Tercer Premio “Cunchillos en Breve”

TERCER PREMIO I Certamen de Relatos “Cunchillos en Breve”:

DE BLASFEMIAS Y CAMINOS INFERNALES

No sé por qué será pero la verdad es que, a pesar de haber tenido buenos maestros en la materia, nunca me ha gustado blasfemar ni decir juramentos. Sencillamente no me gustan, y menos aún en boca de una mujer. En mi pueblo, Cunchillos, las blasfemias y juramentos eran patrimonio de los hombres. Las mujeres no blasfemaban.
Los “mecagüendios” eran (y son) el saludo habitual entre los de mi pueblo. De cada cinco palabras cuatro eran cagarse en: Dios, la Hostia, la Hostia Consagrada, la Virgen, todos los Santos, el Obispo… incluso en la Virgen del Pilar.
Podría contar muchos episodios en los que los juramentos y blasfemias se oían y retumbaban en kilómetros a la redonda.
Venía la época de la cosecha: remolacha, cereal… Aquellos caminos del demonio, con sus profundas rodadas, se volvían intransitables para el acarreo de la carga. Los carros y galeras con ruedas de madera y llantas de fierro, se clavaban en los surcos embarrados del camino. Y aquí empezaba la guerra contra los elementos, el arreo despiadado a palos con los mulos y el aullar blasfemo del Tío Abdón.
Sus padres tenían un molino, él era hombre de campo y su hijo Regino también. Al grito del tío Abdón todos los presentes nos tirábamos a los radios de las ruedas y a la señal de “¡arreee…aup!” comenzaban los varazos a las mulas, todos gritando, jurando, y el carro que no se movía del atasco. Así una y otra vez, todos los intentos fallidos.
El tío Abdón, con los ojos rojos de sangre y la ropa llena de barro, mirando al cielo, con las piernas en jarra, gritaba: “¡Mecagüendios! Pero Dios mío, ¿qué hostias te he hecho yo a ti? ¡Baja si tienes cojones!”. Toda la corte celestial iba pasando, la letanía de juramentos era terrorífica, y yo calladito, no sea caso que se suelte algún varazo.
Regino, su hijo, no se quedaba atrás. Papas, curas, monjas… El Obispo y San Borrombón eran también frecuentemente mentados, y cuando no había más Santos que nombrar se acababa muy solemnemente con un sonoro “¡mecagüen la Virgen del Pilar de Zaragoza!”. Se podía cortar con cuchillo el silencio que venía a continuación. “¿Qué hacemos? ¡Mecagüendios! ¿Qué hacemos?”
Esta vez la carga era de piedras. Habíamos ido al monte a coger piedras para hacer una casilla. “Chaval, sube y tira las piedras”. Había que descargar bastantes piedras para poder salir del atasco, era la segunda vez que nos pasaba ese día. El ambiente estaba verdaderamente caldeado. Yo que me subo al carro a tirar las piedras, grandes eran las jodidas piedras, casi no podía levantarlas, yo tenía unos catorce años. Con la piedra levantada le digo a Regino “¿dónde las tiro?”, y Regino sin parar de jurar seguía mi trayectoria y me señalaba su cabeza. “¡Mecagüendios, tíramelas encima de la cabeza a ver si me matas!”. No sabía qué hacer, si obedecerle o qué.
Siempre se lo recuerdo a Regino cuando vuelvo a Cunchillos.

José Luis Gómez Ledesma

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