Primer Premio “Cunchillos en Breve”

PRIMER PREMIO I Certamen de Relatos Cortos “Cunchillos en Breve”:

ADRENALINA

Ladrones de almendras. Eso fue lo que pensó Pilar cuando, conduciendo hacia casa después de un turno doble en el Hospital de Tarazona, vislumbró en la oscuridad de la noche la silueta de una furgoneta extraña en el campo de su vecino Bartolomé. Una persona de ciudad habría seguido a lo suyo, pero ella se había criado en ese ambiente en el que todos se cuidan como una familia. Así que empujada por esa fuerza y quizás también por el exceso de cafeína en su agotado cuerpo, había apagado las luces de su coche y había seguido rodando lentamente hasta detenerse en la cuneta aún a bastantes metros del vehículo intruso.
Ahora sus manos, frías por el sudor, sujetaban el volante con fuerza y en el silencio, sólo roto por su agitada respiración, se quedó mirando la escena. Unas apresuradas figuras rondaban la furgoneta. Pero, ¿qué podía hacer ella? Y entonces se acordó de su marido, que habitualmente la recogía por la noche, pero que hoy no había podido hacerlo porque el domingo se había hecho un esguince cazando. Recordó como ella le regañó porque él aún triscaba por el monte como un crío. Giró la cabeza y se quedó mirando al asiento trasero y un brillo en sus ojos desplazó al temor.
Decidida, bajó del coche y abrió el maletero. Cuando sintió el frío metal del cañón de la escopeta en sus manos para nada se sintió más segura. Al contrario, un tembleque de piernas se apoderó de ella y, sintiendo esa flojera, se adentró con tímidos pasos en el campo. Agazapada entre la maleza, con la adrenalina corriendo por sus venas, no se reconoció a sí misma: una mujer de mediana edad que lo más emocionante que tenía planeado para esta noche era sacar el pollo del congelador para cocinarlo mañana.
Tragó saliva y se alertó ante nuevos movimientos que no llegó a distinguir. No sabía cuando le había parecido una buena idea esto que estaba haciendo, pero ahora mismo maldecía todas esas series policiacas que echaban en la tele por la noche y que cabeceaba en el sofá junto a su Paco, donde todo parecía fácil, lógico y heroico. Ahora mismo tenía tanto miedo que estaba a punto de poner a prueba todo eso que se decía en los anuncios de pérdidas de orina.
Oyó cerrar las puertas de la furgoneta y se dio cuenta de que si no hacía algo ya mismo, todo el esfuerzo no habría servido para nada. Así que dejó de darle vueltas a la cabeza. Alzó la escopeta apuntando al cielo estrellado. Se apoyó la culata en el hombro. Cerró los ojos. Contuvo la respiración. Apretó el gatillo.
El eco del disparo se diluyó en el silencio, aunque Pilar lo sintió resonar dentro de su cabeza a cámara lenta, mientras caía de espaldas y rodaba hacia atrás por la ligera pendiente, terminando en la cuneta, al lado de su coche. Desde el suelo oyó cómo la furgoneta se alejaba acelerando ruidosamente y aunque no pudo verles, se los imaginó sorprendidos y huyendo como almas que lleva el diablo. Sonrió satisfecha unos segundos ahí tumbada, saboreando la victoria, porque en cuanto se levantara tendría que pensar una excusa. Llegar a casa cubierta de polvo iba a dejar a su marido con la boca abierta.
Retomando su camino y pasados los primeros minutos de euforia, empezó a rondarle una idea: quizás los ladrones diesen media vuelta y al verla conduciendo, en una carretera desierta, se diesen cuenta de lo estúpidos que habían sido al huir de ella. Miró por el retrovisor y aunque no vio nada más que la negrura de la noche, sintió su corazón acelerarse. Hasta que no llegó a la altura del rótulo que rezaba ‘Cunchillos’ no se sintió a salvo.
En un tiempo record, aparcó y entró en casa. Su Paco salió a su encuentro cojeando, en pantuflas y con la trenca encima del pijama. Tenía la cara desencajada y blanca como si hubiese visto un fantasma. Ella se atusó el pelo, se sacudió el polvo de la ropa y, cuando estaba buscando una precipitada explicación a su aspecto, él habló.
– ¡Pili! Dios, mío ¿has oído eso? – dijo dirigiéndose a la ventana del cuarto de estar y mirando a través de ella
– ¿El qué? – balbuceó ella con una mezcla de alivio y decepción al no ser el foco de atención de su marido.
– ¡Un disparo! ¡El Bartolo! ¡Seguro que ha sido el Bartolo! – dio pasitos cortos y torpes hacia el armario del recibidor. – ¡Ese hombre está loco! ¡Lo ha hecho, seguro que lo ha hecho!
– ¿Un disparo? ¡Qué dices, Paco! Yo no he oído nada. – dijo ella sintiendo el rubor de sus mejillas por la mentira. – ¿Y qué pasa con Bartolomé?
– Pues que… – empezó a explicar revolviendo entre las cosas del armario – …su chica, la pequeña, que festeja con un chico de Borja… y tuvieron una bronca porque la chica quiere irse a vivir con el novio pero el padre no le deja, porque dice que es muy cría…y que el Bartolo se ha puesto muy burro con eso y dice que como los pille haciendo cosas coge la escopeta y los encorre hasta el monte si hace falta.
Pilar, que hasta entonces había estado tensa y callada, ató cabos y supo que lo único que había visto hacía un rato era a una parejita huyendo en una furgoneta y que seguramente tenían más miedo que ella misma. Así que poco a poco, se dibujó una sonrisa en su cara que rompió en una sonora carcajada para sorpresa de Paco.
– ¿Qué pasa, mujer?
– Nada, nada… – dijo enjugándose unas lágrimas del rabillo del ojo- …pero hombre, ¿Qué estás haciendo?
Paco se miró las pintas que llevaba, ahora además asiendo un robusto bastón que había cogido del armario como si fuese a emprenderla a palos ya mismo.
– ¡Digo! ¿Pues tendré que hacer algo, o qué? ¡No voy a dejar que vaya por ahí como un loco en mitad de la noche!
Entonces ella dudó un instante entre explicarle todo o callarse. Finalmente le abrió la puerta a su marido, para que saliera y tuviese su ración de adrenalina, como ella había tenido. Al fin y al cabo había pocas ocasiones para ello en Cunchillos.
– ¡Y dale recuerdos! – gritó Pilar con buen humor antes de cerrar la puerta.

Lebesgue (Twitter de Lebesgue)

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