Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (25)

TRATEMOS DE NO DECIR

En su último encuentro habían aclarado suficientemente las cosas como para no tener que volver sobre el tema. Igual estaban nerviosos. Cada uno confiaba en sí mismo, en su propia capacidad de mantener la boca cerrada, pero al mismo tiempo estaban alertas ante la posibilidad de que el otro dijera algo al respecto. Enfrentados en la mesa de un bar, medían cada movimiento con excesiva observancia; ¡no fueran a rozarse las manos por casualidad! Cada tanto se quedaban mirando a través del vidrio los plátanos del boulevard, cómo un viento fatídico los agitaba y dispersaba en el aire sus características pelusitas. Los plátanos, el viento, las pelusitas: interiormente se aferraban a estas cosas, sabiendo que un comentario sobre el clima o el paisaje podía salvarlos si la situación se volvía demasiado incómoda, lo cual no demoró en ocurrir.

Durante un breve tiempo —que para ellos no fue breve en absoluto— el silencio los envolvió. Se evitaban las miradas. Marco se sonó varias veces la nariz, Lucía tarareó una canción improvisada y los dos miraron repetidamente sus celulares.

—Está linda Oroño —dijo Marco.

—Sí, toda esta zona es linda. Algún día me gustaría vivir por acá. Aunque el barrio no está mal tampoco.

—Siempre me pareció linda. Cuando era chico venía seguido con mis viejos. Mi mamá tiene una amiga que vive un par de cuadras para allá.

—En el barrio, eso sí, no hay casas de este estilo. Son más bajitas y menos vistosas.

—María del Carmen se llama.

— ¿Quién?

—La amiga de mi mamá.

E hicieron otros comentarios de este tipo —irrelevantes— hasta que ¡gracias a Dios! se acercó la moza y les preguntó qué iban a tomar.

—Un café doble, por favor, y uno de esos cositos con azúcar arriba —dijo Marco, haciendo con la mano un gesto como si espolvoreara algo.

— ¿Y a vos, flaca, qué te traigo? —preguntó la moza con indolencia, echando al diablo el protocolo.

—Un café con leche y medialunas.

— ¿Saladas o dulces?

—Dulces —dijo secamente Lucía, que se había molestado por las malas formas de la moza.

—Listo —dijo la moza, y se fue resoplando con un paso tan apremiante que levantó sospecha.

—Esta seguro me escupe el café con leche.

Ambos sonrieron ligeramente. Miraron otra vez en dirección de los árboles, que ya no se agitaban con tanta vehemencia. El comentario de Lucía hizo que la tensión se disipe un poco. Ambos aflojaron la respiración. Entonces sucedió que suspiraron a la vez y comprendieron, como en una revelación, que a pesar de todo seguía habiendo cierta continuidad entre sus almas, como si estuvieran secretamente ligados a un lugar esencial y recóndito del otro.

—Saladas me dijiste, ¿no? —gritó la moza desde la barra.

— ¡No, dulces!

—Listo.

—Seguro me lo escupe. —dijo Lucía mientras sacaba unos planos y los ponía sobre la mesa.

— ¡Ah, qué bueno que los trajiste! —comentó Marco—. La vieja me llama todo el tiempo.

— ¡Ja, ja! Pobre, no debe tener otra cosa que hacer.

—No, pobre no. ¡Yo sí tengo cosas que hacer! No puedo andar calmando los caprichos de una vieja solterona, ¡para colmo antipática!, que quiere tumbar un par de paredes para poner un bingo ilegal. ¡Mirá si quedo enganchado en esa mugre! No me tendría que haber dicho lo del bingo, pero bueno, ya está. Se vino hace unos años de Cunchillo, sola. No debe tener nadie para hablar. ¿Viste la casa? La tiene hecha un asco. Si tiene guita para tumbar una pared, podría contratar una chica que la ayude con la casa. La verdad es que a veces pienso en hacerme el boludo. Lo que pasa es que ya le dijimos que sí y no da.

—Y bueno, le decimos que por ahora no podemos, que estamos con mucho laburo. ¿Qué sé yo? No sería del todo mentira.

—Pero sería manipular la verdad, que es como mentir. No, ya tomamos el compromiso. Ahora no me acuerdo por qué mierda, pero ya está. Así que en algún momento lo tenemos que hacer.

Mientras Marco hablaba, Lucía no le sacaba los ojos de encima. Hacía tal barullo, tanta alharaca para decir las cosas que en su discurso cobraba gran importancia lo que en boca de otros resultaba obvio y banal. Esa habilidad de Marco siempre le había parecido irresistible, aunque odiaba cuando la usaba en su contra y discretamente la empujaba a decir “es verdad” respecto de cosas que, en el fondo, ella sabía que no lo eran. Por supuesto, nunca le había dicho esto a Marco porque lo único que hubiera conseguido es alimentar su pedantería. Ahora, sin embargo, sentía un impulso irrefrenable de hacerlo y se le aceleró el corazón cuando se dio cuenta de que no sería capaz de contenerse.

—No cambiaste nada —le dijo tímidamente—. Esa habilidad que tenés para…

Marco la miró con tal seriedad que ella se detuvo en seco y supo que había cruzado el límite.

—Perdón, no quise… —dijo, cubriéndose el rostro con las manos. Infantilmente esperaba que ese gesto deshiciera el efecto de sus palabras.

Marco arrugó el ceño, se apoyó suavemente en el respaldar de la silla y habló entrecortadamente:

— ¿No era que… no íbamos…?

—Sí, ya sé, decía nomás.

— ¡Bueno, tratemos de no decir!

Entre los dos corrieron los planos para que la moza dejara las tazas y las canastitas con las medialunas y el cosito. Tomaron sus meriendas en silencio.

Había empezado a lloviznar. La tenue cortina de agua difuminaba las casas y los árboles. A unos metros, la moza estaba juntando la vajilla de las mesas cuando tropezó con el pie de un viejo que tenía las piernas estiradas. Para no perder el equilibrio, soltó la bandeja y esta voló por los aires. ¡Crsh! El ruido estridente sobresaltó a Lucía. Marco aprovechó su desconcierto y echó mano a otra de sus habilidades: escapar de una situación incómoda. Ya no alcanzaría con hablar del clima o el paisaje; miró el celular, hizo un ruido con la boca, buscó unos pesos en la billetera, los dejó sobre la mesa y se levantó.

—Perdón, me tengo que ir.

—Esperá que pare.

Y ese vaguísimo imperativo fue el único recurso que Lucía empleó para evitar o al menos retrasar la partida de Marco.

—No, llueve poquito. Después hablamos.

— ¿Qué le digo a la vieja del bingo?

—Yo la llamo. Chau. —Le besó la mejilla y salió del bar.

Lucía vio a Marco alejarse y perderse bajo la lluvia, que ahora caía con más fuerza. Entonces supo que se alejaba y se le perdía definitivamente en todos los sentidos. Miró a su alrededor: la moza, malhumorada, seguía lidiando con los trocitos de vajilla; el viejo, que se alistaba para partir, se quejó supersticiosamente cuando sin querer se le abrió el paraguas; los demás clientes merendaban tranquilos y leían los diarios. Vio todo esto sin prestar verdadera atención y después volvió a mirar hacia la calle. Se había desatado un diluvio. Personas apiladas bajo toldos y balcones, charcos en la vereda, fugaces sobretodos amarillos. Se quedó mirando los árboles del boulevard y suspiró profundamente, gris como el paisaje, con la gravedad propia de quien está a punto de echarse a llorar.

Lucas Damián Baccelliere (Blog de Lucas Baccelliere)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s