Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (30)

LAS FRONTERAS DEL AIRE

Miraba absorto allí arriba, con la estela de humo desprendida del AirBus A-330 de la Compañía Iberia atravesando el cielo como un gigantesco pájaro de alas metálicas y motores de ruido estruendoso.

Y entonces, (su mente inquieta dibujando imágenes precisas sobre el oficio de piloto y proyectando su imaginación con el recuerdo del último viaje a España), la voz entusiasta del entrenador cruzaba el aire estancado hasta llegar a sus oídos:

“¡Chuta , chuta de una vez , coño !”

Aquel endemoniado crío con la cabeza siempre en las nubes llena de sueños estúpidos y ajeno a las órdenes. Pero, ¿y aquello? ¿No era un sueño como otro cualquiera? El entrenamiento había determinado una opinión sólida en el señor Vera: consideraba las cualidades de Víctor con el balón y las perspectivas halagüeñas de posicionamiento en un equipo europeo, y hasta el padre, (de tan repetido que hacía de aquella un credo) había encontrado un consuelo eficaz pensando que al niño le pintaba como a Cristiano Ronaldo o a Messi en España.

Claro que el chute con la zurda había culminado en gol. Elías, el portero, obtuso frente al balón cruzando de lado hasta incrustarse en la malla pendiendo de los postes metálicos. Y luego, una celebración entusiástica. Una subida de adrenalina en el equipo y la vista de nuevo al cielo clavada en la ausencia de ese deseo convertida en penachos de humo que se deshilachaban.

“Que nos vamos al campeonato… ¡A Paris!” dijo el entrenador.

El año anterior habían considerado la posibilidad del evento, (Chicago-Estados Unidos), pero la escasez de sus recursos había llevado a mal puerto su participación. Y en el Concejo no se hablaba de otra cosa que no fuera volcarse con los chicos a cumplir la misión de exportarles el emblema del club.

Víctor volvería a España en verano: se imaginó a bordo del AirBus A-330 cruzando el océano (azul como el cielo ) en aquel gigante con alas como quien atraviesa las fronteras de un sueño hecho realidad .

El reencuentro con su familia de acogida cada julio era ya un ritual exacto de abrazos, promesas y lágrimas mal ocultadas. Porque si las esperanzas de sus padres estaban puestas en el torneo de Paris y en el inicio de una trayectoria fulgurante hacia un espacio glorificado por el dinero y los focos, en Cunchillos la cosa cambiaba.

Era la miseria: la falta de expectativas en el Concejo, la escasez de trabajo y la precariedad, que llevaba a algunos a la ideación de una narrativa épica capaz de extractarlos de ese lugar para llevarlos a otro mejor. Víctor tenía un don, (o de la asertividad del señor Vera se colegía tal idea) y un sueño, cabalgándole en el pecho cuando levantaba la vista al azul del cielo buscando un avión que lo cruzase dejando una estela de humo.

Las maquetas de aviones de todas las clases (Airbus, F14, Boeing) en la habitación de la casa de sus padres de acogida le movían a tal excitación del buen ánimo que hacía de ella el Sancta Sanctorum donde liberar sus mal disimulados anhelos.

“¿Qué quieres? ¿Pilotar aviones de verdad? Pues no te des por vencido, hijo, y a por ello” decía .

En Valcardera, por las tardes, (por algo se empieza) pilotaban el Wltoys F959, y el artefacto de EPP se elevaba en el aire quieto con el control de potencia y pululaba recortado contra el cielo azul simulando un vuelo de insecto enfermo y errático. Giraba sobre sí y recuperaba el vuelo de súbito o impactaba en el suelo sin más perjuicio para su integridad que la extracción de una hélice.

Así era el chico feliz, atenta la mirada de los padres, cubriendo sus sueños con una gruesa frazada, meciéndolos en la cuna del aire.

En el Concejo, la rifa de camisetas había sido un éxito. Los padres de Ariel alumbraban buenas ideas  Y para el resto del pago de tiquetes, hospedaje y alimentación había aportado su parte tía Camila; igual que Daniela, la abuela de Mateo, a cambio de todo: la ilusión floreciendo en las mejillas arreboladas del nieto pequeño con el viaje rumbo al campeonato que les permitiría demostrar por qué el fútbol les había salvado la vida. Lo mismo con el resto: Mathías, Isaac, Ala, Ángel…, a quienes la invectiva no abandonaba jamás. Y Marco, el padre de Víctor, se volvía circunspecto al oído de la esposa murmurándole:

“Chuta, ahora que el chico tenía una oportunidad grande y vamos a seguir comiendo seco de pollo y torta toda la vida“

¿Resignarse el señor Vera? Nada de eso. Tenía plena confianza en sus capacidades, pero el raquítico director del Banco se había recompuesto la chaqueta de rayas al otro lado del mostrador con el ofrecimiento del préstamo a un ocho por ciento de interés.

“Pero si hablé con la administración municipal y me dijeron…“

“No cuente cachos, man. ¿Qué no le contaron que no encontrará otra oportunidad como ésta? Lo toma o lo deja.”

“No puedo apretarme el cinturón más. Lo siento”

Marco, maldiciendo la mala suerte, (el destino que les perseguía a uñas) con el sobrecito en la mano, en el quicio de la puerta, (mientras se alejaba calle abajo el ciclomotor blanco bajo un sol de justicia en un cielo vacío sobre una calle mal concurrida ), lo daba por perdido .

“¿Y por qué nosotros, a ver, coño? Explícate”

Y seguía con sus cavilaciones terribles.

Porque había hecho lo indecible. Pero sin peculio y un poco de improvisación los sueños no traspasan el umbral de la materialización y vagan flotando eternamente en el aire como esporas perdidas, pensaba. Vivir resignado y en paz, se dijo, mientras volvía cabizbajo al interior de la casa y se imaginaba la decepción de Víctor y miraba a su mujer.

“¿De dónde lo traen?” preguntó.

Dio la vuelta al sobre y leyó despacio masticando las sílabas. Una dirección. Dejó el sobre olvidado en la mesa rudimentaria de madera con platos de cuya comida brotaba un aroma a carne de pollo.

“Cunchillos – España” dijo “Deben ser tus papas de acogida” le dijo a Víctor.

Y tomó los cubiertos mientras en la cabeza de aquel se perfilaba en lo alto el AirBus A-330 bajo el océano atlántico en calma rumbo a Paris. El entrenador saltaría de alegría con la noticia tanto como él al chutar de cabeza. Y no le dijo nada al padre: no sabía qué le llenaba más de ilusión, si competir por el título con el emblema del equipo local a un país extranjero o subirse al tren de los sueños y permitir que crecieran cruzando las fronteras del aire.

Jack La Rue

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