Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (12)

“EL LOBO QUE SE EQUIVOCÓ DE PIJAMA”

Iba como de costumbre al trabajo. El día anterior había visto un cachorro de perro negro con las patitas blancas como la fierecilla de la película “Bailando con lobos”, que se llamaba “Calcetines”. Era muy lindo. Me quedé con las ganas de recogerlo, pero no llevaba cuerda con la que atarlo y mi casero no me dejaba tener animales en el piso. Aún así, decidí recogerlo, por lo que me metí una venda en mi riñonera por si le veía.

De repente vi un perro feo y flacucho que iba como “Pedro por su casa” cruzando la carretera sin mirar. Lo llamé para que no lo atropellaran, pero iba distraído persiguiendo a un corredor que hacía footing con su perro. El desvalido perro empezó a ladrar y enzarzarse con el perro del corredor, por lo que volví a llamarlo, y, para mi sorpresa, vino hacia mí y me dejó sujetarle con la venda. Supongo que parecía algo ridícula, pero me sentía responsable de ese animal inconsciente y lastimoso. Desde pequeña recuerdo que siempre habíamos recogido a los animales abandonados. Este perrillo parecía una mezcla de Husky y “chucho”. No era una raza que me gustase pues todos los que conocía eran muy ariscos y no se dejaban acariciar, por lo que pensé que la mezcla “mundana” le había sentado bien. Tenía el collar antiparasitario puesto, lo que me hizo suponer que, o lo habían abandonado por ser verano, o se había escapado de su casa.

En el trabajo les dije a los guardias de seguridad que lo iba a dejar en el patio. Al parecer ya conocían al “chucho” de verle desde hacía unos 3 meses. Estaba comido de garrapatas, ya que no tenía apenas pelo, y la cola era como una barita que meneaba contento como si fuera feliz en su triste vida. Llamaban la atención sus ojazos color de miel, que destacaban en su enflaquecida carita, y las enormes manazas que sobresalían de las “cañitas despelusadas” de sus finas patas. Lo até a una verja pero, como era de esperar, me demostró lo que hacía un “experto en fugas”, por lo que a media mañana, me avisaron que el animal se había escapado. Me sentí fatal. ¡Pero si lo acababa de conocer! Me fui abatida del trabajo y recogí la venda de la verja. Conforme salía del trabajo, volví a ver al ingenuo animal que, cual “Bambi desgarbado”, venía haciendo bailar sus pelotitas de garrapatas, como si fueran los “flecos de una falda hawaiana”. Me puse muy feliz, le até la venda y me lo llevé a casa. Por la tarde lo acerqué a la protectora de animales. Lo había salvado y, aunque me daba pena, no podía quedármelo. Pase una noche preocupada. Al día siguiente fui a recogerlo. Lo acerque a una tienda de perros para que lo desparasitasen y lo lavasen. Como mis pesquisas por buscarle un hogar no dieron resultado, opté por decirle al casero que buscaría una vivienda nueva. Al final, me dejó quedarme con el animal. Comenzaba su nueva vida.

El veterinario me dijo que era un Alaska de unos 7 meses. Conforme pasaron los días, la fierecilla fue creciendo y cubriendo su maltrecho cuerpecillo con un frondoso pelaje. Todo el mundo me decía que era precioso, lo cual, me hacía pensar que lo miraban con buenos ojos. Un día me sorprendí mirándolo de lejos y me di cuenta de que tenían razón. Se había convertido de patito feo en un precioso “lobote”. Aullaba de vez en cuando y emitía un potente ladrido. “Me sacaba a pasear” tirando como de su trineo. Le enseñé a sentarse, tumbarse y a dormir. Lo aprendió muy rápido, pensando seguramente que recibiría sus premios más rápido. Mi hermana decía que era un peluche compuesto de “espumillón”, “pololo” y “mopa”, haciendo referencia a su cabeza loca, sus cuartos traseros tan plumosos y su cola que parecía el “trole” de un trineo. Se hizo con la simpatía de toda mi familia. Sabía que me hacía gracia cuando ponía las patitas hacía arriba, enseñándome su “barriguita” como la nieve, por lo que el muy “bandido” repetía la “operación” cuando quería “algo”: “premios”, salir a la calle…

Cuando lo sacaba a pasear, oía a los críos decirles a sus madres, “mamá, mira un lobo”, pero era un grandullón que se “equivocó de pijama”; dejaba que los niños le acariciasen sin hacerles daño. Una amiga me lo pidió para un anuncio televisivo, y llegó a comportarse como un profesional del séptimo arte. La verdad es que me daban ganas de “comérmelo a besos”, aunque otras lo hubiera “masticado”, sobre todo, cuando salía desfogado a la calle, o llegaba a casa y me había hecho una trastada. Era un magnífico compañero de juegos. Le volvían loco sus juguetes y sabía distinguirlos perfectamente: su cuerda, sus dos pelotas, el rollo de papel higiénico o de cocina; por el ruido, sabía cuando se ha gastado y se acercaba a pedírtelo.

Como el “hermano lobo” de San Francisco, sabía que, algún día, Dios se lo llevaría. Llegó a revolucionar el Convento de Clausura de las Clarisas de Palencia pero ya, difícilmente podrá conocer el barrio de Cunchillos.

Ahora, mi lobito corre como loco con mi madre y con San Francisco, sin preocuparse de que no lo siga. Algún día nos encontraremos y volveré a acariciar su preciosa cabeza y su mullido cuerpecillo, y veré agitar sus cuartos traseros como los pantaloncillos de un gaucho de la estepa Argentina.

María Aurelia Aliaga y Montilla

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s