga a suspender la cita para el día en que la lluvia pare en Cunchillos.

–Bueno, cuídate… y no olvides que voy a seguir mirando por la ventana…

Luego, algo desencantada, y a gatas, volvió a la sala. Mientras aguardaba a que la señora que la asistía le sirviera la cena, a manera de consuelo y sin lograr retener las lágrimas, maduró:

– ¿Para qué atormentarme?, si ya no es tiempo de enderezar entuertos…

Juan José Retamar

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