Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (43)

RIMA LXXVII

La rima iba firmada con tan solo una inicial, la B. Le acompañaba una fecha, Septiembre de 1868 y el nombre de una localidad, Cunchillos. Completaba aquella vieja cuartilla el retrato a mano de una hermosa joven. Había aparecido esta hoja traspapelada entre los documentos de un polvoriento cartapacio abandonado. Su descubridor no tardó en mostrar el hallazgo al maestro del lugar. Éste informó a un colega de la capital que a su vez se puso en contacto con un especialista en la materia. Y tras un estudio pormenorizado tanto del papel, la tinta y la grafía como de la forma, el estilo y la temática de la composición poética, convinieron en afirmar que aquella obra correspondía sin ningún género de dudas a Gustavo Adolfo Bécquer.

1868 fue un año desgraciado para el poeta sevillano. Se separó de su mujer, Casta, al conocer que el hijo que esperaban no era suyo. Y durante la Revolución conocida como La Gloriosa, fruto del saqueo del palacio de González Bravo, desapareció el manuscrito de las poesías que Gustavo entregó a su amigo para que las publicase.

Quizá para huir de tanta fatalidad, el escritor junto con su hermano recorrieron las tierras del Moncayo, enamorados de sus paisajes y gentes. No sería pues aventurado decir que la dama dibujada a la que va dedicado el poema fuera alguna muchacha cunchillera de extraordinaria belleza.

El alcalde de esta localidad vio en el fortuito descubrimiento la oportunidad de dar a conocer el barrio a nivel nacional e incluso internacional, a la manera en que la también población zaragozana de Borja había hecho años atrás gracias al famoso Ecce Homo nacido de la buena voluntad de una de sus vecinas.

Protegido por una vitrina, aquel valioso legajo era visitado diariamente por una multitud de turistas llegados de diferentes rincones de la geografía. Y no era para menos, se trataba de una rima hasta ahora desconocida manuscrita del propio poeta.

Poco después la aparición de unas cartas encontradas en la antigua vivienda madrileña de Bécquer ponían en duda la autoría de Gustavo, atribuyendo la rima a su hermano. Ya que en ellas, Valeriano expresaba al poeta la fascinación que sentía por una muchacha a la que vio saliendo de la iglesia de San Miguel, llegando a comparar tal visión con la aparición de un ángel venido del cielo. Éste le animó a convertir ese sentimiento en poesía, ofreciéndose a copiar a limpio el escrito pues era consciente de su pésima caligrafía. Con lo que obviamente la importancia del hallazgo se veía seriamente dañada.

Pero quiso la fatalidad o la fortuna, según se mire, que una nueva revuelta en la capital provocara la desaparición de toda esta correspondencia.

Calamardo

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