Relato Corto presentado a “Cunchillos en Breve” (2)

AL CALOR DEL FUEGO

Los chicos miraban al abuelo, deseosos de que continuara su relato. Tobías, natural de la localidad de Cunchillos, observaba orgulloso como sus nietos pedían a gritos que no se detuviera ni un solo instante, que les aleccionara una vez más, que saciara el ansia de los pequeños por dar respuesta a lo desconocido. Este es su relato:

“Los congregados en la cueva observaban con extrañeza y miedo aquella criatura capaz de causar heridas si te acercabas a ella. Resultaba increíble saber que las causas de la aparición de aquel ser o elemento sobrenatural desconocido por los presentes eran elementos sencillos, hoy abundantes en nuestro planeta.

Piedras de chispas, hongos secos, pastos y madera darían lugar a algo inexistente en aquel momento, con enorme repercusión a lo largo de nuestra historia.

El frío de la mañana invita a resguardarse. Fuera de la guarida, numerosos animales campan a sus anchas, sin rumbo fijo mirando con recelo a quienes huyen de la climatología adversa.

Apostados sobre rocas, los jefes del grupo dejan ver su extenso pelamen, así como sus elaborados abrigos a base de pieles. El gélido e insoportable frescor era combatido a base de astucia y trabajo de estos hombres primitivos.

Expuestos a los crueles vientos, los cazadores organizaban las batidas en busca de un botín. Con grandes dimensiones, era en la guarida donde ayudados por los dotados de mayor sapiencia se despedazaba la carne.

Valiéndose de rudimentarios raspadores, se aprovechaban hasta las vísceras del animal, aunque siempre crudas, y en días como en el que acontece mi historia, con una larga racha de fracasos, de no obtener nada con lo que calmar el hambre y la sed, cualquier animal cazado y transportado, suponía un rotundo éxito.

Las mujeres que acababan de dar a luz mostraban una endeblez que apenas les permitía amamantar a sus recién nacidos, mientras los ancianos del lugar luchaban por seguir en pie y no ser sorprendidos por la muerte. Pálidos y débiles, dejaban ver una apenas apreciable sonrisa en su rostro, fruto de una caza fructífera(…)”

La faz de Freddy, con dos zafiros por ojos, una delgada frente y una bella sonrisa, así como los rostros de sus hermanos, eran muestras sinceras del interés por saber.

Entonces, el narrador pidió a sus interesados oyentes continuar sentados junto al fuego.Las llamas seguían con su crepitar, con esas chispas saltarinas que se avivan al contactar con otras.No hay nada mejor que escuchar las historias del abuelo, en casa, resguardado del frío, al calor del fuego.

Rafael Bailón Ruiz

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