Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (32)

LA VELA

Todos los montes paren seres extraños, a veces son gigantes, otras fantasmas y, de vez en cuando, algún ermitaño desengañado del mundo. No es propio de buen escritor ubicar con precisión a sus personajes, no vaya a ser que salga algún enterado conocedor del paisaje que te saque los colores. Tampoco es cómodo señalar tiempo y edad, pues que es mucho más práctico moverse en la ambigüedad de los pasados y sus brumas.

Así establecido podemos decir que, en el somontano del Moncayo, allá donde se juntan Castilla y Aragón, a cierta distancia del lugar del Buste y no menos lejos del de Cunchillos, se apareció un buen día un hombre de aquellos de edad indefinible, barbas luengas y mirada reposada. Como veis todo dentro de lo comúnmente reconocible. De dónde vino y cuándo tiene menos importancia para nuestra historia, pero por sosegar al lector sediento de datos, señalaré que español, lo que se dice español, no debía ser pues arrastraba un difuso acento británico, aunque esto podría ser consecuencia de una larga estancia en tierras lejanas.

Sea como fuere, si por purgar algún pecado, o por haber visto más cosas malas que buenas por el mundo, allí dio nuestro hombre en establecer su purgatorio. En una cueva somera, que más tenía de abrigo que de otra cosa, buscó cobijo y con cierta maña que se daba y alguna que otra ayuda de los naturales, se procuró catre, vallado y fuego, comodidades suficientes para quien poco o casi nada necesita. En cuanto a los asuntos del sustento, el bosque es buen mercado si uno sabe apañarse, y donde no llegaba el bosque alcanzaba la caridad de los vecinos.

Porque por aquellos tiempos y lugares algo alejados de las rutas más transitadas, cualquier novedad era recibida con curiosidad y alborozo, más de lo primero que de lo último, sobre todo para salir de la monotonía que tiene la convivencia entre gentes escasas y lugares tan conocidos. Así, enseguida se corrió la voz por todos los aledaños, y no había día que no se dejasen caer por allí, para conocer al Santo (que así dieron en llamarle), todo tipo de viajeros y paseantes, unos con buenos motivos y los otros con mejores escusas. Él, el Santo, los recibía con afecto y palabras breves, compartía lo poco que tenía y recibía con naturalidad lo que pudieran traer. Pero, sobre todo, lo que mejor hacía era escuchar, escuchar con paciencia y sin dejar caer jamás un juicio, o una censura. Luego, si el caso lo requería, podía ofrecer algún consejo sabio, algún remedio antiguo o algún consuelo humano.

Pasados los años, el Santo se convirtió en algo tan integrado en el paisaje de la zona como cualquier otro rincón, montículo, laguna o roca señalada. Los vecinos lo tenían como propio y tanta confianza se gestó entre el uno y los otros que no había nadie que, al menos una vez al año, no pasase a presentar sus respetos, ofrecer lo mejor de su casa, y compartir un buen rato de conversación y confidencias. Incluso los párrocos de la zona le visitaban, pues acostumbrados a escuchar las confesiones y pecados de sus feligreses, descargaban en él sus

muchas cuitas y pesares, sabedores de que era casi lo mismo que hablar con el altísimo. Nunca nadie pudo decir que de su boca saliese tal o cual comentario o cotilleo, infidelidad, latrocinio, crimen, debilidad o cualquiera de los defectos con que los humanos estamos construidos. Y eso que sabía todo de todos, pues su presencia funcionaba como lubricante social que permitía a las gentes liberarse de aquellos secretos que ennegrecen el alma.

Como curiosidad diremos que nunca pedía nada a nadie por su paciencia y consejos, tan sólo suplicaba que le dejasen una pequeña bolita de la cera que con profusión producen nuestros oídos. Ante la extraña petición siempre afirmaba que tan humana era la cera como cualquier parte del cuerpo, pero que ésta tenía la cualidad de recordarle a las laboriosas abejas y la miel que nos regalan. Además, así tenía un recuerdo de cada uno de sus visitantes. “Con cada una de vuestras bolitas de cera -decía- estoy fabricando una vela que, en su momento, os traerá luz y conocimiento”. Luego, con discreta humildad sonreía a sus adentros.

Lo que tiene la naturaleza es que no engaña, y al Santo, como a todos, le llegó su momento. En una tarde de otoño, de esas que presagian los fríos del invierno, se lo encontraron echado en su catre, con el rostro sereno y el lugar bien ordenado, como si ya lo sospechase. A sus pies, estaba aquella vela, casi cirio, que tantos años le llevó elaborar. Dicen, quienes allí estuvieron, que en el ambiente se percibía un perfume que recordaba la miel, y que el zumbido del viento que entre los muchos huecos del abrigo se colaba, traía rumor de abejas.

Con delicadeza lo subieron al pueblo, lo instalaron en un ataúd sufragado por todos y lo colocaron en la iglesia para velarlo adecuadamente.

Entonces, aquella noche, con el templo a rebosar y entre el murmullo de oraciones, alguna de las beatas creyó que sería un buen homenaje encender aquella famosa vela que tanto trabajo precisó.

Sobre lo que ocurrió a continuación, nadie se pone de acuerdo, pero todos coinciden en señalar que no fue ni medio normal sino que más cabría proclamarlo como prodigio, milagro o cosa sobrenatural, que fue acercar la llama al pábilo y producirse una luz intensa, blanquísima, casi resplandor, como si el sol hubiera estado encerrado entre la cera. Al mismo tiempo, se oyeron multitud de voces profundas, atormentadas, que iban diciendo cosas como: “El molinero sisa en el peso a sus clientes”, o “la sacristana yace con el cura”… y así fueron saliendo todas las vergüenzas y secretos que cada uno de los visitantes habían contado al Santo durante todos esos años.

Al fin, alguien tuvo reflejos suficientes para apagar la vela maldita y acabar con la magia. Todos quedaron tan impresionados y con tanta vergüenza (pues no hubo quien, de una forma u otra, no saliera malparado) que se hizo un pacto de silencio. Al Santo lo enterraron fuera del cementerio, en un hoyo bien profundo junto a la vela diabólica. Nunca nadie más habló del él, y si algo se sabe de todo esto es porque todavía hay quien dice que, en las noches ventosas de otoño, entre el rugido del cierzo, parecen sentirse voces como de ánimas, que cuentan los más terribles secretos.

Ignacio Fajardo Portera

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