Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (31)

LAS LIVIANDADES DE HILARIO

Todos en el pueblo sabían que el viejo Hilario era un hombre rico. Sus gustos finos y la vida que se daba en el hostal de los Sirios hablaban de su fortuna. Hombre de pocas palabras, saludaba a todos en la calle con una sonrisa y un movimiento del sombrero que le daban un aire de nobleza. Hilario era español. El único día que lo vieron embriagarse solo mencionaba su pueblo de Cunchillos en la provincia de Zaragoza. Pero no hablaba con acento ibérico. Parecía un criollo en sus limitadas frases y sobre todo en los ojos que se iban tras la grupa de cuanta parda cruzara frente a su caserón de la calle Olivos.

Cierto es que en el pueblo la gente criticaba a Hilario por aquella costumbre impropia de los hombres de su categoría. Hombre sin dueña ante la Santa Iglesia, vivía en concubinato con un harem de negras que compraba en las haciendas de la zona a precios irrazonables. Era una especie de coleccionista de jóvenes esclavas. Incluso algunos muchachos de brazos fuertes fueron su premio en las subastas públicas. No faltó una mente que figurara escenas de lujuria y desenfreno en aquel palacete siempre cerrado y donde nunca se recibían visitas. En una ocasión, en el café de Las Uvas, a la esposa del alcalde se le oyó decir.

– No tiene remedio. Es una lástima.-

Pero Hilario no escuchaba los comentarios. Cuando algún conocido le tocaba el tema, se limitaba a sonreír y levantaba el sombrero con gracia de noble. Luego se retiraba para dejar tras sí una revuelta de fabulaciones.

Otra de las excentricidades del añoso ibero era que sus esclavos no salían de la mansión. Los mandados y las compras se encargaban por Hilario a mozalbetes de la calle que eran muy bien pagados por sus servicios. Pero las negras no. Esas parecían ser para otros goces y les estaba vetado asomarse siquiera a los ventanales siempre cerrados.

Aquel invierno comenzó a notarse en el anciano la fatiga de algún mal del cuerpo. Dejó de visitar el hostal de los Sirios con la habitual frecuencia. Pasaba días enteros sin salir de la mansión y cuando aparecía por las calles su aspecto no era bueno.

– Locura, sin dudas. Enfermedad de negros.- Dijo la esposa del alcalde en una noche de tertulias.- Su liviandades lo llevaron hasta ese punto. Ningún cristiano en su juicio se arriesgaría a vivir esa vida sin ley.

Fue unos días después que la noticia corrió como la pólvora. Había muerto el hombre de la calle Olivos. Frente a la mansión de Hilario se reunió la chusma contenida por los alguaciles. Por vez primera la casa abría sus puertas infranqueables.

El interior de la vivienda era un espectáculo increíble. Ni muebles, ni adornos, ni utensilios de casa, ni servidumbre. La escena era de albergue o barracón

vacío. Sobre la alfombra de polvo yacía el cadáver. A poca distancia, el diario que fue a dar a las manos del Padre Miguel. El alcalde y sus esposa irrumpieron en el recinto escoltados por un oficial de uniforme.

– Cosa del demonio.- Gritó la señora.- Eso es lo que pasa a las personas que viven sin Dios. Nos tocará rezar por su pobre alma.

El cura, con el diario abierto no alcanzó a persignarse. Sintió que un aire frío se le colaba en las entrañas.

– No creo que haga falta.- Musitó el clérigo. Y leyó en tono grave.- Son todos libres. Ya no queda qué hacer. Puedo irme tranquilo.

Se hizo silencio ante el cadáver. El padre Miguel besó el diario y lo colocó junto a Hilario. Allí quedó sin vida ante los rostros entumecidos del asombro. Junto al pequeño libro que recogía su paso por la tierra marcado en una página fatal con la estampita de la Iglesia de San Miguel Arcángel.

Reinier el Pino Cejas

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